por Carlos Fernández Rombi – 29 mar 2021

 

Razones

Los Médici fueron una poderosa familia del Renacimiento, en Florencia, entre cuyos miembros se destacaron cuatro papas: León XClemente VIIPío IV y León XI; dos reinas de FranciaCatalina de Médici y María de Médici; y numerosos dirigentes florentinos, miembros de las casas reales de Francia e Inglaterra, que sobresalieron por ser mecenas, patrocinando a artistas y científicos de su época.

 

La familia es de orígenes modestos.  La raíz del apellido es incierta, reflejando posiblemente la profesión de médico.  Y el poderío inicial de la familia surgió de la banca.  La Banca Médici fue uno de los bancos más prósperos y respetados en Europa.  Con esta base, adquirieron poder político inicialmente en Florencia, donde aparecieron ocupando el cargo de confaloniero o jefe de la ciudad desde el siglo XIV (Salvestro di Médici lo fue en 1378).  Su poder e influencia se extendió luego a toda Italia y el resto del continente europeo.

 

Con Juan de Médici, primer banquero de la familia, comenzó la influencia del linaje sobre el gobierno florentino, pero los Médici se convirtieron en cabeza oficiosa de la república en 1434, cuando su hijo mayor Cosme de Médici tomó entre sus títulos el de Pater Patriae y el de “Gran Maestro”.  La rama principal de la familia, formada por sus descendientes, rigió los destinos de Florencia hasta el asesinato de Alejandro de Médici, primer duque de Florencia, en 1537.

 

Este relato se ocupa del destino de la daga florentina del Renacimiento que fuera construida especialmente para Don Cosme de Medici. Hace unos años, fue comprada a un coleccionista de Florencia por el famoso pintor argentino, Julián Balbuena (56).  Que en los últimos años se había convertido en el artista plástico más conocido y mejor pago de América.  Además, tenía una marcada tendencia y gusto por coleccionar armas antiguas, sobre todo del período de los Medici en la hermosa Florencia.

 

Integraban la colección de Balbuena finas espadas toledanas, pesados sables de lucha cuerpo a cuerpo, fusiles de caño de fundición con caja de madera, cuchillos, puñales y dagas florentinas.  Para la exhibición de su colección había hecho construir ─de su propio diseñado─ un armero especial realizado en finas maderas italianas que se lucía en su amplio estudio profesional de la Avenida Alvear, de Buenos Aires.

 

El lugar destacado del armero era para una antigua daga florentina de doble filo.  Esta, una verdadera obra de arte de su época, tenía el empuñe finamente trabajado en oro, plata y cuero: sobre el crucero, de ambos lados, dos pequeños rubíes rojo sangre y, según certificaba un reconocido anticuario florentino, le había pertenecido al mismísimo señor Don Cosme de Medici, seiscientos años antes.  El pintor había pagado una pequeña fortuna por la daga y era su máximo orgullo.

 

Sandra Nievas

Es una eximia artista en el momento en el que el pintor la conoce.  La mujer tiene la mitad de la edad del artista y es dueña de un cuerpo y belleza perfectos.  Por si fuera poco, es la primera bailarina del elenco estable de Teatro Colón de Buenos Aires.  Apenas conocerla, Julián se enamoró perdidamente de la bailarina, sin la menor preocupación por la diferencia de edades.  Para su desgracia, a la mujer no le sucedió lo mismo; su único amor es la danza a la que había dedicado su vida.  Para colmo de males para Julián, en el momento en que él la conoce y se enamora perdidamente, ella está planificando con su representante su debut en el Opera Royal House británico.  El cenit de su carrera artística.  Halago que muy pocas compatriotas han conseguido…  ¡Vamos Sandra, esta es la tuya!  Por otra parte, Julián es un gran artista pero demasiado viejo para mí, no me interesa en lo más mínimo.  Así y todo, voy a tratar de no herir sus sentimientos.  Ahora se ha propuesto pintar un desnudo conmigo de modelo.  Sé que la mitad de la mujeres del país estarían encantadas (yo también, claro), pero hay dos motivos que patean en contra.  Estoy en época de muchos ensayos y, además, tengo el temor de que se ponga pesado con sus requerimientos amorosos.  Pero tonta no soy, sé lo que representa un cuadro realizado por el gran Julián Balbuena, negarse sería una locura.  Y por si fuera poco, el artista más solicitado de América me va a retratar sin cobrarme un centavo.  En fin… será cuestión de mantenerlo a raya, sin ofender sus sentimientos.

