Delay
por Nacho D’Aquila
29 ago 2018
Apuro el paso para llegar a la esquina por miedo a perder el colectivo. Milagrosamente, esta vez no estoy llegando tarde, pero el viento está cargado de malicia fría, y el odiado encierro del bondi puede servir de refugio.
La ley de compensación es real, y yo ya he pedido mi justa parte de ayuda divina. Realmente no necesito que venga, así que el bondi no viene. Me pongo a divagar. No pasa demasiado hasta que llego a pensar en lo que estarán pasando los colectiveros que van hasta Once. Imagino la situación: sube el pasajero y dice “once”, el colectivero le dice “¿hasta Once?”, el pasajero responde “¿qué?”, el colectivero dice “si vas hasta Once”, “no, voy hasta Castelli e Yrigoyen”, y el colectivero marca once pesos. El siguiente pasajero dice “Once”, el colectivero marca once pesos. El pasajero mira el visor y pasa la tarjeta, pergeñando que si llega a subir algún chancho y le reclama la extensión del boleto pagado, él dirá “yo le pedí hasta Once, ni me fijé cuánto marcó”. El pasajero siguiente dice “Once”, el chofer marca once, el pasajero –honesto, él- dice “Once”, el chofer lo mira hastiado, el pasajero responde “hasta Once” a la mirada de súplica, y el chofer marca una fortuna. El vodevil es interminable.
Mientras el disparate continúa en mi cabeza, aparece el bondi a cuatro cuadras. A tres. A dos. A una. Recién cuando está a escasos cuarenta metros saco la mano del bolsillo para pedirle que se detenga. Abre la puerta y subo. Mientras me tomo del pasamanos digo “buenas tardes”. Ya adentro lo miro y en la mirada hay menos reclamo que expectativa. Pero no obtengo respuesta. Espero un momento más, dado que no tengo pasajeros detrás de mí y el bondi ya arrancó, pero nada. Ni una palabra, ni una mirada, ni un ademán. Resignado, porque tampoco es algo inédito, pido “once”. Miro el visor, pero no aparece marcado mi boleto. Estoy por repetir mi pedido cuando escucho “hola, buenas tardes”. Sorprendido, sólo atino a decir “hola”. Lo miro un momento, pues nada sucede, y cuando voy a repetir mi pedido, en el visor aparece marcado el boleto de once pesos. Apoyo la tarjeta y digo “gracias”, ahora sí, para establecer un contacto, para darle un tinte humano a la transacción. Pero no me contesta. Decidido, me quedo ahí parado unos segundos, pero no obtengo respuesta. Lo miro y me doy cuenta de que ya está en su mundo de curvas y contracurvas, de abrir y cerrar la puerta. Cuando estoy por llegar a la mitad del colectivo –apuntando a sentarme cerca de la puerta trasera- escucho un tibio y desganado “de nada”.
Sentado en el asiento individual de la izquierda, abro con esfuerzo la ventana. Apenas una hendija para dejar entrar un poco de aire. A resguardo y abrigado, el aire en la cara es un placer modesto. Pienso en el chofer, en el mundo en el que estará. En el mundo en el que habito yo al momento de subir al bondi. Qué tan lejos estarán los dos mundos que, si mis cálculos no me fallan, hay al menos siete segundos de delay entre pregunta y respuesta.
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