por Carlos Fernández Rombi – 03 feb 2021

 

Me desperté de la siesta de sábado con el grato sabor en los labios de la boca amada de Wanda.  Nuestra vida en común está a cumplir los seis meses y… ¡todo bien!  Reconozco que ninguno de los dos le tenía fe a esta unión sentimental.  Ambos pasamos los cuarenta; ambos, también, venimos de fracasos en el amor; y para colmo, también ambos somos de caracteres fuertes e independientes.  Sin embargo, creer o reventar… ¡los milagros existen y esta cosa -”nuestra cosa”, los dos la llamamos así- está funcionado!

─¿Qué planes tenemos para esta noche, Chico?

 

Wanda es tan argentina como yo, pero de sus quince años de residencia en La Habana, se le han pegado algunas formas de expresión como esté “Chico” que me rompe las…  Bien, después de un rato de intercambio de sugerencias, quedamos de acuerdo en ir a cenar a una cantina de La  Boca.  Paseo que ya realizamos un par de veces.

 

Wanda es una estupenda hembra en sus cuarenta y yo un reo, en el sentido de gustador de la joda sobre el laburo, a punto de cumplir el medio siglo.  Ella es estilista en una peluquería afamada de Barrio Norte y yo me las rebusco con la importación de imitaciones de alhajas y relojes de China, que vendo parte al mayoreo y el resto al chiquitaje.  No tenemos problemas ni de familias anteriores ni de dinero.

 

Entramos a “Il Piccolo Vapore” (previa reserva telefónica) a eso de las 22 horas.  El “ambiente” iluminado a giorno, comienza a caldearse.  El viejo vino Carlón que sirven a discreción ayuda.  Ya la flaca había armado charla con la gente de la mesa cercana (dos parejas de edades similares a las nuestras) y terminamos juntado las mesas.  ¡Lo pasamos bárbaro!  Al final, cerca de las 5 de la mattina intercambiamos celulares con la idea de volver a reunirnos.  De regreso a casa, hicimos el amor como dos pendejos, a pesar de que ya habíamos culeado antes de la siesta.  La semana transcurrió sin mayores novedades.  Hicimos una única salida de día de semana: teatro (Flavio Mendoza) y a cenar en Pippo de la calle Paraná.  ¡Buenos los bifachos y los vermichellis!

 

El sábado ninguno de los dos labura, estamos remoloneando en la cama meta mate y factura.  Wanda me hace cosquillas en la oreja y comenta:

─Chico, realmente soy muy feliz contigo… ¿tú también?

─Y dale que sí…  Si te digo la verdad, peleamos y no tengo ganas.

Río como un guaso desaforado.

─¡Sos un hijo de la puñeta, cabrón!  En una de esas termino enamorada de vos.

Reímos juntos y el toqueteo se intensifica.  Imaginen el resto.

 

Después:

─Chico, en la semana estuve hablando con las minas que conocimos en la cantina y propusieron repetir la misma salida los seis esta misma noche… ¿te va?

─¡Dale, lo pasamos rebien, me adhiero!  Hagan la reserva por las dudas, recordá que el sábado pasado estaba hasta las tetas…

 

A las 22 horas arribamos a “Il Piccolo Vapore”.  Primera sorpresa, el boliche casi en penumbras.  El mozo ceremonialmente (?) nos conduce a una mesa armada para seis personas y vacía.  Nos sentamos en silencio y nos miramos asombrados; el lugar es un páramo y nuestros amigos no llegaron aún.  No entendemos nada.  Pasada una hora, ya aburridos y con  hambre, pedimos  algo para ir picando mientras los esperamos.  De pronto, los vemos entrar. Hablan con el mozo y este, siempre inmerso en el clima opaco y silencioso de la cantina de esta noche, los conduce a nuestra mesa.

 

Nos incorporamos Wanda y yo, con las caras plenas de sonrisas para darles la bienvenida, pero los rostros de los que llegan muestran un grado de desconocimiento tal que nos desarma y deja en silencio.  Ninguno atina a decir nada y de pronto, en simultáneo, una de las mujeres, creo que se llamaba Patricia, dirá:

─Perdonen, pero creo que esta es nuestra mesa…

Y Ricardo, su compañero, agrega con cierta simpatía comprensiva:

─De todos modos, no se hagan problemas gente.  El boliche está casí vacío como de costumbre y ustedes ya pidieron.  Les dejamos nuestra mesa y ocupamos otra.

 

Wanda y yo nos volvemos a sentar y continuamos la cena en esa mesa armada con seis cubiertos.  Nuestro silencio es total.  Asumidos por un  extraño desasosiego, ni atinamos  siquiera a mirarnos por un momento.