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por Carlos Fernández Rombi – 27 feb 2021

 

Rosa tú, melancólica (fragmento)

El alma vuela y vuela

Buscándote a lo lejos

Rosa tú, melancólica

Rosa de mi recuerdo…

Nicolás Guillén

 

Última noche de los carnavales del ´85 en Huerta Grande, Córdoba.  En el Club Social y Deportivo estamos “los inseparables”: René, Walter, Oscar y yo.  Nos vinimos de mochileros desde Buenos Aires.  El año anterior fuimos a Mendoza y nos fue rebien.  Este año no estamos disfrutando tanto, quizá muchos días de lluvia (fatales para los mochila-boys), quizás ya estamos un poco grandes para este tipo de salida ─yo piso los treinta y mis cumpas, más o menos-.  Oscar y René se casarán este año, así que de seguro esta es nuestra despedida.  Quizás debiéramos haber cortado el año pasado, así nos hubiera quedado un gran recuerdo de nuestros ocho años de mochila…

 

El baile está en sus finales.  Bostezo a full y espero ansioso la hora del raje.  Esto es un plomo.  Me estoy secando las lágrimas que me produjo el bruto bostezo, cuando veo que una muchacha, sentada a una mesa a unos metros, me mira tentada de risa.  Su expresión de burla es tan evidente que engrano y sin vacilar me le acerco, notando en mi subconsciente que es toda una belleza, ya sea en Huerta Grande o en Avellaneda.  Y además, que apenas si llega a los dulces veinte, doce menos que quía…

─¡Hola… qué tal!  Estoy muy contento…  Corto sin mayor explicación.

─¡Hola… me alegro mucho…!  ¿Puedo saber qué te pone tan contento?

─Que mi aburrimiento haya servido para tu diversión…

 

La atracción mutua y la alegría de compartir fueron instantáneas.  Mis amigos, superaburridos se marcharon una hora más tarde.  Los despedí diciéndoles que en un rato me les juntaba en la carpa.  Lo cual resultó una mentira: dos días más tarde mi grupo volvía a Buenos Aires sin mi presencia.  Me había instalado en la casa de Marina.  Sus padres, médicos gerontólogos, estaban en un Congreso en Canadá.  Habían partido el día anterior y no volvían hasta  cumplida la quincena.  ¡Quince días de gloria mágica y total!  Una quincena encerrado en su casa, sin  siquiera asoma la nariz (por los vecinos y la reputación de mi amada).  Quincena única, mágica e irrepetible en toda  mi vida…  ¡Inolvidable!

 

Llegó la hora de partir, sus viejos volvían al día siguiente.  Esa última noche fue toda de pasión y llanto.  Seguros de la eternidad de nuestro amor, intercambiamos teléfonos y mails.  Nuestro último beso fue irrepetible, jurándonos amor eterno y mi firme promesa de venir lo antes posible a buscarla.  Los primeros meses, ambos cumplimos.  Luego de la muerte de papá, la  situación se puso fulera en casa y hacían falta más ingresos.  Tomé otro trabajo e, insensiblemente, empecé a estirar un poco la comunicación con mi Marina.  Un año después de esa quincena inolvidable y cuando estaba haciendo planes para viajar a Córdoba, recibo un largo correo de ella.  Largo y mucho, también me pareció sincero.  Pero la realidad era que me daba el piante.  Se había puesto de novio con un excompañerito de la primaria, hijo de una pareja de colegas de los padres y sus grandes amigos.  El mail terminaba diciendo: “Perdoname, Salvador.  Lo nuestro fue hermoso e inolvidable, pero mi vida está en este lugar.  ¡Nunca te olvidaré!”.

 

Los años se sucedieron unos a otros sin solución de continuidad.  Un par de años después, yo también me casé.  Amalia era una buena mujer, aunque nunca despertó en mí esa pasión que había vivido a mis treinta.  Falleció joven y me regaló una hermosa hija; esta, a su vez, mi primer y único nieto.  Hoy le festejó en privado ─los dos solos─ sus diez añitos a mi Benjamín, que le encanta pasear en auto.  Me lo llevo al Parque Tres de Febrero: helados, un cono gigante de pochoclo, algunos chocolates y dale que va…  A punto de emprender el regreso y llevarlo a su casa, nos sentamos en el único banco libre en ese despelote de domingueros gozando de un sol puro esplendor.  De pronto…

 

Veo en el banco de enfrente al nuestro a una belleza de mujer madura con dos niños…  ¡Sin dudas, es Marina!  Refreno mi intención primera de ir a saludar.  ¡Estoy impactado!  Tal vez un par de kilos más, pero no difiere demasiado de la muchacha que conocí hace treinta años.  En ese momento, se sienta a su lado un hombre más joven y mejor plantado que yo (peladito y entrado en panza, ya en mis sesenta largos); pasa el brazo sobre sus hombros y la besa cariñosamente en la boca.  (No dudo, es el antiguo excompañerito  de la primaria y hoy, dorima).

 

El recuerdo de la única pasión de toda mi vida vuelve desatado a mi memoria.  Cada beso, cada caricia, cada palabra se renuevan en mi corazón… ¡estoy temblando!  Tal vez, por la fijeza de mi mirada, Marina clava sus ojos en mí, es sólo un momento…  Luego, su mirada vuelve a su esposo y sus pequeños.  ¡No me reconoció en absoluto!  A tientas busco la mano del Benja y lo llevo hacia el auto.  Caigo en la cuenta de que arrastro los pies y estoy a un punto del llanto. Recuerdo un solo momento tan triste como este.  Aquel de antaño, cuando recibí el último mail de Marina.