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por Nacho D’Aquila - 07 sep 2018

 

 

Esa mañana de sábado se levantó temprano y a gusto.  Tal era el inexplicable bienestar, que decidió ir a comprar el diario y algunas medialunas.  No eran artículos de lujo precisamente pero sí totalmente prescindibles por lo que no eran parte de su rutina.  Vamos, que ese sol amerita un desayuno algo más entretenido.  Cuando volvió preparó café cargado, cargadísimo, y se puso a hojear el diario.  El desafío era, entre tantas publicidades y bajadas de línea, encontrar alguna noticia real.  No tardó mucho en llegar a la sección Deportes.  Tampoco en aterrizar en Espectáculos.  Cuando estaba llegando al final, se encontró con los horarios del cine.  Con una sonrisa de lado empezó a mirar los títulos.  No conocía ninguna película, hacía al menos cinco años que no pisaba un cine.  Cerró el diario, lo dejó sobre la mesa y fue al baño.  Cuando estaba por entrar, volvió sobre sus pasos, agarró el Espectáculos y retomó su ruta.

 

Estaba saliendo todo tan relajadamente –el despertar sin cansancio y sin achaques, la caminata y las ricas medialunas, el café y sus efectos revitalizantes- que tomó la decisión de suspender el trabajo e ir al cine.  A fin de cuentas, su oficio se lo permitía.  No sería más pobre si esa mañana no hacía los quehaceres.  Quizá a la tarde, si la siesta lo ayudaba.

 

Se pegó una ducha rápida, se vistió y emprendió el camino.  No era uno particularmente largo, tenía un complejo de cines a seis cuadras.  No le agradaba demasiado, dado que era un cine dentro de un shopping dentro de un supermercado.  Demasiada gente, demasiado barullo.  Pero la cercanía compensaba todas estas cuestiones y lo que no, lo hacía su buen humor.

 

Llegado al lugar, eligió el camino más corto, que incluía escaleras tradicionales en lugar de mecánicas.  “El ejercicio me va a venir bien”, pensó.  Caminó unos cuantos metros más y llegó a la boletería.  Tardó en ubicar el lugar al que debía dirigirse: a simple vista, parecía un despliegue de cajeros automáticos, expendedoras de pochoclos y golosinas, y banners de colores saltones.  Por fin encontró la cartelera, pero tuvo que hacer un rodeo a la fila de personas que había porque no llegaba a leer de lejos.  Se entretuvo un rato con los títulos hasta que encontró uno que había escuchado un par de veces en la televisión.  Estaba buscando el horario de la función conveniente cuando por reflejo se llevó la mano al bolsillo y lo palpó del lado de afuera.  Cayó en la cuenta de que hacía tanto que no iba al cine que ni sabía cuánto salía una entrada.  Busco un rato hasta que por fin dio con los precios, que figuraban con letras bastante chicas y en una esquina oscura.  Vio números que le parecieron exorbitantes pero poco a poco les fue encontrando el sentido: algunos correspondían a salas “Xmax” –lo cual dudó si eran por su tamaño o porque proyectaban películas prohibidas para menores-, otros a películas 3D y otras variantes.  Carajo, ya se estaba poniendo fastidioso.  Él quería pagar una entrada, entrar al cine y ver una película.  Nada más.  Encontró los precios ubicados bajo el rótulo “salas comunes”.  Ahí está.  Común, eso era lo que necesitaba en ese momento.  Jueves a martes, doscientos veinte pesos; miércoles, ciento diez.  Nota mental, venir un miércoles.  Doscientos veinte pesos le pareció mucho, pero dado que era una excepción, estaba dispuesto a pagarlos.  No iba a volver a su casa sin ver la película.  Cuando se ubicó en la fila, volvió a mirar la cartelera con los precios y reparó en la leyenda “¡Chequeá nuestras promociones!”.  “Voy a chequear”, pensó, “si eso significa unos mangos menos”.  Ahí fue que se dio cuenta de que lo que confundió con carteles de películas eran, en realidad, anuncios de bancos y otras asociaciones delictivas que ofrecían descuento en las entradas.  Tal banco, tal descuento.  Tal otro, tres cuotas sin interés.  Tal “comunidad” –extraña utilización de la palabra-, la posibilidad de comprar dulces a un menor precio.  Precio para jubilado, precio para estudiante.

 

Cuando fue su turno, miró la cartelera de precios una vez más y juntó la plata.  Billete a billete, los doscientos veinte pesos.  Porque había muchos bancos, muchos descuentos.  Pero al final de cada anuncio, un locutor a velocidad ultrasónica decía “promoción válida para todos menos para vos”.