por Carlos Fernández Rombi – 14 dic 2020

 

A mí querida sobrina y lectora benévola,

Marcela Barraza.

 

Los Laboratorios Medicinales & Equipamientos Médicos del León tienen su Casa Matriz en España, con filiales en Budapest, Lisboa, Amberes, Buenos Aires y Caracas.  Establecidos hace veinte años, han mantenido un ritmo de crecimiento sostenido.  Ahora, cumplidos tres meses de la pandemia mundial del Covid-19, sus números mejoran por encima de lo habitual, debido a la producción de insumos médicos (guantes quirúrgicos, barbijos, batas, delantales, etc.).  La excepción es la filial Buenos Aires, cuyos rindes están en descenso.  El Directorio de Casa Matriz ha decidido intervenir.

 

(…)

 

Álvaro se ve obligado a hacer silencio.  El fuerte murmullo, como reacción a sus dichos al principio y luego las frases de incredulidad y enojo y opiniones manifestadas en voz alta, todo al mismo tiempo, producen una pequeña batahola que le impiden proseguir.  Ayer, en el momento en que le dábamos forma definitiva a la presentación de hoy, le advertí que esto podía pasar.  Algunos de los ejecutivos involucrados tienen relación de amistad de años con los  presentes.  Es más, incluso uno de los acusados es consuegro de uno de los presentes.  En fin… ¡un verdadero bolonqui!  Veo que Álvaro toma aire como para pedir silencio y retomar su exposición, pero el CEO de Matriz, venido especialmente, le gana de mano.

─¡Señores, señores, amigos míos… un poco de silencio por favor!  Entendemos perfectamente la conmoción que están experimentando, estamos hablando de compañeros y amigos de muchos años; pero la comisión del delito ha sido acreditada ante mí por el Dr. César Díaz sin duda oponibles.  Pero este no es el momento ni de decisiones ni de comentarios.  Una vez que don Álvaro concluya su informe y se retire junto a su ayudante, veremos nosotros las vías a tomar.  El auditorio guarda silencio y noto que el amor de mi vida no está para nada a gusto.  Tenso, prosigue.

─Lamento sobremanera que mis dichos los afecten de manera tal, pero no es mi culpa sino el genuino fruto de una seria investigación.  De todas maneras, ya concluyo.  Como dije, toda la documentación probatoria queda a vuestra disposición y solo me resta agradecer al Directorio de Casa Matriz, representada en este acto por el Lic. Arciniega, la confianza puesta en mi persona.  Los saludo a todos, y reitero mi desagrado por ser portador de noticias tan malas. ¡Buenas noches a todos!

 

Despedida, desesperanza

Rato más tarde, entregada la documentación citada y realizados los saludos de rigor, nos retiramos juntos.  (Fue el momento en que recibimos nuestros cheques.  Traté de “espiar” la cifra en el de él y no pude… pero me pareció ver unos cuantos ceros). Nos recibió un anochecer frío y con lloviznas, propio de los finales del otoño de Buenos Aires.  Caminábamos hacia el estacionamiento donde Álvaro había dejado su auto más de cuatro hora antes.  Silencio total.  Yo ni siquiera sabía por qué caminaba con él.  Lo lógico habría sido despedirnos e ir cada uno hacia su vehículo, pero su tensión era tal que no me atrevía a abrir la boca.  Simplemente lo seguía.  En el acceso a la playa, reaccionó, sacudió la cabeza, me miró como si fuera la primera vez y su sonrisa iluminó y entibió la noche.

─¡Hola Yuli, volví… perdón!  Algunos de los personajes presentes en esa reunión me sacaron de línea…  Aunque los entiendo, no es para menos.  Pero no es tu culpa.  Bueno, a lo nuestro.  Esta tarea ha sido cumplida, y tu ayuda, imponderable.  No tuve tiempo de comentarte que conseguí un vuelo a Madrid para las 9 horas de mañana…  ¡Extraño mucho a mi niña!  He visto que a unos metros tenemos un restó que parece bastante decente…  ¿Qué te parece si nos despedimos cenando juntos?

 

Por supuesto, acepté.  Prácticamente, no habló una palabra de la tarea en común que acababa de finalizar y fue el vehículo para conocernos.  Estaba… ¿nostálgico, triste o sensibilizado por su partida?  No lo pude determinar.  Me habló mucho de su infancia en Galicia, de su abuelo, figura determinante de su personalidad; algo, muy poco, de su fallecida esposa; y mucho también de su pequeña Noelia de nueve añitos.  Absorbía, no sus palabras que me aparecían bastante alejadas de mí, sino la tonalidad de su voz que me calaba muy hondo y que ya empezaba a añorar.  La promesa de “intercambiar cada tanto” algún e-mail, un par de besos (uno por mejilla) y adiós.  Se marchó.

