por C. Fernández Rombi – 01 dic 2019
Ha sido un largo día de verano… en el que todo lo que podía salir mal, salió peor. No pegué una de cuatro, la última fue la peor; veamos…
Primera: A las ocho, justo a la hora del inicio de mi horario laboral, me despierto. Mi “queridísimo amigo”, el puto despertador, no sonó. Una hora y media más tarde -remis mediante- con la lengua afuera hablando literalmente, llegó a la oficina y la primera persona que veo es el trolo Jefe de personal. Me saluda luciendo una sonrisa siniestra -sé que me tiene entre ojos-, no recuerdo que boludez le contesté tartamudeando. Pausa laboral “tranqui” en el escritorio hasta la hora de almuerzo.
Segunda: Por cuarto día consecutivo intento, luchando contra el mundo de tiburones que me rodea, sentarme al lado de Laurita (la nueva, simpática y más que bonita, compañera de yugo). ¡Fracaso…! Esta vez me ganó Adolfo, de Logística... ¡Maldito sea hasta su sexta generación! En fin, quizás el lunes tenga suerte.
Tercera: 18 y 30 horas me las pico. Tengo la loca pretensión de llegar lo más rápido posible a mi casa de Merlo; vivo con mi hermana y los pendejos, mis sobrinos, de 5, 7 y 9 (de gran regularidad la loca; un polvo cada dos años, siempre con tipos distintos). Los adoro a esos engendros demoníacos… (¡Perdón, me fui por las ramas!) Darme un duchazo, comer algo livianito, empilche y a la “guerra” de los boliches con matiné de Ramos Mejía (Yo, al baile de los viernes de Juan de los Palotes, con levante asegurado). ¡Desastre! El tren amasija a una mujer en la barrera de Nazca… tres reputas horas en el vagón; sin el rebusque de otros, bajarme del tren, caminar un par de cuadras hasta Rivadavia y tomar el bondi (soy portador de tres cajas enormes con merca para el reputo quiosco de mi santa hermana, (bueno a no quejarme tanto; rebusco los fasos) que el mayorista me entrega los viernes en la oficina.
Cuarta: Llego al rancho pasada la medianoche, sudado, famélico y hecho una ruina… (¡A la mierda Juan de los Palotes!) Mi hermanita está hecha una piltrafa, mareada y con vómitos; se viene el cuarto pendejo… ¡Vamos todavía! La ayudo un poco, la consuelo otro, mastico una milanesa fría parado frente a la heladera, un trago de vino y a la catrera. Se avecina un finde de TV y paja. En fin… la cuarta fue la peor.
Sábado de gloria: ¡Ni manuelas ni TV! Sobre el mediodía, cuando abro el ojo, suena el fono, atiendo ahogando un bostezo. La dulcísima voz de fémina, baila en mi oído y lo estremece:
─Hola Daniel… perdóname si te desperté… habla Laura, de la oficina. No quiero parecer atrevida, no lo soy. Esta llamada me costó un montón. Pero -sigue trinando en mi cerebro esa voz cantarina y dulce- me pareció que un par de veces quisiste acercarte a mí en el comedor, sin suerte. Me tomé el atrevimiento de preguntar dónde vivías… Yo soy también del Oeste, más precisamente de Morón, así que somos casi vecinos… ─Queda en silencio, se nota que no sabe cómo seguir, como arrepentida. ¡Es ahora o nunca!
─¡Laura, qué alegría…! Me das el mejor despertar de mi vida. -¿exagero, tal vez? ¡no!- Desde que apareciste por la oficina no dejé de pensar en vos… ¿Querés que nos veamos esta noche y vamos a toma algo a Pinar de Rocha…?
─Sí.
por C. Fernández Rombi – 25 nov 2019
Buenos Aires, un domingo de marzo.
No empecés a darte manija Lalo… Sabés mejor que nadie que el atardecer de los domingos es el peor momento de la semana para los solitarios… ¡fuerza, carajo!
Nuestro hombre se predica a sí mismo, tal su costumbre de los últimos años. Leandro Olivera, Contador jubilado, ha pasado los sesenta y cinco hace un par de años. De complexión mediana, abundante cabellera gris y facciones agradables, que se malogran por un rictus de tristeza contra el cual lucha incansablemente.
