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Humorada

por C. Fernández Rombi

11 ene 2017

 

 

Ambos hombres, el viejo y el joven, caminan y charlan despreocupadamente hacia la oficina. En realidad, ninguno de los dos le presta mucha atención a los dichos del otro; cada uno es el solitario habitante de su propio mundo interior.

 

El más joven, a pesar de depender económicamente del otro, se dirige a él con un cierto tono de displicencia. Tienen en común mucho más de lo que el viejo sabe; es amante de la mujer del jefe desde hace seis meses; casi, el tiempo que lleva en su empresa.

 

─Julio en la empresa estamos muy satisfechos con tu trabajo, pero… piensan y, soy sincero, lo comparto, que no debieras ausentarte tan seguido. No es inteligente que olvides que tu contrato es temporario. Aunque, desde ya, nuestra intención es ratificarlo.

 

─Mi estimado Luis María, interpreto que me estás bien aconsejando, pero… en la vida no todo es trabajo. De vez en cuando hay que vivir… ¿no te parece?

 

─Puede ser mi joven amigo que tengas algo de razón. Mi esposa me reprocha cada tanto que paso muy poco tiempo en casa, para decirlo en sus palabras: “que estoy casado con el maldito trabajo”.

 

─Ya lo ves… ¡hasta Mariquita me da la razón!

 

Se hace un prolongado silencio. Julio experimenta un ligero desasosiego, presiente que ha cometido alguna especie de error; como se le escapa de qué se trata, sacude la cabeza y se olvida. Luis María, por los dichos del otro, ha encendido todas sus alarmas interiores.

 

“¿Mariquita? ¿Desde cuándo este hijo de puta conoce el apelativo que sólo yo uso con mi mujer en la intimidad? Ahora entiendo ese tono sobrador del orto con el que me trata este tipo. ¡Pedazo de hijo de puta! ¡Debo conseguir un nuevo gerente de planta!”

 

Ya llegando a la entrada del edificio de la empresa, han fracasado los tres intentos de Julio por retomar la charla intrascendente. El silencio ya no se alterará.

 

¿Qué carajo le pasa al cornudo este?