por Osvaldo Pimpignano – 13 ago 2020
En plena pandemia de Covid-19, en muchísimas partes del mundo, y la Argentina no es la excepción, incomprensiblemente escuchamos voces y vemos actitudes privadas y de Estados que ceden a presiones contrarias al mantenimiento de las medidas de precaución, imprescindibles para protegernos individual y colectivamente. Voces que afirman que hay que privilegiar la economía sobre la salud, o aprovechados que violan las normas con fines políticos y económicos personales. Afamados comunicadores que afirman sin tapujos que harán lo que quieran (en términos muy groseros), porque el Poder Ejecutivo no es quién para decirles lo que deben hacer. O conductoras de programas televisivos que afirman que la pandemia se resuelve tomando Dióxido de Cloro (un desinfectante) y lo hacen en cámara para ganar un punto de rating, dando lastimosas imágenes que ponen en riesgo a algún incauto que les pueda creer.
Son actitudes que resultan incomprensibles a la luz de las experiencias que esta pandemia deja día a día. En Europa, por ejemplo, algunas naciones abrieron primero sus fronteras internas y posteriormente las de la UE en su conjunto para “no desaprovechar la época vacacional”. En realidad, lo hicieron por las presiones de la industria turística, que ven la oportunidad de no dejar pasar una temporada veraniega; el resultado es que en varios países la circulación de personas, que somos los vehículos de difusión del virus, ha dado lugar a lo que se denomina segunda etapa de la pandemia. La historia disponible de la medicina indica que todas las pandemias tienen un rebrote, una segunda etapa, generalmente muy atenuada. Pero no parece ser el caso. Alemania, la estrella en la gestión de la pandemia, al sufrir un rebrote reconocieron que se apresuraron a liberar las “libertades individuales y el comercio”.
No es creíble que los estados ignoren esto. Como tampoco es creíble, pero sucede, que existan personas que, en nombre de sus derechos individuales, parece han decidido enfermarse y eventualmente morir, y se permitan violar las normas de seguridad. La duda consiste en si estas libertades incluyen también algún derecho a enfermar a otras personas.

Familia en cuarentena aplaude al personal esencial
En muchas ciudades de nuestro país, se observa una circulación de personas que no parece justificada: reuniones en parques, negocios que abren sin estar incluidos entre los permitidos, etc., creando un fenómeno esperable: el aumento logarítmico de los contagios. Un Intendente del centro de la provincia de Buenos Aires consultó a sus vecinos mediante una encuesta si preferían el aislamiento o la libre circulación. Los vecinos mayoritariamente optaron por el aislamiento, pero el intendente optó por la liberación. Dos vecinos viajaron a la CABA por razones de negocios y entre otros artículos trajeron el virus; resultado: municipio cerrado en cuarentena, con una cantidad importante de personas infectadas que pudieron no enfermarse.
En estos días, la provincia de Santiago de Estero, que había tenido solo 66 casos sospechosos radicados en la Capital y La Banda y de los que solo 40 eran oriundos, se disponía a comenzar el dictado de clases presenciales y liberar otras actividades. Pero se interpuso una persona, a la que se identifica como “Don Ávila”, que con síntomas y sin atender a indicaciones médicas causó un rebrote inimaginable. Este ciudadano santiagueño no se privó de nada: asistió a todos los asados que pudo, visitó familiares cercanos y parientes lejanos, fue a cumpleaños y festejo el Día del Amigo. Esto, a pesar de tener fiebre alta y tos seca. Don Ávila, que es empleado público, rompió todos los protocolos indicados para personas con síntomas de Covid-19, y es conocido como el “paciente 41” en su provincia. Según las autoridades sanitarias, es responsable de los últimos 19 contagios registrados en el territorio. Los resultados están a la vista; en total, esparció el virus entre 94 familias que deben estar aisladas; se tuvieron que cerrar las oficinas de Rentas, Tribunales y el Ministerio Público Fiscal para desinfectar y se cree que podría haber contagiado a más de 300 personas en la peor de las estimaciones.
