por Diego Kochmann – 11 abr 2022
Cuando la señora señaló hacia los pies del muchacho, este supuso que tenía los cordones desabrochados, pero no, era que no había ninguna sombra proyectada detrás de él. “Qué raro”, pensó. ¡Nunca le había pasado algo igual! ¿Pero cómo la había perdido? ¿Tal vez durante el picadito de fútbol de anoche con sus amigos? Sea como fuere, al principio no le dio importancia porque, en realidad, las sombras no sirven para nada. En todo caso, la suya podría aprovecharla otro, como un gatito, para escaparse momentáneamente de los rayos del sol.
Sin embargo pasaban los días y cada vez que iba por la calle, sentía como que todos lo miraban raro. Quizás era su imaginación, pero no podía evitar sentirse incómodo.
–En la avenida San José, al fondo, venden sombras humanas; son usadas pero creo que tienen garantía –le avisó un tío al que, según parece, tiempo atrás le había pasado algo parecido.
Fue y se compró una, pero de tan mala calidad que ya al otro día se había arrepentido. Y no fue en el mismo momento de adquirirla porque justo estaba nublado y no pudo probársela. En fin, pésima sombra, pésima compra. Primero, que era mucho más ancha que él, seguro que su dueño original había sido un gordo tirando a obeso. Pero además, atrasaba. Sí, cuando bajaba el brazo después de hacerle señas al colectivero desde la parada, la sombra recién empezaba a levantar el suyo. Y así con todo.
Por suerte, el vendedor no le hizo problema cuando le pidió que se la cambiara por otra. Dentro de todo, esa estaba bien, era delgada como él y no atrasaba. Más bien, adelantaba, ¡y unos cuantos segundos!
Así fue como volvió a caminar tranquilo en la calle. No se trataba de la suya, pero era lo mejorcito que pudo conseg… ¡Oh, no! Unos metros antes de llegar a la esquina de la súper transitada avenida, que encima no tenía semáforo, la sombra salió volando por los aires.
¡Un horrible final se aproximaba!