por Carlos Fernández Rombi

y Salvador D’Aquila – 25 oct 2020

 

Ante la sonrisa de aceptación del empresario, la mujer se incorpora y toma de su cartera el escrito cuidadosamente estudiado y redactado, entregándoselo.  Él, lee con atención el papel sin ninguna huella personal ni firma, pero con el sello inconfundible de la intervención de un abogado: “MA se hace cargo a través de sus contactos y con las acciones necesarias para con esos interlocutores, de que queden saldadas todas las deudas del multimedio.  También de regularizar las de RA  Antes, y con las salvaguardas contractuales que los abogados consideren adecuadas, ambas partes se convierten en socios al 50%.  La división de trabajo entre los socios deja a cargo de RA los aspectos comerciales, administrativos y legales de la empresa.  Y a MA la orientación y la producción total de los contenidos periodísticos y de la programación”.

 

El hombre ha leído de un tirón.  Sin embargo, pareciera leer renglón por reglón, lenta y atentamente.  Siempre sin levantar la mirada del escrito, una primero leve y más tarde amplia sonrisa se ha ido dibujando en su rostro.  Sin abandonar la cuasi socarrona sonrisa, deja el pliego frente a él y fija su mirada en la de la mujer.  Se toma su tiempo, luego con voz calma y pausada dirá:

─Mi querida amiga, tu propuesta es más que interesante pero… excede y en mucho la mía.  De financiar un espacio en TV para tu exclusivo lucimiento y promoción, ahora pareciera que vamos a ser socios de todo lo mío y, además, vas a tener tu programa ─ahora la sonrisa de Roberto es amplia, luminosa y divertida, muy divertida─  ¿No será mucho?  Digo, no sé…

 

Me esfuerzo en atenuar mi sonrisa y, sobre todo, en que no parezca burlona.  Lo es.  Mariela Admerjian, siente que un ligero rubor asume sus mejillas.  Nota, sin ningún tipo de dudas, que el hombre se está burlando de ella.  Aunque sin rozar la mala educación.  ¡Pedazo de pelotuda… me fui de mambo!  Me presento como única y gloriosa salvadora donde nadie me llamó.  Es el peor papelón de mi vida…  Y el puto este mirándome en forma comprensiva… a un paso de la lástima.  ¡Cómo salgo de este quilombo sin más penuria!  Mariela ignora que el otro sabe palaba por palabra lo que ella está pensando y que no tiene ningún interés No me conviene en ponerla más incómoda de lo que ella misma se puso.  El arribo de la secretaria con el servicio de café corta la situación, en el mismo momento en que suena el celular de Roberto.  Él, con una mirada se disculpa para atender, consciente de que ella agradece esta pausa inesperada que alivia su mal momento.  Mariela, inmersa en su pensamiento, no presta atención a la conversación telefónica, percibe difusamente que se trata de una invitación.  Momento en el cual, él apoya la bocina del celular contra su pecho y con una radiante sonrisa le dice como si se tratara de algo habitual y fueran amigos de años.

─Mariela, tengo en el teléfono a un amigazo, Guillermo Moreno.  Él y un par de amigos inauguran esta noche lo que ellos  llaman “el bar de tragos más lindo y suntuoso de Palermo”.  Me está invitando para que vaya, a lo cual le contesté que sólo iría si la mujer más interesante del país, que está conmigo en este momento, me acompaña…  ¿Vamos…?  ¡Dale…!  Me harías el tipo más feliz del mundo…  ¿Sí…?  Sé buenita, please.  Está esperando mi respuesta…

 

Una Mariela totalmente desconcertada, algo nada común para su personalidad, no sabe qué responder.  El modo, la voz y la sonrisa del hombre son, con naturalidad, las propias de un galán de cine en su mejor momento.  Algo a lo que no está acostumbrada.  Ignora que Roberto Álvarez tiene años de práctica en el fino arte de seducir.  Además, recién está saliendo de “su mal momento de la reunión”.  Instintivamente, comienza a mover su cabeza en negativa Aunque no quiero demostrar temor alguno visto lo cual, Roberto agrega rápidamente.

─Mariela, me pongo a llorar ahora mismo…  ¡Dale…!

Esta mujer tan dueña de sí misma y con una personalidad avasallante, ha perdido por un momento su seguridad.  Vacila y, casi sin darse cuenta y sonriendo por primera vez, asiente.

─¡Bien, Guillermo, será un gustazo! ─Roberto retoma la conversación, y… Me disculpo Guillermo si te demoré más de lo prudente, pero mi compañía de esta noche es tan atractiva como difícil de convencer. Nos vemos en un rato…  ¡Chau!

 

En la madrugada, cuando Roberto ya se ha retirado de su piso en Caballito, después de haber pasado una de las mejores noches de su vida, ella recién recordará que al iniciarse la reunión de negocios en el atardecer del día previo ¡Hace apenas once horas, carajo! con ese hombre, ella le había manifestado con total seguridad: “Mi estimado, estoy algo apretada de tiempo, así que, si te parece entremos directamente en tema”.  ¡Joderme!