 

Me dormí amaneciendo el día.  Las lágrimas habían viajado por mi cara hasta la saturación.  Todo el día siguiente y unos cuantos de los que lo sucedieron, traté de racionalizar qué me afectaba tanto.  Álvaro no me había hecho promesa alguna, es más, ni siquiera un simple flirteo; no más que un ligero apretón en el brazo o un roce de manos en la tarea en común.  Pero siempre supe que era solo cuestión de aceptación y afecto.  Nada más.  Un mes después de su partida, retomo mi labor en forma presencial en Laboratorios del Sol.  Me alegro enormemente, la cuarentena interminable me estaba enloqueciendo. Sobre todo, después de la partida de Míster Holmes (así lo llaman a Álvaro mis compañeros desde que se enteraron de su misión en nuestra empresa).  Un efecto colateral más que agradable fue mi ascenso y el renovado respeto que me tienen los chicos.  Aunque yo nunca comenté una palabra, el rumor se había esparcido.  Me gusta.  Álvaro, Álvaro…  ¡Te extraño cada día más!

 

Un correo electrónico especial

A pesar de su promesa de mantener contacto a través de la Internet, el madrileño solo le envió un correo al día siguiente de su llegada a España.  Le informaba que había llegado sin contratiempos y que su niña estaba más linda que nunca.  Me apresuré a contestarle manifestando mi alegría de recibir sus buenas noticias; y en un gesto de audacia impropio de mí, agregué en la última línea: “Álvaro, deseo de todo corazón que ambos tengamos las ganas de mantener esta amistad incipiente sin los desmayos propios de los seres humanos.  Besos de Yuli”.

 

Y nada más.  Ya se cumplieron dos meses de la partida del Viajero y este cesó toda comunicación.  Yuliana Barraza ha perdido cualquier  atisbo de esperanza.  Cuando…  Ese jueves regresa del Laboratorio más tarde de lo habitual, cansada.  Ha sido un largo día, su nuevo puesto exige mayor dedicación pero le gusta.  Contra su habitual costumbre de los últimos tiempos, no acude de inmediato a la PC a ver si hay un correo del Viajero.  Con una cierta autopermitida morosidad, toma un largo baño.  Luego, no tengo ganas de cocinar.  Se prepara un pebete  de crudo, tomate y mayonesa, y una coca.  ¡Y listo el pollo!  Luego de su infaltable café batido y el último rubio mentolado del día, solo me permito cuatro, abre su laptop.  Por inercia, primero verá el correo.  Quedará alelada por un minuto.  Se destaca como un rayo de luz frente a sus ojos un remitente: alcesardiaz-99.  Me fuerzo a no abrirlo en el instante, respiro hondo, me violento a mí misma e incorporándome, voy en busca de mi quinto –no permitido- faso de este día.  Fumo con fruición desusada queriendo estar esperanzada, mientras que mi ánimo tiende a lo contrario…  ¡Basta, lee de una vez!

 

“Mi querida Yuli, estoy en falta y lo sé.  En mi aparente mala educación de no escribirte, estaba oculta la duda que debía solucionar antes de comunicarme con motivos pueriles.  Creo que en nuestra primera entrevista empecé a enamorarme de ti, en la tercera ya lo estaba, y como dicen ustedes: ¡al mango!  Te amo como nunca lo hice.  ¡Sí!  Me esforcé, y mucho, para no cortejarte.  Tres temas hacían fuerza en mi conciencia: la diferencia de edades, el ser habitantes de dos continentes distintos y el tener una hija.  Casi nada, ¿no os parece, Yuli?  Ya lo resolví hace tiempo. Me demoré sondeando a mi pequeña Noelia.  Que ya está lista para conocer a una mamá tan buena como la que tuvo y a la que poco recuerda (era muy pequeña).  Tienes que pensarlo con detenimiento.  El cambio va a ser grande para ambos, pero sobremanera para ti.  Sé que te han ascendido en Laboratorios del León y que tienes una prometedora carrera.  (No quise hacerlo yo –no corresponde-, pero de interesarte ‘mi propuesta’, se puede dar que te trasladen a Madrid si lo solicitáis).  ¿Cuál es esa propuesta…?  ¿Te casarías conmigo mi querida Yuli?”

 

No vacilo medio segundo, hago clic en Responder: “Mi muy querido Álvaro…”.