No quiere entregarse ni convertirse en un amargado… pero no le resulta fácil. De su patrimonio sólo queda este departamento de dos ambientes y medio en un antiguo edificio de la Avenida Paseo Colón, con su pequeño balcón del piso 13 que mira hacia Puerto Madero. El depto en Mar del Plata se fue diez años atrás y el Corsa casi tres. Su debacle empezó, más o menos, al mismo tiempo que la de muchos argentinos con los finales del gobierno alfonsinista y hasta ahora no tiene pausa.
La mitad de la venta del dos ambientes en la Feliz, sueño largamente acariciado por su esposa y que vendió a su muerte, se la dio a su hija para ayudarla a concretar su sueño y el de su joven esposo de ir a radicarse a Canadá. El saldo se lo fue comiendo de a poco, perseguido por la falta de clientela y, desde hace dos años, por una jubilación ridícula que sólo alcanza para pagar las expensas de la vivienda, los servicios, el combo de teléfono, cable e Internet… La buena comida o alguna salida se tornan problemáticas. Intenta, cada día, conseguir algún trabajo para ayudarse, pero…
En estos primeros días del 2012, igual que sucede cíclicamente en el país cada cuatro o cinco años, solamente por casualidad un hombre de su edad puede conseguir tarea remunerada. Así que lentamente se va comiendo el dinero que quedó de la venta del auto… dinero que, además, se deprecia día a día por la bendita inflación. La única comunicación que mantiene con la hija, que está a un mes de hacerlo abuelo, es el e-mail.
¡Bendito correo electrónico!
Él le escribe a diario. Ella, ocupada tratando de sobrevivir en un lugar en el que no termina de asentarse, le contesta cada tres o cuatro. Pensar que alguno de los dos pueda emprender el costoso viaje va de la mano con la utopía…
Así es que conoceré a mi nieto cuando cumpla los quince, más o menos. Ya intenté todas las opciones de “trabaje desde su hogar y hágase independiente” que ofrece Internet… ¡y fueron un fiasco! Otro más. Veremos si me sale ese puesto de sereno en la fábrica de vidrios… iba todo bien en la entrevista con el Jefe de Personal, hasta que se anotició por el curriculum que soy universitario; trató de disimular, pero noté que fruncía el gesto. En fin, esperemos… aunque no deja de resultarme gracioso que mi única esperanza sea un trabajo de sereno… aunque bien es cierto que para algo deben servir los jubilados a los que no les alcanza la plata siquiera para subsistir.
El crepúsculo está avanzado, el depto a oscuras sólo refleja las luces cambiantes y el resplandor de la TV. Leandro, aburrido de hacer zapping sobre una programación reiterada hasta el hartazgo, apaga la TV, se incorpora y va hasta su balcón. Su vista se pierde en la panorámica del Muelle 3; luego, con las palmas de las manos sobre la baranda, observa el tránsito incesante en los dos sentidos de la ancha avenida tratando de imaginar familias felices emprendiendo el retorno a sus hogares y a otras yendo a cenar afuera.
Se encoge de hombros filosóficamente y piensa que es hora de comer algo; tiene media pizza que le quedó del mediodía y, lo mejor, una botella de vino tres cuarto de medio pelo que solo se permite estas noches de domingo, ya que el resto de la semana: agua de la canilla. La beberá lentamente hasta el final, que es una de las formas de llegar al sueño en la cruel noche del domingo. Cuando termina dos de las cuatro porciones, aparta las sobrantes, no tiene hambre. Abre el vino, se sirve una copa y bebe despacio tratando de saborear la bebida. El lugar está en penumbras, iluminado apenas por la luz de la luna y las de la avenida; su vista está fija en la puerta balcón, las cortinas totalmente abiertas le permiten apreciar la belleza de una de las últimas noches de verano.
En el momento de servirse por segunda vez un movimiento inhábil de su mano voltea la botella sobre la mesa. Listo a reaccionar a puro instinto para salvar algo del preciado vino, queda en suspenso, estático; los brazos apoyados en la mesa y abstraído mirando la mancha que se extiende sobre la mesa y el chorro continuo que viaja sin remedio hacia la alfombra. Son las diez de la noche. Lentamente el chorro se transformará en goteo y luego de unos minutos cesará por completo. Leandro, con la mirada absorta en el vino derramado, ni siquiera ha parado la botella del mal vaciado, no es capaz de discernir sus propios pensamientos. Pero íntimamente, cree encontrar una oscura relación entre ese vino dilapidado y su misma vida.
