por C. Fernández Rombi – 14 sep 2019
Vuelvo camino a casa como cada día de la semana. Tengo, más o menos, para una hora de viaje y hoy, cómodamente sentado en el ómnibus, me siento feliz y contento. Amalia, mí Amalia, me espera. Son dos años que estamos juntos y es lo mejor que me ha pasado en mi vida. El pequeño huérfano criado por unos tíos, sin atención ni cariño, tiene por fin su propio hogar. Cierto que por ahora somos sólo nosotros dos; pero confiamos en que pronto la familia se agrande...
Bueno, en realidad, este tema a ella no le interesa demasiado, más preocupada por cambiar nuestro depto por uno más grande que por los futuros hijos... Ya se ha instalado en mi mente la única idea fija en Amalia: una vivienda más grande y confortable...
“En este ranchito, ni siquiera puedo invitar a mis amigas. Tenés que hacer algo Raúl... ¡y lo más pronto posible! ─cierra esa frase ya habitual con un suspiro─ No voy a aguantar demasiado tiempo”.
No me costó mucho, luego de investigar entre sus cosas, averiguar de la existencia de las píldoras anticonceptivas. Mi felicidad se va a los caños, no puedo ignorar esta realidad: o consigo ganar más o mi matrimonio se despedirá sin pena ni gloria.
Desde ese día esa obsesión me asume... ¡hasta me olvidé del hijo que tanto quería! Es justo en esta etapa que, ¿casualmente?, me ponen en la empresa como subcontador. Mi nuevo jefe está a un año de su jubilación y, rápidamente, va dejando todo el manejo contable en mis manos. Empecé con miedo y vergüenza una serie de pequeños latrocinios.
Dibujando algunas liquidaciones de gastos de representación de los jefes de áreas, alterando una que otra factura de compras... siempre al borde del pánico de que me descubrieran. Pero no pasaba nada... y seguí. “La cosa” marchaba viento en popa.
Al año justo de mi primer (pequeño) delito, hacemos la fiesta de inauguración de la casa nueva; es noche de sábado; mi querida esposa, más contenta que un pendejo con play nueva, incluso me presentó amigas que yo ni conocía. El día siguiente, domingo:
─Querida, tu deseo se cumplió antes de lo que esperabas... ¿te parece que ahora podremos encarar la búsqueda de un hijo?
─Claro mi amor, te lo has ganado ─el tono de su voz no demostraba el entusiasmo que yo esperaba. Me consolé pensando que estaba cansada de la fiesta y tenía toda la casa para ordenar y limpiar... a pesar de que ahora tenemos mucama con cama adentro.
Ese lunes voy manejando mi auto nuevo camino a la empresa. Mi mente viaja por distintos derroteros: ¿llegará alguna vez ese hijo que anhelo? ¿podré sacarme de encima esta idea fija de vivir en culpa? Para el primer interrogante no tengo por ahora respuestas.
La sensación de culpa y el remordimiento, por haber dejado de lado lo que me enseñó mi padre, los voy “tapando”, a veces con suerte, otras no tanto, con la inquebrantable y ya vieja creencia instalada en la Argentina: “En este país todos roban y nadie va preso”. Idea, por otra parte, en la cual los políticos de turno (y muchos otros) colaboran con singular entusiasmo.
Llego a mi oficina saludando como de costumbre, a unos y otros. La respuesta a mi “¡Hola Jefe!” del contador general me pareció fría y esquiva. No le doy importancia, ya en estos días se retira y además debe estar chocheando un poco. Diez minutos más tarde, accede a mi privado mi secretaria acompañado por dos tipos de traje; me llama la atención que no los haya anunciado previamente como es habitual; ella no abrirá la boca. Uno de los sujetos dice en voz alta y segura:
─Oficiales Gómez y Cañete, de la División Fraudes y Estafas de la Federal, nos va a tener que acompañar... El otro, más joven, agregará en tono sobrador:
─Portate bien y no te vamos a esposar.
