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por Diego Kochmann – 22 ago 2021

 

Tengo que decir que estaba bastante nervioso.  Como sabía que no iba a poder impresionarla, elegí un restaurante que sí pudiera hacerlo: el Palacete de los Camarones.  Ambos llegamos puntuales y quise saludarla con un beso, pero ella me tendió la mano.  Entonces se la agarré y le besé la palma.  No estoy seguro de si le gustó, porque enseguida se la secó con un pañuelito de papel.

 

Ella entró primero y yo me apuré para no perderle pisada, por eso no vi el escalón.  Tropecé y di varios pasos en falso, intentando mantener el equilibrio, hasta que choqué mi cabeza contra la barriga del mozo que nos había abierto la puerta.  Lo embestí al igual que un toro a un torero porque, para colmo, su delantal era tan rojo como la capa que usan estos en las corridas.

–Aquella mesa redonda, pasen por favor –nos indicó casi sin voz, mientras se tomaba la panza con las dos manos.

 

En ese momento pensé que estaría disfónico o que tendría algún problema respiratorio.  Pero enseguida me olvidé: la que a mí me importaba era ella.

 

Hasta ahora estaba saliendo todo bastante bien, lo que me tranquilizó un poco.  Lo suficiente como para acordarme de lo que me había dicho mi loro días atrás, con esa voz tan horrible que tiene, pero portadora siempre de tan buenos consejos.  Pepito me había enseñado: “A las señoritas hay que arrimarles la silla para que se sienten”.  Y es lo que hice, o intenté hacer.  Porque separé su silla un poco de la mesa pero, no sé por qué, no pude despegar mi mano del respaldo y la volví a empujar hacia afuera.  Como suele decirse, ella se comió el amague y cayó de cola al piso.

–Perdón, perdón, perdón –intenté disculparme mil veces mientras le ofrecía la mano para levantarla.

Pero no la aceptó.  Eso me pareció un lindo gesto de su parte, porque me quería demostrar que no le había pasado nada y que podía incorporarse sola.

–Perdón, perdón…

–Bueno, basta –me cortó, ya sentada a la mesa.  Así que no llegué a pedirle perdón las mil veces que me había propuesto.

 

Ninguno hablaba.  Ella miraba todo el tiempo su reloj de pulsera y yo me preguntaba por qué.  Tal vez no había aprendido bien los números romanos en el colegio.  Estaría calculando la hora…

–Cuando hay palitos atrás de la X se suman, pero cuando aparecen adelante, se restan.

–¿Qué decís?

–Nada.  Es que pensé…

–¿Qué desean para beber? –nos interrumpió por suerte el mozo.

–Agua mineral sin gas –pidió ella.

La pregunta me había tomado por sorpresa, y no me dio tiempo de pensar con claridad.

–Papas fritas –le dije al uniformado, quien me miró con cara rara, pero no dijo nada y se retiró.

 

Ahora ella estaba dale que dale mirando por la ventana.

–No parece que vaya a llover –dije yo, para decir algo.  Y ella directamente no dijo nada.

Se me ocurrió entonces que estaría esperando a alguien.  ¿A su mamá?  ¿O tal vez a ese novio que tuvo en la escuela?  Ese que se llamaba Juan, o Bernardo, o algo por el estilo.  Preferí pensar que era a su mamá, porque si era a ese tipo…  ¿Qué debía hacer si de pronto se aparecía ahí, frente a nuestra mesa?  ¿Tenía que saludarlo?  ¿Darle la mano?  ¿O ignorarlo y hacer como que no lo había visto?  En ese momento hubiera dado todo porque estuviera Pepito para pedirle otro de sus consejos.

 

Ella se sirvió un poco de agua en la copa, mientras yo comía mis papas con sal.  Enseguida levantó sus ojos hacia el techo y yo, como siempre, persiguiendo su mirada.  ¿Pero qué estaría observando?  Era todo blanco, no había nada para ver.  A mi izquierda, o sea a su derecha, había una pequeña mancha de humedad, que no me pareció importante.  ¿Acaso sería eso lo que le llamaba la atención?  Entonces decidí dejar clavada mi cabeza apuntando hacia arriba.  Pero eso fue un rato nomás, hasta que empezó a dolerme el cuello, y la volví a bajar.  Ella también había dejado de mirar hacia arriba.  Y la entiendo: es que no se puede aguantar mucho tiempo así.

