por Diego Kochmann – 22 feb 2022
Cuando un día comienza bien, tiene todavía mucho tiempo para que se vaya borrando la sonrisa inicial. Ahora, cuando un día arranca mal, es muy difícil que vaya a levantar el promedio. Y aquella mañana, Daniel se despertó con el estómago revuelto. La noche anterior, había ido a cenar con Daniela y una pareja amiga, Claudio y Claudia. Para no navegar contra la corriente, dejó pasar por su boca un río de cerveza, que cayó con la fuerza de una cascada sobre su panza. Muy poco acostumbrado al alcohol, sufría ahora de un tremendo remolino visceral. Una ducha le haría bien, siempre y cuando fuera calentita, pero no fue el caso. Toleró los segundos que pudo bajo la lluvia helada mientras insultaba la caldera del edificio. Al bajar, no encontró al encargado en el hall y tuvo que guardarse las quejas hasta la noche.
Apenas llegó al trabajo y se puso el uniforme, lo llamó el gerente desde la oficina, en la planta alta.
–Buenos días, señor… Córrase un poco la chaqueta, no leo…
–Brage.
–¿El nombre?
–Daniel.
–Está bien, Daniel. Sin los anteojos no alcanzo a leer el cartelito. Encima, esas letras rojas se confunden con las rayas del uniforme. Voy a tomar nota de esto. Lo que sí percibo en su camisa es una gran cantidad de arrugas. Me imagino que debe de tener una plancha en su casa y usted bien sabe que en esta empresa todo debe estar impecable, desde el piso hasta las uñas de cada empleado. Pero lo llamé por otra cuestión. Resulta que anoche, cuando se hizo el arqueo de la caja, había mil cincuenta y seis pesos de menos. Para cerciorarnos, se volvió a contar el dinero y, efectivamente, faltaba esa suma. Quería preguntarle si usted sabe algo al respecto.
–No, yo no sé nada.
–Me imaginé. Tampoco saben nada… a ver, déjeme ver… acá lo tengo: Damián García, Diego Bagli y Carla Ricá, encargados como usted de las cajas durante el turno nocturno de ayer. Como, obviamente, este no es un inconveniente creado por la empresa, no va a ser la empresa la que pague los platos rotos. ¿Platos rotos dije? Ja, ja. Justo en Grand Bistec, lo que no tenemos son platos, ja, ja. Disculpe la ocurrencia.
Daniel detestaba los chistes del gerente, ese humor tan odioso, que irritaba más de lo que podía divertir; ese intento hipócrita por querer igualarse con el empleado. Y la carcajada subsiguiente, llena de dientes amarillos, y los cachetes que se le inflaban como si hubiera una hamburguesa entera en cada uno, agitándose como los mofles de un perro sabueso cuando corre. Hasta era preferible soportar su soberbia, su desprecio y sus retos.
–Para no hacerle perder más el tiempo, le comunico que tanto a usted como a sus compañeros se les descontarán el dinero correspondiente en la próxima liquidación de sus sueldos. Ya puede volver al trabajo.
Daniel bajó rápidamente a la cocina, porque ese día le tocaba ese sector. Los empleados rotaban sus funciones para que todos supieran hacer de todo, así resultaba más fácil reemplazar a los ausentes. Los demás implicados acompañaban a Daniel en la cocina, que se impregnó de un clima desagradable, y no solo por el olor pegajoso y penetrante de la fritura. “Me juego la cabeza a que fue Damián. A ese pibe nunca lo tragué, recién hace un mes que está acá y me van a sacar trescientos pesos por su culpa. ¡Qué lo parió!”. Pero la bronca de Daniel apuntaba todavía más hacia el gerente: “Ese chancho asqueroso, parece una hamburguesa con patas. Con la plata que debe tener…, hasta quizás fue él el que la escondió para sacarnos unos pesos”.
Mientras masticaba rabia junto con una papa frita, se le ocurrió una idea. Un rato antes de terminar su turno, se guardó tres Bistec Burger con huevo en una bolsa, que escondió en el baño, sobre el tanque del inodoro. Cuando, por fin, se hizo la hora, volvió al baño para comprobar que aún estaba ahí. Se la metió bajo la camisa y se fue al vestuario. Allí ya no había peligro y salió a la calle, más tranquilo. Mientras llegaba a la plaza Los Andes, pensó en la pequeña venganza que había perpetrado. Obviamente, estos tres sándwiches no representaban nada en la economía de Grand Bistec pero, al menos, era una manera de rebelarse ante el gerente, que no les dejaba probar ni una miguita de pan siquiera, aparte del Mini Cheese Bistec, sin queso, que les correspondía para el almuerzo.
Pese a que ya estaban helados, los saboreó con ganas en un banquito de la plaza. Con todo esto, había olvidado por completo que, desde ayer, su estómago se estaba debatiendo entre la vida y la muerte, y esas tres bombas de carne y huevo terminaron decidiendo el asunto. Caminó. Caminó más rápido. Corrió, voló, se metió en un bar, pidió a la pasada al mozo un agua mineral y enfiló directo hacia el baño. Llegó justo a tiempo para hacer blanco en el inodoro. Un dolor agudo le subía desde los intestinos hasta el pecho. Al principio era soportable pero, de a poco, comenzó a sentir pinchazos en el vientre, como si alguien estuviese retorciendo su estómago como a un trapo húmedo. Se agarró al panza con ambas manos al tiempo que se doblaba hacia adelante y un sudor frío le recorría el cuerpo, dejándole la piel de gallina. Cuando aminoró el dolor, un calor insoportable lo invadió de golpe. Se sacó el buzo y la remera, y se secó al frente. Con todas sus fuerzas deseó estar en el baño limpio y seguro de su casa, pero no podía arriesgarse a que lo sorprendiera otro ataque en plena calle, o en el colectivo. De repente vio cómo se agitaba el picaporte.