por C. Fernández Rombi – 09 sep 2019
Primavera en Buenos Aires (y claro, en Lomas de Zamora también). Pido un remís y nos vamos con mi “peor es nada” al Maxi Carrefour de Rodríguez y Camino Negro. Amparados en la débito del Santander-Río, nos dedicamos con entusiasmo a cargar todo tipo de vituallas. De movida, me llamó la atención la cantidad de clientes en competencia con nosotros. Lo cierto es que, últimamente -octubre 2018- eso no es común. Son las siete de la tarde cuando nos encaminamos a las cajas... La cola es infernal. Literalmente, da una vuelta y media por el interior del gigantesco salón de ventas. Casi en simultáneo, recuerdo que los sábados cierran a las ocho; pero no preveo problemas, ya estamos en la cola. No solo me extraña la abundancia de humanos, también lo cargado de los amplios changos. Una hora más tarde, el cajero me comentará que a partir del paro general del pasado 25/09, suele estar de esta manera. Ni él ni yo encontramos una explicación lógica. Tal vez, viejas secuelas del aciago diciembre del 2001... ¡Esperemos que no!
¡Ya pagamos! Ahora nos toca otra larga cola para que los de seguridad chequeen lo comprado. Cuando estamos por salir de este nuevo proceso y del, a estas alturas, odiado local, pido el remís para volver a casa. Aprovechamos el tiempo de espera para ir cargando la compra en las diez bolsas (a dos devaluados mangos cada una) provistas por el súper.
Los coches de los clientes, bien provistos, hace rato que empezaron su desfile de partida. La espera se hace larga, espera que se alarga en más de media hora, siendo que vivimos a tres kilómetros y la remisera está a dos cuadras de casa. Ya no tenemos tema de conversa; ya también, maldije un par de veces por no tener más vehículo propio. Vía celu reclamo el auto: “Señor, hace rato que lo espera... el problema es que está cerrado el acceso por colectora (por el cual entramos) y por el portón de Rodríguez solamente dejan salir. Nuestro auto lo espera en la Avenida Rodríguez”.
¡Me cache...! Y allá vamos, corriendo (es una forma de decir, el chango está pesado, yo pasé los 70 hace rato y los autos desfilan lento para salir, bloqueando todo). Cuando por fin llegó a la salida, veo que han cerrado medio portón (realmente, sólo permiten el egreso) me mando empujando el chango hijo de su madre, momento en cual el único “seguridad” que trata de ordenar el caos me grita: “¡No puede salir con el chango!”. Sé que es inútil discutir o negociar (para lo cual tendría que explicarle toda la historia), le tiro de mala manera el carro de mierda a mi mujer, salgo frenético por el miedo que el remís se las tome. Prácticamente, toda la cuadra está ocupada por autos con tarados ordenando sus compras en sus baúles, momento justo en que veo a unos treinta y pico de metros un auto que despega del cordón y sale arando. Sobre el vidrio trasero, la calco: “Remis Las Leñas”. Le grito como un tarado, pero en ese quilombo de autos y bocinas mi voz es una gota en el mar.
¡Esto no da para más...! Vuelvo pesadamente sobre mis pasos a la playa de estacionamiento, a mi mujer y a nuestro carro alimenticio con casi cinco mil mangos a bordo (que para dos jubilados es mucha merca y mucha plata). Hablamos los dos al unísono y ninguno entiende nada. Noto en el subconsciente y en forma simultánea que ya no hay autos en fila de partida, que están cerrando el último tramo del portón y que los de seguridad (en motos, bicis o a pie) huyen despavoridos. Son las 20.25 horas: es el momento en el cual las luces del local se reducen a la mitad y aparecen dentro los de la limpieza; de los cuales nos separa un muro de vidrio impenetrable. Ni idea de por dónde han entrado.