Han pasado tres horas y la escena permanece inalterable, difícil de entender para un observador casual: el hombre maduro, inmóvil, pareciera contemplar una película apasionante de la que no puede sacar la vista… pero sólo mira una mancha de vino secándose sobre el mantel. El subconsciente le indica que debe ir a orinar hace ya rato; son ya las tres de la mañana del día lunes cuando finalmente se incorpora, sus miembros entumecidos y su capacidad de pensar desconectada, da un par de pasos hacia el sanitario.
En forma ajena a la propia decisión, gira sobre sus pasos y se dirige al balcón, sin solución de continuidad, sin mirar nada: ni las luces de Puerto Madero, ni el tránsito de la avenida, menos aún la imponencia magnífica de la luna llena.
Apoya sus manos sobre el barandal y sube su pierna derecha…
por C. Fernández Rombi – 05 nov 2019
Ha sido un largo y caluroso día de verano… En realidad, lo sigue siendo. En las cercanías del Puente Saavedra el termómetro ronda los 38º y no afloja, aunque ya está entrando la noche. De una radio desconocida surge una pastosa melodía brasileña que se entrelaza con el calor del día que no se decide a terminar.
La música ayuda un poco a olvidar mi desazón y el aburrimiento fatal de otro día sin trabajo. Hay días que en los locales de Saavedra se consigue alguna changa; hoy, ni medio. Toqueteo mi capital en el bolsillo: unas cuantas monedas y un par de billete chicos. Sin hacer demasiadas cuentas imagino que para dos porciones de pizza y un vaso de tinto me va a alcanzar. Bué… también así de escaso fue mi almuerzo. Pasan dos mujeres que pintan volver del laburo, están buenas… ¡qué lindo sería! Pero, ¿para qué soñar pavadas? A lo máximo que puedo aspirar es a una buena paja llegada la medianoche en alguna calle lateral al borde de la General Paz; me voy a guardar en la memoria la facha de la más alta y culona a modo de inspiración. Como cada día me asalta el mismo pensamiento perseguidor. ¡Algo tiene que cambiar! Desde que llegué de La Rioja mi vida es un parto seco. Sin amigos, ni familia, ni laburo. Puro extrañar mi pago del que me fui de caprichoso, sólo por llevarle la contra a mi viejo…
Envuelto en sus tristes pensamientos, el hombre joven tropieza con un señor de traje, corbata y maletín. Seguramente es un tipo importante…
-¡Perdón señor! Atinará a decir.
El otro, el hombre importante, se queda parado frente a él. No hay disgusto en su expresión sino una franca expresión de estupor; pasan un par de minutos y el muchacho no sabe dónde meterse. De pronto, su mente se ilumina: Un puto… seguro. Si me propone algo le meto una piña…
Finalmente, el hombre importante reacciona y contesta:
-No tenés de qué disculparte hijo, sucede que estoy muy desconcertado… Hace más de una hora que pasé por este lugar y no volví atrás.
por C. Fernández Rombi – 18 nov 2019
Corren los primeros días del enero de 1877. La caravana lleva cuarenta días de penurias y fatigas en la travesía del desierto. Partieron animados por el sueño de llegar a Trelew. De las cuatro carretas iniciales sólo quedan dos; una bastante maltrecha de su derrota por ese camino cuasi huella, que desaparece por kilómetros y se convierte en tosco sendero de pastos duros y resecos, hostiles. Salieron de Esquel, cuatro familias más el autor y conductor del proyecto que se ha otorgado a sí mismo categoría de mayoral.
Peter Williams, carpintero galés, varado por la vida en esta Argentina de promesas incumplidas, pisando los setenta tiene un único sueño: llegar a la costa del Chubut y reunirse con su único hermano y familia. Su ilusión convenció a esas familias al borde del desahucio para invertir sus últimos ahorros en esta travesía a la tierra prometida, a esa nueva y dorada Canaán. Peter los motivó con fuerzas ya olvidadas a embarcarse en una aventura con poca certeza de éxito… aún cuando ellos no lo sepan. Sus cálculos decían que el plazo máximo de su viaje demandaría unos treinta días. Para ese término cargaron la vitualla, pero van cuarenta y aún no llegan.