–¡Ocupado!
Volvió a sacudirse el picaporte, tanto que hizo templar la puerta de metal.
–¡¡¡Ocupado!!!
Alguno, seguramente más desesperado que él, golpeaba la puerta con furia. Daniel se paró, dio unos pasitos, quitó la traba y rápidamente volvió a su asiento ahuecado.
–Pero, ¿qué pasa…?
–Nos están asaltando –dijo un mozo mientras se metía en el baño, seguido por otro mozo, un matrimonio mayor, otros dos hombres, otro mozo, una señorita y otro señor.
Una mano peluda exigió la llave y cerró por fuera. Apenas entraban todos en el baño, y de a uno iban descubriendo a Daniel, que se había subido los calzoncillos sin despegarse de la tapa del inodoro. Los demás lo miraban en silencio, con asco, pero lo miraban. Es que no tenían otra opción: era eso o darse vuelta y mirar la pared, como si estuvieran en penitencia. De todas maneras, no podían guardar sus narices en algún bolsillo. A pesar de todo esto, a Daniel se lo notaba de buen semblante; pero a no engañarse, lo saludable de su rostro no era otra cosa que el resultado de la combinación casi mágica entre la blanca palidez del malestar y el ardiente morado de la vergüenza.
–Disculpen –alcanzó a decir cuando un nuevo escuadrón de agujas volvió a hacer blanco en sus intestinos. El dolor lo retorcía como a un papel.
Cuando una dolencia es tan aguda, no importa quién está mirando, qué le están mirando, ni si ponen caras de asco o se tapan las narices. ¡Lo único que importa es el dolor!
–Disculpen –repetía cada tanto Daniel, pero nadie le contestaba.
–Te he dicho que fueras a la farmacia a comprar el desodorante de ambientes, Manuel. Justamente esta mañana te lo he dicho, ¿por qué demonios no has ido?
–Fui. Pero no tenían la fragancia que me había pedido. Había uno que se llamaba “Bosque de pinos” y otro, creo que “Campos silvestres”, pero “Lavanda” no tenían.
–¡Pero daba lo mismo cualquiera, infeliz! Cualquier cosa antes que estos olores del Riachuelo –le gritó el aparente dueño del bar mientras aplastaba sin resultados el pulsador del desodorante de lavanda.
–Aunque sea, podríamos tirar de la cadena –sugirió la señorita, cosa que hizo el hombre que estaba a su lado, mientras Daniel sentía el rugido del agua justo debajo de él.
–Lo siento –dijo una vez más Daniel–, yo no pensé que iba a pasar esto.
Nadie le respondió, como si lo culparan por todo lo que estaban padeciendo. Al rato se escucharon unos golpes en la puerta.
–Ya nos vamos. No intenten salir de ahí ni llamar a la policía.
–Nadie tiene un celular, ¿no?
–A mí me lo sacaron, con la billetera –contestó uno de los hombres.
–Yo ni lo traje –aclaró la señorita.
–¿Pero cómo que no lo trajiste? ¿Para qué lo tenés, Laura? ¿Para dejarlo en casa? –la retó el hombre que tenía a su lado.
–Me lo habrían robado, ¡así que no me echés la culpa! Para vos, yo siempre tengo la culpa de todo.
Justo enfrente de ellos, se estaba encendiendo otra discusión.
–¿Pero no te diste cuenta de que eran ladrones, Manuel?
–Sí, pero no sé, es que tardé en reaccionar.
–Bueno, eso no es ninguna novedad.
Y dirigiéndose a los demás, el dueño del bar les contó que estos mismos sujetos los habían asaltado la semana pasada.
–Yo les vi cara conocida, por eso pensé que eran clientes, y hasta les ofrecí una mesa…
El marido, o novio, de Laura comenzó a gritar y golpear la puerta, pero no pasó nada. De inmediato se armó un coro de alaridos pidiendo ayuda, que tampoco obtuvo respuestas. Uno, dos tres: ¡¡¡auxilio!!! Nada. Uno, dos, tres: ¡¡¡socorro!!! Tampoco. Daniel ya se sentía un poco mejor y les ofreció el inodoro cerrado a la señorita, para que se sentara, pero ella se negó. Los demás comentaban las pérdidas sufridas, y Daniel se volvió a sentir culpable, porque era el único que conservaba su billetera.
Así, permanecieron un largo rato, hasta que mucho tiempo después se abrió mágicamente la puerta. Era el kiosquero de la esquina, que había venido a buscar cambio y, al encontrar el salón vacío, comenzó a sospechar. Los recién liberados se marcharon sin despedirse. Daniel atravesó el local y divisó la botella de agua mineral sobre una mesa, la que había pedido antes de la irrupción de los delincuentes. Regresó a casa pensando en los pocos pesos que se había salvado de perder, pero los hubiese entregado con gusto, junto con los documentos incluso, si a cambio hubiese podido evitar semejante bochorno. Ya en el departamento, el encargado le informó que se había roto la caldera, y que iban a estar unos días sin agua caliente.
–Gracias, López. Ya me había dado cuenta.
Tras cerrar la puerta, se metió directamente en la cama y, aunque no lograse dormir, no se levantaría por nada del mundo hasta el día siguiente.