 

Esta historia tendría un final de horror.

 

Estamos en la última de las veinte sesiones que Sandra se comprometió a posar y la primera en la que Julián le permitiría ver la obra, sea cual fuere su grado de avance.  La bailarina ignora que el lienzo sigue como el primer día, en un blanco inmaculado.  El artista, trastornado por su pasión no correspondida no ha podido dar una sola pincelada. Pero lo ha intentado: este es el cuarto lienzo que recibe el atril, los tres anteriores los tiró, plenos de garabatos.  A punto de finalizar la sesión, Sandra le recuerda que acordaron que ese día ella vería la obra en el estado en que estuviere y que ya no volvería por el estudio.  De acuerdo con lo proyectado por el pintor, la modelo posa desnuda y sentada en una banqueta Luis XV.  Una mantilla negra y transparente apenas cubre su sexo.  Julián Balbuena deja de lado paleta y pincel, sabe que Sandra aguarda su respuesta.  Se dirige hacia ella, más por instinto que por saber qué va a hacer.  Pareciera que, como tantas otras veces, va a corregir un defecto de postura o arreglar la posición de la mantilla.

 

Al pasar frente al armero, su mano diestra, como dotada de voluntad propia, toma su bien más valioso.  Su brazo izquierdo, apenas extendido en un gesto amistoso, va hacia la hermosa modelo.  Tomará su pierna izquierda colocándola junto a su compañera.  Sandra lo observa con alguna curiosidad.  Él, sin reparar en su mirada, se sienta a su lado, rodea su cuello y la besa con toda su pasión de hombre maduro.  En ese momento la entrega del hombre es íntegra y total.  Visceral.  Es un beso con ambición de eternidad.  Al mismo tiempo, la daga penetra sin brusquedad pero con firmeza hasta el propio corazón de la desgraciada bailarina.  La policía detiene al pintor y la daga es secuestrada como “el arma del crimen”.  Julián Balbuena fue condenado a nueve años de prisión.  Y la daga, luego del juicio, remitida al Depósito Judicial.  En treinta años nunca la reclamó nadie.  Y seguiría en ese lugar si no fuera por una eventualidad de esas que escapan al control de los hombres.

 

A los pocos días de ser incorporado a la planta fija de empleados del Depósito en el escalafón inicial, Pablo Bejorro recibe la orden directa de su jefe de “meterse entre esas cajas de pruebas viejas del fondo del salón y limpiar y arreglar un  poco esa mierda”.  Pablo, alérgico al polvo, putea para sus adentros y se dirige a cumplir la orden.  Queda anonado: hay miles y miles de cajas.  Del piso al techo parece un amontonamiento sin lógica ni sentido.  En un momento dado, su codo choca con una de las cajas que cae al piso; la levanta y, distraído, mira el rotulo: “Asesinato Balbuena-Nievas”.  Sin pensar, la abre y observa una hermosa cuchilla de forma rara y con dos piedras rojas de adorno. Los nombres del rótulo no le dicen nada de nada.  Es muy bonita… que bien quedaría en el modular del comedor…  Elsita se pondría muy contenta…  Irreflexivamente, la esconde entre su ropa.  Luego, acomoda la caja, ya vacía, en el fondo más recóndito del aparatoso mueble.

 

Réquiem para una daga, una antigua y famosa daga florentina

Ese sábado, como de costumbre, una pareja de amigos acuden a cenar a la casa de Pablo y Elsa.  Ella ha acomodado la daga sobre un trozo de terciopelo azul.  Finalizando la comida, estos reparan en el nuevo adorno.  La mujer dice:

─Elsita, que linda te quedó esa cuchilla de adorno.

El esposo agrega:

─¡Linda sí, pero para el asado no sirve!