─¿Y ahora, qué hacemos? Pregunta mi jermu, con expresión de loca.
Me encojo de hombros, no tengo la menor idea. Filosóficamente, agarro el chango y me vuelvo unos cien metros. Al lado de la puerta por la que salimos el siglo pasado, hay unos pallets apilados a la altura justa para sentarse. Una vez sentado:
─¡Y yo qué sé! ─para suavizar la cosa, agrego─ ¡Suerte que no hace frío!
El tránsito por Camino Negro es cada vez más intenso. Pasada una hora, ella abre un paquete de galletitas dulces y, mordisqueando, me ofrece; sacudo la cabeza, ¡malditas ganas de galletitas tengo! Pero, de carne somos, ya cerca de las 23 el bagre empieza a picar y manoteo un sobre de bondiola en fetas que “no pega” con las Oreo de chocolate... En esta compra no entraron ni el lactal ni las galletitas de agua, así que... ¡joderse! Observo el panorama de las bebidas: dos botellones de jugo para diluir, cuatro botellas de vino tres cuarto, una de licor de chocolate y otra de anís dulce. Nuevamente... ¡joderse! Con el vino, yo zafaría de diez... pero, sin sacacorchos, ¡ni hablar!
A eso de las tres, el tránsito ha muerto. Como los baños dan hacia la playa pero han quedado cerrados con llave, por instinto, “mi ella” y yo, elegimos lugares bien lejanos y opuestos. En esto hubo suerte, la compra incluye un bolsón de seis rollos de higiénico. A las 4, ella, sentada en la pila de pallets, la cabeza apoyada contra una columna, un paquete de algodón como almohada, duerme tranquilamente.
Yo me paseo de una punta a la otra. La acidez estomacal originada por la mezcla de fiambre, galletitas de chocolate y anís, me está devorando... ¡Maldigo al señor Carrefour, a la remisera y a la bondiola con galletitas de chocolate! Las 7 y 30 del domingo y arriban los primeros empleados. Apenas vi al primero llamé a la remisera. Los referidos empleados nos miran con expresión de tarados y alguno trata de interrogarme. Desistirá. No veo mi cara, pero la expresión de “sonada” de mi esposa me lleva a comprender que la mía, no debe de quedarse atrás.
8 y 30 descargamos la compra. 9 y 45 nos vamos a dormir. Fue un sábado distinto. No recuerdo una salida de sábado tan económica. Cero gasto. ¡Bien!
por C. Fernández Rombi – 25 ago 2019
Estoy listo para partir. En paz con Dios. Aún siendo consciente de tener pecados que aún no estoy seguro de haber redimido. Me equivoqué mucho (aún, a veces lo sigo haciendo) y acerté unas pocas.
Siempre me guié (creo) por una idea de bondad y comprensión hacia el otro. Ya me he confesado tantas veces con Él que tengo esperanzas. Mi premio mayor sería reencontrarme con aquellos queridos míos que me precedieron.
¡Qué lindo sería! ¿Será posible?
La gran ventaja de “estar listo” es la de no albergar ya grandes sueños. Solamente los más sencillos. Ver unas cuantas veces más las sonrisas de mis nietos. Oír el cariño con el que me llaman Abu, unas cuantas veces más.
En cuanto a mis hijos, poco que decir. A su manera, todos ya se han realizado, profesionalmente y como familia. Son ellos con los que me siento más deudor. Pienso que les debí haber dado más... o, en su defecto, ser más claro. De nuestros diálogos, creo que no han llegado a entender la forma enorme en que los amé y los amo. Y como sufro el desapego de su forma de saludarme (seguramente, también mi culpa).
En cuanto a mi esposa, le debo mucho: espero que ella esté tan preparada como yo. Ambos sabemos que lo peor de nuestras partidas es que no sean simultáneas. El sobreviviente va a sufrir demasiado. Sobre todo si soy yo. No tengo dudas de ser más dependiente de ella que ella de mí. En fin, la última palabra no es nuestra.