Sólo quedan del grupo inicial, el matrimonio joven en la carreta que se mantiene mejor, dos de los hombres de familias ya perdidas y el mayoral en la más desvencijada. La muchacha de tosca belleza y ahora, pajizo y rubio pelo sucio, tiene, igual que el resto de sus compañeros de odisea, el rostro curtido y reseco por el viento y el sol del desierto. Y la misma mirada de extravío y desesperanza. El grupo estaba motivado por establecer sus hogares a orillas del mítico Río Chubut, del que solo han oído hablar a su improvisado mayoral, el fornido galés. Ilusionado en unirse al puñado de ciento cincuenta y tres paisanos que arribaron a bordo del clíper Mimosa al paraíso prometido en 1865.
El hambre y las penurias los han reducido a bosquejos de humanidad que se arrastran movidos por el último vestigio de esperanza. Este fatídico día cuarenta ha sido particularmente cruel, tórrido y con un viento ardiente y sostenido que los castiga desde la mañana. Al caer la noche es peor, el viento aumenta su intensidad arrastrando un arenal que les golpea el rostro sin cesar. Disponen ambas carretas para darse algo de protección, encienden el fuego y sobre él la marmita ennegrecida por días de mala o nula limpieza; adentro, un poco de agua turbia recogida de un arroyuelo, un trozo de tasajo y unas hojas de hortalizas hervirán un rato y nada, nada más. Muy poca cosa para cuatro hombres y una mujer de gargantas resecas, estómagos vacíos y miradas muertas. El mayoral, es un despojo del hombre que fue, vencido por los años, el viaje y la esperanza perdida; se despatarra sobre un banquito y permanece con los hombros hundidos y la vista clavada en el terreno que ya no ve. El resto de los viajeros, hace días que no le habla. Le han perdido el respeto y la fe, intuyen que no está siquiera seguro del camino que siguen.
Saben, ahora saben, que ese recorrido del que se decía conocedor, nunca lo había transitado y que se guió de confusas instrucciones en una amarillenta carta del hermano y su propia ilusión. Las relaciones del resto no son mejores; los dos hombres ya sin mujer matan su sed con el mead de alta graduación del que cargaron en demasía respecto a los alimentos; están enconados con motivo con el mayoral y sin motivo entre ellos y, más aún, con el matrimonio… envidian del más joven, mujer y carreta.
Esa muchacha que cuarenta días atrás tenía algunos kilos de más, con las privaciones ha adquirido una silueta que el hambre ajena enaltece y mejora día tras día; su busto generoso es un imán para esas miradas calenturientas. Sentados los cuatro alrededor del fuego, con Peter algo alejado por la hosquedad de sus compañeros, trata igual que aquellos de acallar su hambre con el mendrugo que le ha tocado. Él no tiene ni el consuelo del alcohol bravo que los otros dos, toscos y recios, le niegan; apenas un trago de agua mala. En el momento en el cual la pareja se levanta para marchar a su carreta, saludando en voz apenas audible, una frase obscena y brutal, es su respuesta.
El esposo de la afrenta inmerecida se aferra a su cuchilla y se arroja sobre los ofensores, el trío como pulpo monstruoso y degenerado en su forma, rueda por el polvo, las últimas energías se desgastan en la riña desaforada… fuerte y claro suena el grito del más joven herido de muerte. La mujer sin meditar un instante y también de metal armada, se arroja al bulto; el mayoral mira de costado la mancha humana que se mueve, gira y torna a girar; piensa por un instante en pararse e intervenir, en separar… lo deja de lado, no tiene ni la voluntad ni la fuerza.
El grupo de contendientes se apuñala con feroz ignorancia de quien a quien, despatarrados quedan los cuatro sobre turbio lecho de sangre y mugre. Pasa una hora y el frustrado mayoral sigue sentado, ya ni siquiera mira el desastre; el rescoldo del fuego ilumina malamente la escena.
Finalmente el hombre se desliza lentamente hasta caer en tierra…
por C. Fernández Rombi – 25 oct 2019
Amanecí mal, sin ganas de dejar la cama. Algo frecuente desde que me diagnosticaron. Mi vida ya tiene fecha de vencimiento… y es más cercana de lo que quisiera.
Es natural que en esta condición un hombre analice su vida pasada. Mi balance no me hace feliz, más frustraciones que logros. Una infancia marcada por la timidez y la ausencia de mamá. Una adolescencia dura de muchacho introvertido y carencias afectivas y económicas. A los treinta años me casé… con pocas esperanzas.
