por Diego Kochmann – 06 sep 2021
El hombre llegó del trabajo y tocó el timbre, esperó unos momentos y golpeó la puerta. Como esta seguía cerrada, aplaudió fuerte varias veces, pero nadie abría. Recién después de unos cuantos minutos, vio como se corría la cortina de la cocina y aparecía la carita de su mujer. Instantes después, se abrió la puerta y el hombre al fin pudo entrar en su casa.
“¿Por qué tardaste tanto en abrir, dónde te habías metido?” quiso decirle él, o algo parecido, pero lo cierto es que ninguna palabra salió de su boca. Y enseguida se dio cuenta de lo que ocurría: otra vez se cortó el sonido.
Algo le dijo él a ella, al parecer algo no muy amable, por cómo se lo quedó mirando. Se supone que le estaba recriminando por no haber pagado la boleta antes del segundo vencimiento, o por lo menos eso es lo que entendió ella. Porque salió decidida hacia el escritorio del living, abrió el cajón, sacó una carpeta, la revisó con furia, hasta que encontró la boleta de SONIAR (Sonidos Argentinos) con el correspondiente sello del banco, y se la mostró a su marido, por no decir que se la refregó por la cara.
Él miró la boleta sin abrir la boca. Y así, de repente, se puso a caminar como un loco por toda la casa, soltando insultos mudos al aire y estirando tres dedos de su mano derecha. ¿Sería la tercera vez en la semana que se cortaba el sonido? ¿La tercera en el mes? ¿Tres veces que habría ido a las oficinas de SONIAR para reclamar por el pésimo servicio que brindaban?
Los minutos corrieron. Y ahí estaba el matrimonio sentado a la mesa, sin nada para decirse o, mejor dicho, sin poder decirse nada. Entonces, a ella se le ocurrió lo que pudo ser una buena idea. Corrió hasta donde tenía colgada la cartera y sacó su celular. Le indicó a su marido que tomara el suyo, pero él le hizo un gesto incomprensible, abriendo los brazos, con las palmas hacia arriba, mientras abría y cerraba inútilmente la boca. Puede sospecharse que dijo algo así como que se olvidó el celular en la oficina, o en el bar de la esquina, o tal vez que se lo robaron. La cosa es que no lo tenía, por lo que la idea de comunicarse por mensajitos hasta que volviera el sonido pasó al olvido.
Es muy probable que hayan pensado en escribirse papelitos, pero ninguno lo propuso. En esta época de celulares y computadoras, ya no queda lugar para las biromes y los lápices. El marido que, por lo visto, era el que estaba más aburrido de los dos, encendió el televisor. Pocas son las cosas que se pueden ver en la tele cuando falta el sonido, una de ellas es un partido de fútbol. Hasta incluso se aprecia mejor, sin esos ruidos molestos que terminan resultando los relatos y comentarios que lo acompañan. Jugaba un equipo inglés contra otro ucraniano o polaco. Daba lo mismo. Mientras, ella se entretenía con una revista y cada tanto se fijaba por la ventana de la cocina por si venía alguien a visitarlos.
Aunque es cierto que no es nada agradable quedarse sin sonido, de los cuatro servicios que debe tener todo hogar, cualquiera elegiría este si es que alguno debe faltar por unas horas. Con luz, agua y gas se puede hacer una vida normal, o casi normal, por ejemplo cocinar y cenar sin problemas. Y es justamente esto lo que estaba ocurriendo en la casa. La mujer salió de la cocina con un plato de fideos en cada mano, y llamó a su marido. Lejos de ser expertos en leer los labios, se podría arriesgar que el hombre se llamaba Juan, o tal vez Carlos. Aunque quizás, tan solo le dijo “vamos”.
Aquella fue una cena extraña, porque si bien hay que decir que muchas veces estuvieron peleados y comieron sin decirse ni mu, por lo menos se oían las campanillas de los cubiertos cuando chocaban contra los platos, las sonoras masticaciones del hombre o al vino bajando por su garganta.
Tas la cena, fue el hombre quien se dirigió a la cocina. Cuánto hubiese dado porque, de pronto, la que estuviera cortada fuera el agua. Pero no. Abrió la canilla y se puso a lavar los platos.
Sin mucho más para hacer, se fueron a acostar. La última vez estuvieron casi un día sin sonido. ¿De cuánto tiempo sería este corte?
En eso estaría pensando la esposa, que yacía acostada con los ojos abiertos. Por su parte, él, apenas se zambulló en la cama, cerró los ojos. Quizás ella estaría preocupada porque mañana no chillaría el despertador y su marido llegaría tarde al trabajo. Seguramente, ella también necesitaría despertarse temprano, para ir al médico, o a hacer las compras, o al banco para pagar algún servicio. Definitivamente, él ya se había quedado dormido, porque se escuchó su primer ronquido. Y ella, que cada noche odiaba ese ruido tan desagradable hasta que la vencía el sueño, esta vez lo recibió con los oídos abiertos, como al canto de un pájaro o al susurro de la brisa cuando agita las hojas de los árboles. Giró un poco hacia su izquierda para darle la espalda a su marido, le dio unos golpecitos a la almohada para acomodarla y se durmió antes de contar hasta tres.