De haber un reencuentro celeste, el que más anhelo es el de nuestro hijo, al que tuvimos tan poquito (ni 30 días). Sería muy feliz de poder abrazarlo 33 años después.
Estoy listo Señor. No lo estires demasiado, no quiero convertirme en carga para mis hijos, ni convertirme en un cuasi vegetal, ni ser internado en un depósito de viejos. Que eso y nada más son los geriátricos.
por C. Fernández Rombi – 01 sep 2019
Estimado lector: en esta época de transmisión ultra rápida y, casi excluyentemente, visual; y del imperio del mensaje de texto súper breve (a tal punto que, a veces, los “inmigrantes digitales” no los podemos entender), todo aquel que lee, o sea, vos, merece, como mínimo, un recreo.
Vos lo vas a encontrar en los dos relatos siguientes. Desde ya, que se pueden leer en forma independiente uno de otro; sin embargo, están pensados para ser leídos uno a continuación del otro.
Tienen varias similitudes: el nombre de las protagonistas es el mismo; su edad y formación cultural media, son similares; en ambos, se retrata el transcurrir de un único día de sus vidas, e incluso, el mismo día: el de inicio del invierno.
El lector detallista, notará además, que hay frases idénticas en uno y otro relato. Y a pesar de reflejar dos situaciones totalmente diferentes, su final es idéntico.
¡Suerte!
Mujer casada
Este primer día de invierno amanece sin ganas. La difusa luz matinal fracasa en su intento de horadar los cerrados nubarrones que anuncian la lluvia inminente.
Matilda no ha pasado una buena noche. Este mes, su menstruación vino acompañada de más dolor del habitual. Cuando despierta, la lluvia ya es copiosa y con miras de prolongarse todo el día. Esto, se corresponde con el informe meteorológico que la TV emite cada treinta minutos con el mismo énfasis que si tratase del inicio de la tercera guerra mundial.
Los chicos, trece y quince, no tendrán clases debido a una Jornada Nacional de Perfeccionamiento Docente (¿?). Juan, el esposo, cumple su segundo día de suspensión por falta de insumos en la automotriz en la que trabaja… Panorama deprimente para Matilda.
El día ha cumplido con todas las expectativas desalentadoras del ama de casa; que al borde de los cincuenta, y siendo aún atractiva, suma más desengaños que alegrías. Se casó “grande”, con un hombre basto, difícil y diez mayor que ella.
Es más, esa expectativa del desaliento matutino, ha sido superada con amplitud…. ¡Demasiada amplitud! Ha sido una jornada larga, pesada, difícil de sobrellevar.
La lluvia continúa como si el mismo cielo se hubiera aburrido de los seres humanos. Los hijos, que ni al patio pudieron salir, estuvieron insoportables… su esposo… ¡peor! Malhumorado, rabioso con la patronal y con él mismo; gritó la mayor parte del día sin que ella pudiese enterarse del motivo. Para colmo, bastante pasado de cerveza, se adueño del control de la tele y no la dejó ver las únicas dos series románticas que sigue –religiosamente- de lunes a viernes.
Matilda va hacia su cuarto agradeciendo a Dios que este día haya terminado. Su esposo, despatarrado, ronca con la boca abierta como si fuera la última vez. A punto de caer derrengada en su lecho, un sutil primero, y cada vez más intenso después, pensamiento insidioso, se ha instalado en su mente. No quiere enunciarlo. Como si el simple hecho de negarle forma amenguara su dureza. Finalmente, se rinde.
¡Esta vida es un asco!
Mujer soltera
Este primer día de invierno amanece sin ganas. La difusa luz matinal fracasa en su intento de horadar los cerrados nubarrones que anuncian la lluvia inminente.