Hilda Martino me lleva diez años, dotada de una fuerte personalidad e incipiente fama como escritora de cuentos para niños. Siempre supe que me aceptó por el simple hecho de que los años se le venían encima y no tenía candidato a la vista.
En fin… hace unos días cumplimos diez años de casados, sin pena ni gloria. Ella nunca me amó y mi amor incipiente se diluyó en el primer año. Creo que por su desinterés y displicencia hacia mí. Ese mismo día, el de mis bodas de estaño, fue en el que mis médicos me regalaron su lindo y letal diagnóstico. No se lo comenté; tuve el temor de experimentar lástima de su parte. Reunimos un par de amigos y algún que otro colega suyo, unos triples de migas, unos saladitos y un par de botellas de champaña…
Y eso fue todo. Por la noche, ya a solas y escondida mi diagnosis del alcance de Hilda, tuvimos relaciones sexuales. Habían pasado tres o cuatro meses de la última vez… El signo de nuestra pareja no es precisamente el fuego.
Y así va el resto de mi vida terrenal; trato de no centrarme en el desenlace. Por suerte no sufro de dolores intensos. Sólo lo necesario para recordarme que “está ahí”. ¡Estoy anonado!
Volviendo en auto de Entre Ríos, Pablo, mi único hermano, su esposa y Mabel de cinco años han tenido un accidente terrible en la Ruta 14. Sólo Mabe quedó con vida, es la última de mi familia. Desde que nació soy el tutor a cargo en caso de falencia de sus papás. ¡Ahora sí, la situación me sobrepasa! La niña ya está instalada en casa… pero para la estéril escritora de cuentos infantiles es una desconocida; aceptada, pero sin amor.
¿Qué destino aguarda a la pequeña y dulce Mabel? Su tío, su único refugio, tiene cuerda corta. ¿Cómo carajo soluciono esta mierda de tema? Me olvido de mí mismo… Sin tiempo para llorar. Todos mis afanes están dirigidos a la sangre de mi sangre, la dulce y tierna Mabel. Ni pensar en Hilda. Sus capacidades no están dirigidas a la crianza cariñosa de niño alguno, ha cumplido los cincuenta y su única preocupación es su éxito literario y mostrarse más joven de lo que es. Por otra parte, nunca se relacionó bien con mi joven hermano ni con su esposa… ¡un desastre! El tema me quema y se agrava día a día. Cada vez que la veo a Mabe, que se abraza a mí con todas sus fuerzas y caigo en la cuenta de su indefensión, me siento aterrado.
¿Qué puedo hacer por esta niña? Última oportunidad de hacer algo bien en mi vida yerma. Luego de un par de meses, Mabe ha recuperado su sonrisa y su confianza en la vida. Vivo en función de ella cada día y mis temores derivan en pánico. Comienzo a experimentar dolores cada vez más frecuentes. Acorralado por la situación de mi sobrina, decido hablar con Hilda. Le cuento sobre mi salud. Hay en sus ojos verdadera pena y comprensión, me abraza y solloza sin estridencias. Creo que es el momento mejor de toda mi vida de matrimonio.
Pasada una hora de real comunión… saco el tema “Mabelita”. En el acto noto que ni se le había ocurrido e, instintivamente, tira su cabeza un par de centímetros hacia atrás. ¡Ya tengo su respuesta! Mi niña no tendrá hogar. Hilda Martino de Valdez me asegura su respaldo económico para la internación de la niña en el lugar que yo elija… ¡Me cago en su alma!
No hay más tiempo, mis fuerzas disminuyen y es notorio. Hilda, sin proponérselo, está cada día más ausente. Se protege. He perdido el rumbo; no sé qué hacer.
─¿Eduardo Valdez? ─pregunta la voz femenina y vacilante en mi celular; una vez que se lo confirmo, mi interlocutora prosigue─ Soy Marina Benzini, la vecina de su hermano, de Pablito… Si no le molesta, me gustaría que nos reuniéramos con mi esposo en algún momento, en mi casa. Sigo viviendo en la casa al lado de la que habitaba Pablo.
Sin entusiasmo ni esperanzas; sin saber para qué ni por qué, hago una cita para el día siguiente. Una hora antes de la salida de Mabe de la escuela donde está a punto de terminar el preescolar, llego frente a la casa donde viviera mi hermano desde el día de su boda y donde nació y creció Mabe, solo a dos cuadras de la escuela. Imposible evitar una lágrima. Pronto nos vamos a ver hermano.
