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por Carlos Fernández Rombi – 18 mar 2021

 

Origen

Ya pisados los 45, hago un resumen de mi vida y no tengo quejas.  Soltero, sin hijos ni familia conocida; un romance estable no es importante para mí.  No es este tiempo de cuarentenas y pandemias el mejor para mi inmobiliaria; pero, por suerte, me agarró bien parado ─tal vez, mejor: “bien armado económicamente”─ y no tengo que preocuparme, aunque el coronamierda dure cinco años más.  No me describo físicamente porque me parece algo propio de galanes de cine, pero… por cierto, parezco uno de ellos.

 

Vivo en la zona de Recoleta, un edificio de categoría de veinte pisos, a razón de dos semipisos por planta; dos líneas de ascensores, una por cada semipiso; o sea, acceso por palier privado y una tercera central que da acceso a las entradas de servicio.  El pasillo al que acceden estas entradas tiene unos veinte metros y es la única comunicación directa entre uno y otro semi.  Lo dicho, gran categoría.  Los dos del séptimo son míos.  En uno vivo, el otro lo alquilo.  Justamente, esta semana se instalaron los nuevos inquilinos: un arquitecto de 33 años, con sólidas referencias; su esposa (a la cual aún no conocí) y dos pequeños hijos.  El nuevo inqui es un arquitecto de aspecto juvenil y muy simpático.  Está asociado con su padre, también arquitecto y famoso por el diseño de una gran cadena de hipermercados.  Las tardes de los martes suelo volver temprano a casa para ordenar un poco; la señora que limpia tiene franco domingos y martes.

 

Ese martes especial e iniciático, a eso de las 16 horas, mi nueva inquilina toca el timbre de casa para presentarse como “la vecina de piso”.  En el acto, quedé impactado por su belleza fuera de lo común,  sus ojos verdes,  una cabellera de intenso color marrón con un toque de rojizo.  Además y como plus bono, culta y simpatiquísima.  Como es de gentes, la invito a pasar y le ofrezco una copa; sólo me aceptará agua mineral.  En un momento dado, Rosalía (¡divina Rosalía!) mira su reloj y, asombrada, dirá:

─¡Perdóneme, Carlos Alberto…!  He ocupado casi una hora de su tiempo y además, debo ocuparme de mis niños… ¡Fue todo un placer!

─Rosalía, te aseguró el placer ha sido todo mío.  No dudé en el tuteo, ya que parece una joven de veintitantos, aunque tiene treinta.  Además, ha sido la hora más corta de toda mi vida.  ¡Lo juro!  Sonrío ante mi propia exageración.  También, sin poder evitarlo, uso la mirada más insinuante que tengo.  Es lo mío y sirve; mucho cine, Carlos.

Ella, la divina, también sonríe aceptando el cumplido implícito.  ¡Tiene la sonrisa más linda del mundo!  Y se marcha. Me sirvo un generoso escocés con hielo, ocupo mi sillón preferido y, sin poder evitarlo, me pongo a pensar en ella y nuestro encuentro.  A pesar de que tengo una operación comercial importante mañana y debiera pensar en eso.  Me es imposible: mi fuerza de voluntad es derrotada por esa Rosalía que ocupa todos mis pensamientos.  Soy hombre, según amigos/as, de gran facha, porte atlético y atrayente personalidad, y más que acostumbrado a conseguir las mujeres que quiero.  Muy pocas ─tres o cuatro─ me han quedado en “el Debe”.

 

Acoso sentimental

Después de horas de soliloquio y un par de whiscachos más, quedé totalmente convencido de dos cosas: a) me había enamorado de Rosalía como un quinceañero.  b) debía ser mía.  Estaba seguro de que era una pésima decisión.  Vivía, felizmente casada, a menos de treinta  metros de  mi entrada de servicio, era mi inquilina y tenía dos hijos a los que adoraba.  Es decir que en todo momento tuve consciencia de que me iba a mandar un cagadón.  ¡Me importa un carajo!

 

Fue esa misma larga noche de martes en la que, a pesar de lo avanzado de la hora y de que en la mañana tenía un negocio importante, me puse a planear una estrategia para tener a esa mujer.  En realidad, ir tocar su casa con algún pretexto boludo (por ejemplo, pedir azúcar) no es mi estilo.  Cruzarnos en el ascensor,  imposible: dos torres de ascensores distintas.  De pronto, la idea salvadora.  Días atrás me habían ofrecido colocar en la misma línea del portero eléctrico una grabadora de mensajes instalada con el de la calle.  Buena idea: alguien te pasa a buscar o dejar algo, no estás, cuando llegás a tu casa, lees los mensajes y no se perdió la visita.  Ya había desistido por lo caro.  Ahora me pareció un pretextazo.  Decidí pedir en la mañana presupuesto para instalarlo en los dos semipisos el martes próximo.  Porque sé que ese día, mi Rosalía está en casa.  ¡Qué joda aguantar una semana!  Seguro que ese chiche sale un huevo y lo bancaré solito mi alma.  A ella le diré que es una mejora para mi propiedad.  Y desde ahí… ¡directo al cielo!

