por Nacho D’Aquila - 02 feb 2020

 

La pareja de ancianos estaba decidida a no alterar su rutina.  Desayunaron liviano y cerca de las nueve y media de la mañana emprendieron la caminata de todos los días.  Dolores fuertes de rodilla, lluvia persistente y algunas otras causas más ameritaban suspensión.  Pero la vara estaba puesta bastante alta.  Sólo así se mantiene una tradición de más de veinte años.

 

Cierto es que los treinta y cinco grados de sensación térmica que arreciaban esa mañana bien podrían haber justificado la suspensión.  Pero la voluntad pudo más, por lo que se armaron con un par de botellitas con agua cada uno y salieron al paseo.

 

Ya en la calle, el esfuerzo se hizo sentir.  Viendo a veinte metros el puesto de diarios, decidieron parar para ver las tapas de las revistas y, por qué no, recuperar un poco el aire.  Se distraerían unos minutos y luego emprenderían la vuelta.  Un saludo amable y sin demasiada confianza fue suficiente para que el diariero iniciara una conversación.  Viendo que al viejo le llamó la atención un fascículo acerca de vinos que traía una botella de regalo, le preguntó si era amante de esa bebida.  El viejo contestó un escueto “me gusta”, pero no hizo desistir al diariero, que lo invitó a llevar la revista.  “Es interesante, y el vino es bueno.  Yo sé del tema porque me gusta mucho”.

 

Luego de un “No, gracias”, los viejitos retomaron la caminata.  El caballero, con una risa leve, repitió en voz baja “yo sé porque me gusta”.  La señora, elegante y sin una gota de transpiración, lo miró con cariño y agregó “Si con eso alcanzara…”.