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por Nacho D’Aquila - 19 ene 2019

 

 

El cuarto era pequeño, pero estaba ordenado de manera funcional a sus fines.  Al lado del placard, una biblioteca con archivos.  A su derecha una báscula y más allá un escritorio con una computadora y una impresora.  En la pared de enfrente una camilla, a su lado un ecógrafo.  Un tacho de basura y no mucho más.

 

Con el ecografista de pie y el chico que escribía los informes en la computadora, el cuarto empezaba a parecer algo congestionado.  Cuando el médico se asomó a la puerta y gritó “¡Leiva!”, directamente comenzó a parecerse a la Varese en enero: entró la chica dueña del apellido y titular de la receta, otra dueña del apellido encargada de un niño y el niño en cuestión en brazos de su tía; y por último, el padre de la futura estrella de la pantalla de doce pulgadas en blanco y negro.

 

Lo primero que oyó el doctor fue una pregunta que se repite más que ninguna en cada turno: “¿puedo filmar?”.   La respuesta, siempre afirmativa, sonó a rutina.

 

Lo que hubiese seguido sería una escena actuada miles de veces: el doctor, con paciencia y dedicación explicaría a la embarazada cada paso de la ecografía (“esa es la cabeza del bebé”, “está cruzado de piernas y no me deja ver si es nena o nene”, “salió cabezón como el papá”); la tía repetiría al nene las mismas palabras del médico pero sobreactuadas con histrionismo para lograr captar la atención del ahora hermano mayor y evitar que se ponga fastidioso; y el padre, contemplaría con una sonrisa.

 

Promediando la consulta, el nene ya estará en el piso llevándose el tacho de basura por delante o pisoteando a su padre, el padre mirará por la pantalla del celular lo que está ocurriendo a menos de un metro, y la tía editará con mucho oficio y poco gusto la foto que acaba de sacar.  El doctor dirá en voz alta los aspectos técnicos de la ecografía para que el chico sentado en el escritorio complete el informe.  Y la madre mirará perpleja.  Que tengan felicidades y hasta la próxima ecografía.

 

Esa es la escena por lo general.  Pero no esta vez.  El doctor grita “¡Leiva!” y entran las hermanas Leiva, el esposo de la embarazada y su hijo.  “¿podemos filmar, doctor?”, “sí, no hay problema”.  La tía y el esposo sacan sendos celulares y se preparan para darle rec en cuanto empiece la ecografía.  El doctor pone el gel al transductor y el taquígrafo las manos sobre el teclado.  Como un mago dispuesto a abrir el show, el médico dice “vamos a ver…” y aparece como por arte de magia la primera imagen y el sonido de los latidos.  Pero no sería un gran show sin el giro sorpresivo del espectáculo: con el estruendo sordo de los aparatos apagándose, la luz se corta.  Oscuridad total.  Murmullo en la sala de espera.  El esposo intenta prender la linterna del celular mientras la tía dice entre risas “le voy a contar a mamá, no lo va a poder creer”.  El doctor putea internamente mientras se excusa para ir a averiguar qué pasó.  El taquígrafo se pasa las manos por la cara, temiendo que la luz vuelva en breve y sólo haya extendido su jornada laboral.

 

Ahí, entre la oscuridad repentina y el poco espacio, el niño se las ingenia para llegar hasta la madre acostada en la camilla y tomarla de la mano.  De alguna manera se las arregló para ver sus lágrimas de felicidad y no se quiso perder el momento.