Matilda, a sus cincuenta, sigue siendo una mujer atractiva. Su soltería la obliga, de alguna manera, a cuidarse. Vive en función de sus amoríos… que son muchos. En la oficina pública en la que trabaja hace años, está en el fino límite de ser considerada “la puta de la oficina”. Lo cual, la tiene sin cuidado. A su jefe directo, hombre casado con el que sale -se encama- una vez a la semana y desde hace tiempo, le pasa lo mismo.
No fue siempre así. Veinte años atrás, estuvo a la puerta misma del casamiento con un hombre al que amaba con fuerza. Pero, el destino dijo ¡No! A tan solo tres meses de la feliz definición de un lindo noviazgo, “su Roberto”, se descubrió a sí mismo como homosexual reprimido. Enamorado de un compañero del gym. “Perdoname Matilda, hubiera cometido un error irreparable. Perdoname, por favor.”
Pasado un año “del luto autoimpuesto”, ella se desbarrancó. Con sólo un hermano mayor y casado que nunca le dio bola, se dedicó a “vivir la vida” o sea… ¡la pura joda!
Y sirvió. Por años, le sirvió. Ahora, y cada vez con mayor frecuencia, esa sucesión de boliches y novios de ocasión, la está aburriendo. Es inteligente; y consciente de que cada vez le cuesta más competir con las más jóvenes y que eso va a empeorar.
Mi depto cada vez me resulta más grande y hostil. Me he negado al pensamiento, aún al solo enunciarlo… pero, ya no lo puedo acallar más: ¡como me gustaría tener una familia!
Hoy se levantó y arregló como cada día para ir a trabajar, llegó hasta el mismo hall de su edificio, pero la lluvia la desalentó. Luego de un rato de duda, volvió sobre sus pasos y al ascensor. Ha pasado el día entero, echada, mirando la tele y comiendo chatarra, de la cual, normalmente, se priva. Ha sido una jornada larga, pesada, difícil de sobrellevar.
La lluvia continúa como si el mismo cielo se hubiera aburrido de los seres humanos. Matilda, va hacia su cuarto agradeciendo a Dios que este día haya terminado. A punto de caer derrengada en su lecho, un sutil primero, y cada vez más intenso después, pensamiento insidioso, se ha instalado en su mente. No quiere enunciarlo. Como si el simple hecho de negarle forma amenguara su dureza. Finalmente, se rinde.
¡Esta vida es un asco!
por C. Fernández Rombi – 16 ago 2019
El tránsito es intenso al atardecer de este viernes otoñal en las inmediaciones del Puente La Noria. Miguel recorre la última cuadra antes de arribar a su humilde casa. No ha tenido un buen día, cosa habitual desde que perdiera su trabajo en la lanera hace un año. Changas hay pocas y, por lo general, mal pagas.
Yolanda y sus tres pequeños hijos padecen esa misma situación y, además… lo padecen a él. Su cambio de actitud no fue instantáneo; al principio ─mientras creyó que la situación era pasajera─ mantuvo su carácter tierno y cariñoso. Luego, empezó el cambio; cada día al llegar a casa, se ha sentido en forma creciente cercado por esas cuatro bocas ansiosas que esperaban algo que él trae en forma escasa, alimentos. La furia que cada día lo asume en mayor grado es, quizás, autoprotección ante el propio fracaso.
Será un fin de semana de desastre; no sólo ha estado de mal humor el sábado, el domingo fue peor. Al mediodía, revoleó el resto de esa polenta aguada que la mujer había cocinado lo mejor que pudo con una evidente escasez de ingredientes. Lo que solía ser un hogar es hoy un polvorín que sólo necesita una chispa que lo haga estallar.
Al anochecer se vuelve a cortar la luz, de la que están “enganchados”, algo que viene sucediendo desde hace un mes y el jefe de familia revienta. Le pega a la hija menor sin saber bien por qué, los otros dos se refugian bajo la cama, Yolanda trata de contenerlo y recibe un golpe de puño que la sienta en el piso.
Mañana es lunes y comienza otra semana.