Llamo en la casa de al lado y sale Marina, su vecina desde que se casó y alquiló esa casita de La Paternal. Recuerdo vagamente un par de conversaciones ocasionales con ella. Me hace pasar, su esposo aguarda y ella nos presenta con sencillez. Es una casa bien puesta, sin lujos. Se nota que son de una edad similar a la de Pablo y su esposa. Ambos me caen muy bien. Se los ve buena gente.
─¡Fido a cucha! ─es la orden para el salchicha que juguetea con mis cordones.
Sirven café, hablamos de trivialidades, luego me cuentan de la gran amistad que tenían con mi hermano y su esposa. Comentan que se hicieron presentes en el velatorio sin haberme podido saludar. Yo me había marchado para unos trámites en la seccional policial. Agradezco. Sigo sin entender el motivo de mi convocatoria a esta casa. La mujer parece no saber cómo seguir la conversación, su esposo se hace cargo.
─Eduardo ─me dice en voz baja pero segura─ quiero ser totalmente franco con usted. Martina ya le contó que hemos sido muy amigos de nuestros malogrados vecinos… Omitió, tal vez por pudor, hablar del amor que le tenemos a Mabelita desde el mismo día en que nació. Cada vez que Pablo y Elba salían, quedaba a nuestro cargo, lo cual nos hacía muy feliz. Quizás porque Martina no puede tener hijos ─ella baja la mirada, como si él hubiese revelado algo vergonzante─, además…
El hombre calla como sin saber la forma de continuar. Yo, expectante en grado sumo, trato de adivinar a dónde va a parar esta historia. Lo animo:
─Por favor, continúe sin reparo alguno.
Ahora es él quien baja la cabeza. Sin embargo, continúa con firmeza:
─Cada tanto me doy una vuelta por la escuela de Mabe… y la veo salir tomada de su mano. El lunes pasado al no verlos, me acerqué a saludar a la señorita Norma, su maestra, y me comentó que Mabel tenía un ligero resfrío. Todo hubiera quedado ahí si no fuera porque la noté apesadumbrada al hablarle de la niña. Norma, a la cual conozco desde que Mabe inició el infantil (era yo quien la retiraba del colegio), me pidió que la esperara, que salía en cinco minutos y quería hablar conmigo. Ya en el bar de la vuelta, con grandes reparos, me confió su situación de salud Eduardo, discúlpeme que toque ese tema tan íntimo, y que usted la había consultado acerca de alguna institución para Mabe…
Ahora el hombre no puede seguir, hay una especie de desesperación en su rostro, aparto mi vista y miro a su mujer, está llorando… No necesito oír más.
─Por favor, cálmense… en veinte minutos estoy de vuelta.
Quiero hacer un pequeño experimento. Retiro a mi sobrina unos cuantos minutos antes del horario establecido. Noto su extrañeza de no ver mi auto y que la tomo de la mano y la llevo a su antiguo hogar. La niña calla y aguarda. Yo también. Noto un temblor en su mano cuando pasamos frente a la casa. Tocó timbre en el hogar de los vecinos y con todo cariño pongo a Mabe delante de mí. La puerta se abre al instante, sale Marina e, incontenible, Mabel salta a sus brazos; ya adentro, el hombre se une al abrazo… el mismo Fido parece enloquecer de alegría.
Ayer a la tarde me internaron. Sé que no hay salida, por suerte el dolor es tolerable. Hace apenas unos días que la tutoría legal hasta la mayoría de edad de mi sobrina ha pasado a nombre de los Benzini, que han iniciado la adopción. ¡Felicidades papás!
Me he despedido de Mabelita por mi partida a un largo viaje por Europa. Hilda, se ha portado muy bien. Estos días ha estado a mi lado casi de continuo. Hoy tiene la presentación y firma de ejemplares de su último libro.
─Andá tranquila y disfrutalo ─le dije─, te voy a estar esperando.
Sin quererlo, pienso que ahora tengo tiempo para llorar. Sin embargo, la sonrisa desde el retrato de mi sobrina que Hilda puso en la mesita de la habitación, me lo impide. Después de tanto balance, ahora siento que mi vida tuvo un objetivo.