La posible diseminación de coronavirus que produjo Don Ávila, tuvo su comienzo el 16 de julio (el día que publicamos Para descreídos y negadores) cuando el hombre empezó a sentirse afiebrado, con una tos seca grave. Se tomó la temperatura y el termómetro le indicó que efectivamente tenía 38 grados. Según contó en una entrevista informal con la policía, cuatro días más tarde, el martes 21, fue a visitar a un médico, pero no le dio importancia a su estado. El cruce de datos entre distintos trabajos realizados por la policía santiagueña, los análisis de los dos celulares secuestrados a Don Ávila y las entrevistas con distintas personas de su círculo íntimo, arrojaron que el acusado estuvo presente en distintas fiestas y reuniones luego de esa consulta médica: al menos se contabilizan dos asados realizados el fin de semana del 25 de julio, una fiesta por el Día del Amigo y varias cenas y reuniones con su familia.
Manifestantes repudian la cuarentena frente al Cabildo, en Plaza de Mayo
Don Ávila, que trabaja en un organismo del Estado, siguió con su vida social como si no existiera el coronavirus; hasta el viernes pasado, cuando los síntomas ya eran inocultables y su estado de salud empezó a empeorar. Ahí fue a visitar a un médico, que inmediatamente le indicó que fuera a hacerse un hisopado. “Creemos que ese día no concurrió a hacerse el análisis a pesar de los síntomas, trató de evitar ser analizado”, comentó una periodista santiagueña. Una vez, más rompiendo las reglas. Recién fue al hospital dos días después, es decir el domingo, cuando se sentía muy mal y quedó internado. “Eso es lo que dice él. No sabemos si nos está mintiendo o no; como oculta información, es difícil saber cuándo dice la verdad. Como la causa recién se está formando, aún no tomamos las declaraciones correspondientes, pero el médico va a ser llamado a declarar para saber si es verdad lo que dice J.A.”, aclararon fuentes de la oficina del fiscal Sebastián Robles, que es quien lleva la causa contra el hombre, hoy internado.
Pero la historia se extendió, ya que el último médico que lo atendió trabajó ese mismo día en Malbrán, un pueblo de 1.100 habitantes, que queda a 366 km. de la capital santiagueña. Las autoridades tuvieron que aislar a 60 familias, porque se cree que puede estar infectada la mitad del pueblo. Tanto es el escándalo, que el propio gobernador Gerardo Zamora dio una conferencia de prensa para hablar al respecto: “Anduvo en asados y reuniones, no se privó de nada y por lo tanto hoy hay dos médicos, dos gendarmes y toda su familia en aislamiento, 250 hisopados y muchos aislamientos más porque todavía no sabemos qué hizo durante los 15 días anteriores; porque, además, es reticente a explicar sus actividades. Este ‘caso 41′ es todo lo que no tiene que ocurrir”.
Pero hay más enemigos de la salud pública. Jujuy, una hermosa pero pequeña provincia, llegó a estar entre las que no tenían ningún caso. Pero pocos días después, superó los 300.000 contagiados entre una población que escasamente supera el millón de habitantes. Las autoridades jujeñas sospechan de alguna persona que pudo haber ingresado sin control ni aislamiento preventivo o de algún transporte que les ingresó la pandemia; y se convirtió en la quinta provincia en esta triste tabla. Mientras tanto, un congresista de la Nación, que ejerce su mandato desde 2017 destacándose por su escasa actividad parlamentaria, denunció penalmente al Presidente de la Nación por decretar medidas de prevención que “atentan contra la intimidad de las personas y las libertades individuales”. El tiempo dirá si se trata de una pieza magistral de las Ciencias Jurídicas o de la miserabilidad humana en busca de cinco segundos de fama.

Albert Einstein
Todo lo expuesto, es la confirmación de los dichos de Albert Einstein, cuando afirmó que “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo".
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