 

El martes siguiente, por la tarde, ya con el presupuesto (¡dos huevos!), vestido con alpargatas blancas, camisa ídem y jeans negros ─mi estado atlético me lo  permite y además luzco más joven-, único aditamento el Rolex de oro, toco el timbre de mi vecina.  Mira por la mirilla y me abre de inmediato.

─¡Hola, qué alegría Carlos Alberto… pase por favor.  ¿Le sirvo algo?  No sé por qué me acuerdo del cuento de Caperucita Roja y el lobo.  ¡Guacho!

─Toda la alegría es mía Rosalía…  Parece que no te veo desde hace un siglo…  Si no sonara pueril e imposible, diría que estás más bonita que el martes pasado…  ¡Lo estás!  Contesta su luminosa sonrisa…  Exprofeso guardo silencio y no le contestó al ofrecimiento, menos aún el motivo de mi visita.  Tuve toda la semana para pensarlo y decidí que debo ser agresivamente romántico.  Pienso que mi Rosalía no conoce la propia infidelidad y sólo puedo ganar por nocaut.  Por puntos ─dado su estado civil e hijos─ pierdo.  Desconcertada por mi silencio y la fijeza apreciativa de mi mirada, dirá:

─¡Ay, Carlos Alberto, siempre tan exagerado…  En fin, vuelvo a  ofrecerle algo para beber… salvo que esté apurado.

─Ni el más mínimo.  En este momento estoy disfrutando de la mejor visión que he tenido en toda mi vida, vos Rosalía. Increíblemente, esta mujer, esposa y madre, se sonroja como inexperta colegiala (¡voy bien!).  Sigo sin contestar la invitación y, de pronto, como haciendo un esfuerzo para volver a la realidad digo:

─Las 18 horas.  Es la ideal para compartir un whisky; pero como imagino que vos vas a beber agua mineral, resignado tomaré agua.  Rosalía, retoma su autodominio.

─Ningún problema, compartiré uno con usted, aunque no tengo la costumbre y lo tomaré de a poco, no sea que me haga mal, llegue Ricardo y me encuentre ebria.  Ni por las tapas recordaba el nombre del fulano y eso que ese alquiler lo firmé yo. Ambos saboreamos la bebida; ignoro la marca, pero no es escocés.  La charla se mantiene viva y atractiva; tan atractiva como son mis miradas que van más allá de lo que digo.  Considero un éxito el que llevemos ya pasada una hora en ese tren, sin que ella me pregunte el motivo de mi visita (¡voy bien!).  Sigamos.

─Mi querida, aún no le comenté el motivo secundario de mi visita.  Pensá, Rosalía, pensá, en cuál puede ser el primario que no sea el verte.  Que por cierto es bastante rutinario.  Le comento de la instalación de la mensajería anexa al Portero eléctrico.

─Me parece bien Carlos Alberto… pero suena a algo bastante caro, deberé consultar con mi…

─Lo es Rosalía.  Uso un tono neutro y sin ostentación alguna.  Pero decile a tu esposo que ustedes no abonarán nada; simplemente es una mejora para mi propiedad.

─Bueno, de todos modos muy agradecidos…

─Oka.  El instalado se realizará el jueves o viernes de la semana próxima; así que yo vendría el martes que viene Sigo condenado a los martes, no quiero mostrar aún mi jueguito, a confirmarte hora y día… ¿te parece bien?

─Sí, claro, los martes es buen día para mí porque la niñera se queda hasta las 20.30.  Y Ricardo, esos días, tiene su reunión de bádminton y no llega hasta las 23, cenado y todo.  ¡Epa, epa, cuánta información!  ¿Casualidad o intencionalidad?

