por Diego Kochmann – 07 ago 2022
Extraterrestre
Estaba la niña sentada en la puerta de su refugio cuando una extraña figura se le acercó caminando. Sin dudas, no era uno de ellos. La pequeña quedó petrificada del miedo ante ese horroroso ser, de tan solo dos patas, con otros dos miembros que le colgaban a los costados y que terminaban en cinco puntas cortas y redondeadas. Con ese chichón con doble agujero entre los ojos y esas piedritas blancas tan prolijamente alineadas dentro de su boca. Una increíble maraña de delgados filamentos ensortijados, le cubrían la cabeza. De un color tan oscuro como jamás había visto. Esos mismos filamentos, que bajaban como cascadas por los bordes de su cara para unirse en el mentón, y que también formaban una gruesa línea que separaba ese chichón agujereado de la boca.
–¿De dónde vienes? –le preguntó la chiquilla al desconocido con un hilito de voz.
–Del planeta Tierra.
Contaminadores
Ya desde el año 2065 que vendo bolsas de aire purificado en la calle. Por supuesto que no soy el único, incluso diría que cada vez somos más los que nos dedicamos a esto. Y, debo decir, se venden como pan caliente.
Tal vez me estén preguntando por qué me dedico a esto cuando son ustedes, ciudadanos de principio de siglo, quienes se lo deberían estar preguntando.
Rodó la O
Rodó la O pendiente abajo, cada vez más rápido. Y no podía clavar los frenos ya que era una O sin tilde. Descendía a una velocidad descontrolada, hasta que chocó contra unas palabras que estaban estacionadas en una llanura. La colisión fue tremenda: letras y sílabas volaron por los aires, palabras mutiladas y agonizantes esparcidas por todos lados. Daba verdadera tristeza contemplar aquella escena.
Por eso, nadie dudó ni un segundo en llamar al poeta. El único capaz de componer ese desastre y convertirlo, ¿por qué no?, en una hermosa y florida pradera.