por Nacho D’Aquila – 30 mar 2020
Siendo cinéfilo como era, siempre quiso estar en una película. Sus preferidas eran los policiales, en las que imaginaba ser el detective privado que devela el crimen con brillantes deducciones. Aunque también debía admitir que más de una vez se vio como el personaje principal de una comedia romántica, con las dosis justas de épica y empalago.
Lo que nunca había pensado -menos aún con su claustrofobia y ligera tendencia a la hipocondría- era estar en alguna de esas de encierro, de reclusión obligatoria como ahora le tocaba.
Después de estar diez días confinado en su departamento, decidió salir. Ten cuidado con lo que deseas, pensó. Ya en la calle, hizo dos cuadras hasta llegar a la avenida. Nunca la vio de esa manera, desolada y sin ánimo. Parecía una imagen tomada de Soy Leyenda. Ni siquiera en un feriado o durante un partido del Mundial había visto algo parecido. Esto era distinto. A la calle le faltaba el alma. Al ver el boliche de Angelito, se sintió como Charlton Heston en el medio de la playa, viendo los restos de la Estatua de la Libertad.
Volvió a su casa, hizo de todo un poco y nada lo entretuvo demasiado. Después de tantos días, se sentía como en un loop, como cuando un niño juega a repetir mucho una palabra hasta que pierde el sentido. Esa noche durmió molesto.
Cuando despertó al día siguiente (siempre era el día siguiente, siempre era el día de ayer), salió de su habitación y vio el pequeño living, con los mismos colores. Por fin entendió el verdadero devastador drama que era aquella película con la que tanto se rió. Se sintió en el día de la marmota (Groundhog day, 1993) pero no pudo esbozar ni siquiera una sonrisa.