─Bueno, Rosalía, me voy más que contento… ¡tenemos una cita!  Aunque el tono de voz fue el más intencionado que usé hasta este momento, esta vez no se  ruboriza.  No quejarse, esto va mejor de lo esperado.  Creo que el martes que viene…

 

Consumación

Y llegó el día esperado.  Ya pasada la hora de acudir a la entrada de servicio de mi vecinita, dejo transcurrir los minutos.  Es mejor hacerse desear un poco.  Cambié de look: un conjunto en jean de camisa y pantalón en negro, botones y pasamanería plateada, mocasines negros (sin medias, lógico), mi Rolex y yo.  Nada más, nada menos.  Justo pasada media hora de la pactada, en vez de ir, la llamo:

─!Hola…¡  ¿Quién habla?

─Yo soy… el hombre maldito que va a faltar a tu cita.

─¡Hola Carlos Alberto, te estaba esperando… ¿algún problema?  ¡Bien, me tuteó!

─Mi hermosa Rosalía… ¡qué ganas de verte!  Pero estoy clavado en casa esperando un fax de negocios de Suiza ¡mentira! y no puedo ir  hasta que llegue.  No podés imaginar cuánto lo lamento…  Usé mi tono más profundo.  Callo y espero. Vacilará unos segundos, se decide.

─No tengo problemas Carlos, si querés voy yo a tu departamento y esperamos juntos…

─¡Rosalía, sos divina, un verdadero amor!  Venite, dale, te espero.

 

En tres segundos está llamando a mi puerta.  Noto de un vistazo que está más linda que nunca.  Se ha esmerado en peinado, maquillaje y atractiva ropa de calle.  Me saluda con un efusivo “¡Hola, Carlos Alberto!”.  ¡Vamos, hora de quemar las naves!  No le contesto, la tomo de las muñecas y la beso en los labios.  Sufre un pequeño respingo, pero no se retira.  La atraigo hacia mí y le brindo el mejor beso de mi vida.  Beso que se hace interminable.  Nuestras lenguas se buscan, se enroscan se agreden… ¡se aman!  Imposible describir esa tarde, solo nombrarla como la mejor de nuestras vidas.  Hablo por los dos; al final, ella misma así la llamaría.

 

Los tres martes siguientes fueron calcados.  Pero… ya había aparecido en su mirada, aunque fuera por un par de segundos, ese destello de duda, culpa o arrepentimiento o, tal vez, la sumatoria de los tres.  ¡Ahí lo supe!  Mi amor, relación y pasión tenían el tiempo acotado.  Más temprano que tarde, la mamá le doblaría el brazo a la mujer.  Sólo era cuestión de tiempo y… ¡chau Carlos!  El momento tan temido llegó antes de lo previsto, dos días después de ese último martes.  Y no por la acumulación de culpa.  Algo más sencillo y común: el chivatazo al marido por parte de la niñera de Rosalía.  El arquitecto obró rápido y sin piedad; tomó a su hijos, todas sus pertenencias y se mudó a casa de sus padres con la expresa orden de que estos no vieren a la madre.  Al mismo tiempo, se presentó en la inmobiliaria para desistir del contrato de locación.  Dado lo insólito del hecho, Román, mi gerente de Buenos Aires, se comunicó de inmediato conmigo para pedir instrucciones.

─Román, quiero que me escuches bien, facilítale todo el trámite a ese inquilino y le devolvés la totalidad de importes abonados: comisión, mes adelantado e inclusive el sellado del contrato…

─Como digas, Carlos…  Pero, ¿sellados de ley incluidos?  Eso es una novedad, no se trata de dinero que haya quedado en la inmobiliaria…

─No te hagas problemas, devolvé todo y facilítale la cosas, incluso si hay que mandar un empleado a su domicilio. ¡Tratamiento de guante blanco!

Esa noche aciaga, Rosalía se instaló en mi departamento.  Pero no fue una fiesta ni nada que se le parezca.  Drama, más bien.  Llanto y arrepentimiento por los chicos.

 

Péndulo

Para su tranquilidad, le hice armar un dormitorio cerca del mío.  Sabía que necesitaba sosiego y era el momento de hacerme notar lo menos posible.  Mi presencia entre las sábanas la hubiese importunado.  Durante días tuve una paciencia infinita, todas las atenciones posibles y una más.  Los días pasaban, la cubría de mimos, trataba de que no estuviera sola ni un minuto.  El sexo era el gran ausente.  Tenía que hacer algo.  Por sus dichos sabía de su anhelo de conocer París y la Costa Azul.  Planifiqué un viaje de 28 días visitando París y la Costa  Azul, desde Marsella a Niza, pasando por Antibes, Cannes, Saint Tropez y Tolón.  Aún con mi solvencia económica, sufrí un principio de asfixia cuando me pasaron el presupuesto.  Lógico: cinco estrellas y all inclusive.  Pero, si con eso conseguía sacar a mi amor de su marasmo… ¡valía la pena!  Y arrancó bien.  Después de casi un mes de llanto y miradas ausentes, la vi entusiasmada y feliz.  Una semana más tarde, partíamos en lo que yo, sin decirlo, pensaba mi luna de miel.  Desde ya, por el tema covid-19 hubo que hacer papeleos y untadas de manos varias.

