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por Diego Kochmann – 15 abr 2023

 

 

Adelante había un hombre cargando un lavarropas en una carretilla, otro hombre con un Smartphone en la mano, y después venía yo, que traía mi tostadora envuelta en una mantita. Hacia atrás, una hilera interminable de personas que habían venido para lo mismo que nosotros: ver al Maestro Destornillador.

 

Hacía varias horas que estábamos parados frente a la humilde casita del Maestro, y el frío se empezaba a sentir.

–Espero que todo esto valga la pena –suspiró el primero de los hombres mientras acariciaba el lavarropas–. Viajé desde Jujuy únicamente para ver al Maestro.

Y yo vengo desde Córdoba –escuché una voz avejentada de mujer a mis espaldas.

La anciana sostenía con mucho cuidado una radio portátil muy antigua.

Era de mi abuela, es lo único que me queda de ella. Ya recorrí todas las casas de reparación de la ciudad y nadie pudo arreglarla. Me decían que ya no quedan repuestos tan viejos, pero no quería resignarme a perderla. Hasta que oí sobre el Maestro…

 

Y no era la única a la que le habían llegado los rumores sobre los poderes del Maestro. Su fama se había extendido por todo el país, y más allá también. Se decía que podía curar cualquier artefacto eléctrico o electrónico con solo apoyar su mano sobre él. Y hasta se sabe de una vez que salvó un televisor hablando por teléfono con la dueña de este. Solo necesitó saber la marca, el modelo y el día en que fue comprado para realizar el milagro.

 

Me detengo un segundo en el relato para decir algo muy importante al que piensa que todos los que estábamos ahí parados somos una banda de amarretes, que no queremos gastar dinero para comprar aparatos nuevos; a esa persona le digo que uno se encariña con las cosas. Ya sabemos que no son familiares o mascotas, pero igual se las puede querer. Por eso estábamos ahí.

 

Y yo quería recuperar mi tostadora, porque me la había regalado mi novia para mi cumpleaños, pero también porque sabía tostar muy bien el pan, justo como me gusta a mí, ni tan blanquito ni tan negrito. Pero desde hace un tiempo pasó algo, algo que no puedo explicar, el caso es que ya no era la misma de siempre. Ya no lanzaba al aire las rebanadas como antes, entonces se quemaban y parecían un pedazo de carbón cuadrado; además desprendían un olor tan terrible que eran imposibles de comer.

 

Y mientras buscaba a alguno que supiera repararla, debía conformarme desayunando galletitas marineras, pero todos sabemos que no es lo mismo. Un técnico que me recomendaron no le encontró la vuelta, y tampoco su primo que, según él, también entendía del tema. Pero se ve que no tanto como para arreglar mi tostadora.

 

Entonces, durante una de las tantas mañanas tristes, mientras untaba manteca en una galletita, vi en la televisión al Maestro Destornillador. ¡Era lo que estaba buscando! Y ahí me encontraba, parado, entre toda esa gente tan esperanzada como yo. Me había levantado a las cuatro de la mañana para ser el primero, pero nunca imaginé que hubiera tantos y tantos aparatos rotos. Evidentemente no era el único loco, como me había llamado mi novia cuando rechacé la tostadora que me había regalado para que se me pasara esta “tontería”.

 

Cuando el hombre del Smartphone salió de la casa, muy feliz, y la secretaria gritó “el siguiente”, casi que corrí para encontrarme con el Maestro. Vestía una túnica blanca y su rostro estaba muy serio. Tenía una mirada que asustaba un poco, y ni siquiera me saludó. Me indicó que pusiera la tostadora sobre la mesa y apoyó su mano sobre ella, mientras cerraba los ojos. Después me dio un frasquito con un líquido transparente.

–Frótele esta pócima todas las noches durante una semana. Luego podrá usarla nuevamente.

Y así, mientras miraba el noticiero de las nueve, le pasaba con mucho cuidado un trapo embebido en ese líquido, una y otra vez, sin olvidarme de ningún rincón.

 

¡Por fin llegó el momento de probarla! Coloqué una rebanada de pan en la ranura y bajé la palanquita negra. Estaba súper nervioso. Y pasaron los segundos, muchos segundos, y los minutos también empezaron a irse. Entonces comprendí que el Maestro me había engañado, y maldije a ese mentiroso que jugaba con la ilusión de la gente. Me acerqué para ver dentro de la ranura y ¡PUM! La tostada salió volando y una de sus puntas se me clavó en el ojo. ¡Qué alegría! ¡Y qué dolor!

 

Justo en ese momento llegó mi novia.

–¿Pero qué te pasó en el ojo?

Le conté que se había curado la tostadora, pero a ella no le importó mi entusiasmo y me arrastró de un brazo al hospital. En la sala de guardia había bastante gente, pero nada en comparación con los que habíamos ido a ver al Maestro. Y mientras esperábamos, ella no podía entender que yo estuviera tan sonriente. Era simple, si me daban a elegir entre dos cosas negras, yo prefería un ojo y no la tostada. Y eso es justamente lo que pasó.