 

Con tanta papa frita me había dado mucha sed, y ella tenía la botella casi llena…  ¿Estaba bien si le pedía un poco de agua?  Imaginé la voz de Pepito: “¡Ni se te ocurra!”.  Entonces no hice nada.  Y en realidad ella tampoco hacía nada, más que mirar su reloj, después por la ventana y luego al techo.  Reloj, ventana, techo, reloj, ventana, techo…  Así pasaban nuestros minutos.

 

Hasta que volvió a aparecer el mozo, ya recuperado de su disfonía.  Nos preguntó si ya habíamos elegido algo para comer.

–Y…, algo con camarones –me adelanté a decir, porque el hombre es quien siempre tiene que llevar la iniciativa.

–No me gustan los camarones –tiró ella sobre la mesa.

–¿Pero cómo podés saber si te gustan o no, si nunca los probaste?

–Claro que los probé.  ¡Y no me gustan!

Me di cuenta de que tenía razón, era yo quien nunca los había comido.

–Una pizza de camarones –pedí entonces.

 

Pasaron unos cuantos y silenciosos minutos hasta que llegó el mozo con la pizza.  Y la verdad, debo decir que me encantó.  Quizás fue entonces, más o menos entre la primera y la cuarta porción, el único rato en que no estuve tan pendiente de ella.  Cuando ya quedaba menos de la mitad, alcé la vista, y la vi comiendo pan.  Una figacita, de manteca, dos, y ya estaba por darle a la tercera.  “Si comés tanto pan te vas a poner gorda” pensé para mí.  Pero se ve que también lo dije, porque enseguida me contestó.

–Gorda será tu abuela.

–En eso te equivocás –quise aclararle–, porque ella se cuida…

Pero me callé, porque comenzó a mirarme raro, como nunca lo había hecho en toda la noche.

–¿Qué te pasa?

–No sé…

–¡Estás todo colorado!

¿Sería de vergüenza?  Eso sí que lo pensé y no lo dije.  Pero empecé a sentirme raro, con mucho calor, como que me ardía la cara.  Sentía que mi cabeza era un globo lleno de fuego.  Estaba mareado y me costaba abrir bien los ojos.  Y con lo poquito que aún podía distinguir, le vi una cara de susto que me asustó a mí también.

 

Después no sé bien cómo pasaron las cosas.  Sí me quedó grabado que me agarró del brazo, porque fue la única vez que me tocó, y también recuerdo el viento fresco en la cara cuando salimos a la calle.  Pidió un taxi:

–¡Al hospital!

“¿Qué le habrá pasado?” me acuerdo que pensé.  Pero cuando llegamos, al que atendieron fue a mí.

–Me cuesta respirar –le contesté al doctor que se me había acercado.  No le dije nada de que no podía parar de temblar, pero seguro ya se había dado cuenta.

–Calmate pibe, en un rato vas a estar bien. Te acabo de aplicar una inyección.

 

Dicho y hecho.  A los pocos minutos me sentía, no como nuevo, pero entre cinco y seis puntos.

–Tuviste una reacción alérgica muy fuerte.  ¿Tomaste algún medicamento en estas horas?

–No.

–¿Comiste algo especial?

Ahí tuve que confesarle que sí.

 

Cuando dejé la sala donde me habían tratado, la busqué entre la gente que esperaba ser atendida.  Había tantas personas que no alcanzaban los asientos y muchas de ellas estaban sentadas en el piso.  Revisé cada pasillo y los distintos salones, bajé y subí las escaleras varias veces, pero no la pude encontrar.  Seguro que se había ido a su casa.  La entendí perfectamente: ya se había hecho un poco tarde y no querría preocupar a su mamá.  Además estaba cansada, si había bostezado durante la cena más de una vez.  Así que yo también me volví a casa.  Y le mandé un mensaje para volver a vernos.  Por eso estoy acá, en la puerta de Star Bistec, hace ya más de una hora.  Pero no aparece por ningún lado, espero que no le haya pasado nada malo...