 

Me sentía triunfal.  Rosalía había vuelto a ser la muchacha enamorada y pasional, ¡habían renacido nuestro amor y el sexo!  Claramente, la belleza inigualable de los lugares en los que estábamos ayudaban y mucho.  Sin dudas, fueron los mejores días de nuestro amor y de mi vida.  Sin embargo, cada tanto descubría en su mirada ese destello de culpa. Traté, sin mucho éxito, de creer que con el tiempo terminaría por desaparecer.  Idea que hacía agua cada vez que se cruzaba con nosotros alguna pareja con niños.  Llegó el final, había que volver y decidí que nunca me arrepentiría de ese mes de pura fábula.  Mandé instrucciones a casa de que armaran en mi suite la cama matrimonial, sin consulta previa con Rosalía.  No quería hacerla pensar y darle el hecho consumado.  El viaje de vuelta fue hermoso, la pasional mujer que había sido devino en cariñosa y necesitada de mimos y protección.  ¡Y vaya si se los daba!  De regreso en Recoleta, tomó posesión de nuestra casa como algo natural.  Retomé mi vida habitual con la diferencia de que privé de tiempo a mis reuniones deportivas y de póker -¡ay, qué dolor!- para estar el mayor tiempo posible en casa.  Temía que le trabajara en demasía la cabeza estando sola.  Así pasamos unos tres meses haciendo planes para toda la vida.  Me pidió que le consiguiera un trabajo y en el acto le busqué ubicación en la Inmobiliaria.  Todo bien, éramos felices.

 

Epílogo con sordina

Entramos en nuestro sexto mes de convivencia (de vuelta de Francia).  Rosalía se había adaptado muy bien al trabajo en la agencia.  La había puesto en relaciones públicas, es decir, en el trato con clientes y otras inmobiliarias.  Pensaba, y acerté, en que eso la iba la contentar mucho más que el papeleo o el archivo.  Con la suerte de que al estar yo muy poco en forma presencial, no habría “pegoteo” entre nosotros.  Mi gente la había recibido de lo mejor y ella se sentía por demás a gusto.  A pesar de que circunstancialmente reaparecía su mirada culposa, nuestra relación se afianzaba.  Comenzaba a hacerme ilusiones y era feliz.  Me ocupaba de que saliéramos mucho.  Al teatro, a cenar, a distintos espectáculos.  De los siete días de una semana, cuatro por lo menos, estábamos de joda.  Ella, mi adorada Rosalía, me parecía cada vez más contenta con nuestra vida de relación.

 

A un mes de nuestro primer aniversario, había abandonado mis temores y comencé  a hacer planes de festejo.  Quería regalarle una fiesta inolvidable.  ¡Iluso de mí!  Viajé por tres días a Mar del Plata a cerrar un muy buen negocio inmobiliario.  Regreso censado y  contento.  Bajo el brazo, una espectacular caja de bombones de “Milagros del cielo”. Abro la puerta y el silencio se me impone.  Los efectos de Rosalía no están.  Presiento la nota antes de verla.  Sobre mi mesa de luz, un ominoso sobre me espera.

Sé que ni necesito leerlo.

Sé de qué se trata.

Sé que es el acta de defunción de mi felicidad.

Sé que, ahora sí, voy a terminar mis días como un solterón.

Sé que leerlo será igual a revolver una daga en la herida…

¿Pero qué remedio queda?

 

Sin el menor apuro, dejo mi equipaje de mano en el closet; los bombones, que parecen reírse a mi costa, en el bar; me sirvo un escocés doble, me desparramo en un diván y leo, lento y pausado, como estirando el final.  Es una larga carta, me llena de elogios, reitera su amor…  A lo que importa: “…Carlos, no puedo vivir más sin mis hijos.  Perdoname, me voy vivir a casa de mis padres hasta conseguir que Ricardo me perdone o, por lo menos, me permita verlos con frecuencia.  Algo que será imposible si continúa nuestra relación.  Por favor, perdoname y no me contactes de forma alguna.  ¡Nunca te voy a olvidar!  Perdoname…”.

 

Varios whiskies y otras tantas horas después, un vaso ya vacío cae de las manos del dueño de casa, que acaba de ceder al sueño y al alcohol.