por Diego Kochmann – 04 jul 2022
El joven caminó lentamente hacia el escenario en medio de los aplausos de la gente, mientras se encendían las luces que apuntaban directamente hacia él. Se sentó en el taburete y levantó la tapa del piano. Al abrir el cuadernillo con las partituras, un pequeño papel cayó al suelo. Lo recogió y pudo leer: “La tecla Do de la segunda octava es el detonador de una bomba. Cuando la pulses, estallará todo el teatro”.
El muchacho se sorprendió y miró a su alrededor. Todo parecía normal, no había nada fuera de lugar. Entonces comenzó el concierto, la primera obra era la formidable La niña de tus ojos, una hermosa melodía que eleva el alma de quienes tienen el privilegio de escucharla. Una música que abstrae, que transporta a otro mundo, a un mundo mágico y maravilloso, donde abundan el placer y la armonía. Por eso mismo, el pianista se había olvidado por completo de la notita. Recién al final, cuando ya transitaba los últimos acordes, volvió a recordarla. “Una falsa alarma o una broma de mal gusto, si ya pulsé varias veces esa tecla y no pasó nada”, pensaba justo cuando terminaba la canción y comenzaba a sentir las primeras palmas y algunos “hurras”. Se dio vuelta para agradecer y con espanto vio cómo cientos de ángeles, cada uno sentado sobre una cómoda y esponjosa nube, lo aplaudían a rabiar.