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por Diego Kochmann – 22 dic 2021

 

De chico siempre decía que quería ser astronauta o heladero. Claro, nunca pude haber dicho domador de sillas porque en aquella época no pasaba nada de lo que vivimos en estos últimos tiempos. Todo comenzó hace dos años, en el cumpleaños del abuelo. Se había reunido toda la familia en casa y la estábamos pasando muy bien, hasta que el abuelo se quiso sentar y la silla se corrió para atrás. ¡Pobre abuelo! Terminó en el hospital con una fractura en el coxis. En aquel momento nos quedamos mirándonos sin entender, porque ninguno estaba atrás como para haber movido la silla. Además, a nadie se le hubiera ocurrido hacerle semejante broma a una persona de noventa años.

 

A partir de ese momento, las noticias sobre accidentes similares llegaban de todas partes de la ciudad. Eran tantos que cada vez que oíamos la sirena de una ambulancia pensábamos “otro accidente de silla”, y no nos equivocábamos. Pero cuando algo ocurre de manera tan repetida, deja de ser un accidente. De madera, de plástico, de metal, de mimbre, de lona, absolutamente todas se comportaban de manera rara, rara y malvada. ¡Como si se hubiesen rebelado frente a los hombres! O se hacían para atrás cuando alguien se quería sentar en ellas, o se bamboleaban a uno y otro lado hasta que se liberaban de sus ocupantes. Y no hacían diferencia entre adultos y niños, hombres y mujeres, gordos y flacos. El final para todos nosotros era el mismo: desparramados en el piso.

 

Al tiempo leí en el diario un aviso sobre el curso de domador de sillas, y no lo dudé ni un segundo. Sobre todo porque recién había terminado el colegio y estaba buscando trabajo. Y según el anuncio, la salida laboral estaba garantizada. Fue así nomás. Todos los días nos llegaban centenares de sillas desde las fábricas. Nosotros las ordenábamos en hileras y esperábamos. En cuanto una se movía, ¡Chas! Le dábamos con el látigo y la acomodábamos de nuevo en su lugar. Así hasta que permanecían al menos tres horas quietas. Luego las llevaban a otro salón para que pasaran la prueba de los más pesados. Estas personas se sentaban una y otra vez en las sillas, y si estas los soportaban sin protestar, ya estaban aptas para ser vendidas. Más problemáticas eran las que nos llegaban de la propia gente de sus casas u oficinas. Ellas ya venían con el vicio y era más difícil domarlas. Pero lo hicimos, incluso a las sillas con rueditas, que eran las más bravas de todas.

 

Después de agotadores años, realmente agotadores, podemos decir que hicimos un buen trabajo. Hacía tiempo que no se hablaba más de caídas o de sillas malditas. Y por eso, ni pensamos en ello cuando festejamos un nuevo cumpleaños del abuelo. A la hora de comer, se sentó sin problemas en la silla de roble con un almohadón bien mullido que le habíamos regalado. Nosotros tampoco tuvimos problemas para sentarnos. Sin embargo, cuando estábamos a punto de servirnos todas las delicias que había preparado la abuela, de pronto la mesa se inclinó hacia adelante y nos echó la comida, el pan, los platos, los vasos y las bebidas encima. Nos sacudimos la ropa, nos miramos sorprendidos, nos asustamos. ¡Es que no había sido ninguno de nosotros!