 

Entretanto, el hombre de tantos romances está algo desconcertado.  No recuerda haber vivido una noche de pasión como la que acaba de vivir con Mariela, desde hace más años de los que recuerda.  Al inicio, cuando después de besarnos más de una enloquecida hora, cuando ella se desnudó, me desconcerté, nunca había visto busto tan pequeño.  Parecía el de una muchacha de 15.  Después sabría que era uno de sus grandes complejos. ¡Fue lo de menos!  Los brazos de Mariela me transportaron a una dimensión a la que no accedía desde hace una pila de años…  ¡Carajo… creo que me enamoré!  Sólo cuatro meses después, la pareja anuncia sus esponsales.  El unipersonal de Mariela Admerjian en Telefé ya es un éxito.  Finalmente, no firmaron un solo papel, solamente un contrato oral que funciona a la perfección.

 

El doctor Rodolfo R. Rivarola, titular del estudio legal que lleva su nombre y que representa a la familia desde hace años, y que asesorara a Mariela en la proposición que ella le presentara a Roberto en aquella noche tan frustrante al inicio, como inolvidable al final, se comunica con su clienta y solicita una entrevista.

─Mi querida ─lo familiar del trato se debe a conocerla desde que era una niña─, estoy más que contento de tu próximo casamiento.  Pero considero una obligación indeclinable hacerte una advertencia.  Creo imprescindible, dada la disparidad de fortunas de Roberto y vos, hacer un buen contrato prenupcial y…

Con una amplia sonrisa, Mariela le corta el discurso:

─Estimado don Rodolfo, apenas hablamos de casarnos fue Roberto quien me habló del acuerdo, justamente por el mismo motivo que usted está marcando.  Le dije que no, que de ninguna manera.  Y ahora le digo lo mismo a usted.  Claro que desde ya agradezco su buena intención.

El maduro hombre de leyes, que ha sido testigo de las mayores mezquindades que se puedan imaginar, ha visto la determinación de su clienta.  Frunce ligeramente el ceño, se queda charlando unos minutos y se retira.  ¡Esto no termina bien!

 

El doctor Rivarola y señora se están emperifollando a full.  En un par de horas es la recepción que ofrece el matrimonio Admerjian-Álvarez con motivo de cumplir los diez años de felices esposos.  ¡Caray… que me equivoqué fiero hace diez años!  Jamás pensé que esta pareja sería un éxito tal.  Tenía razón la muchacha en rechazar mi propuesta de acuerdo prenupcial…  ¿Para qué?

 

 

por Carlos Fernández Rombi

y Salvador D’Aquila – 18 oct 2020

 

El hombre, en sus cuarenta, bien plantado y luciendo ropa deportiva de calidad, camina por el Bajo porteño.  Pareciera no llevar destino y solo dejar pasar el tiempo tomando el fresco del crepúsculo estival.  No es así.  Su mente trabaja a mil; consciente de que de la reunión con Mariela Admerjian depende su futuro.  La conoció como otros tantos, a través de sus notas en revistas y sobre todo de su columna en un diario de gran tirada del cual es Editora.  Él la admira por su profundidad para escribir, pero curiosamente, el primer contacto que tuvieron fue cuando, como un lector más, le escribió a su dirección de mail pública para hacerle notar un error en uno de sus relatos.  Para su sorpresa, casi inmediatamente recibió su respuesta aceptando aquello que él le había marcado y corrigiéndolo en la versión web.  Sin perder tiempo, le agradeció la contestación y, dándose a conocer, le propuso reunirse personalmente, café de por medio.  Invitación que ella rechazó cortésmente.

 

Han pasado unos días.  Roberto Álvarez, separado, dos hijos de 9 y 11 años, es una persona con una vida aparentemente ideal y otra real, bien distinta.  Es conocido por su perfil empresario, dueño de medios de comunicación (dos radioemisoras de alto perfil y un periódico de regular tirada que se especializa en chismes y noticias del ambiente artístico), con una sólida posición económica.  Vive en un amplio chalet en Olivos y maneja un deportivo BMW 0km.  Además, su brillante personalidad y atractivo físico lo destacan en los ambientes que frecuenta.  Sin ser un habitué, no es raro verlo aparecer en programas de chismes del ambiente…  Desde su separación, hace ocho años, ha tenido ─que se conozcan─ tres romances con jóvenes luminarias de mundillo televisivo.  ¡Ay…! La realidad es bien distinta.  El chalet está hipotecado por más de lo que vale, del auto debo un fangote y las deudas me persiguen.  Esta mina puede ser mi tabla de salvación.  Además de su éxito profesional, es única heredera de la fábrica de zapatos más grandes del ispa.  ¡Tito, no te la podés perder!  Él, aunque aún no la conoce Ya llegará mi momento, sabe de su vida y milagros a través del inefable Google.  También que lleva tres años de un divorcio que terminó mal, que está al borde de los treinta y tres y que es de fuerte personalidad.  Además, y no menos importante, que la está esperando una fortuna estimada en 50 millones de dólares.  ¡Mamita, ayúdame!

 

Esa tarde casi noche, en lugar de ir al bar que hubiese elegido, está yendo a sus oficinas.  Allí va a ser la reunión con Mariela.  De trabajo, ya que le negó el encuentro social que le propuso la primera vez.  Va a ofrecerle un puesto de jerarquía en su multimedio.  Aunque tiene muy en claro que los contenidos que produce no se compadecen con la línea editorial de la periodista y escritora.  Pero piensa que tal vez pueda tentarla con transformarla en conductora con programa propio en alguno de sus canales de televisión, medio en el que ella aún no ha incursionado.  No es que no haya querido.  Pero los productores siempre tuvieron una buena excusa para negarle la oportunidad, pese a la solidez de los distintos proyectos que ha presentado.  En realidad, la verdadera y única razón, que por supuesto nunca le blanquearon, es que sus rasgos físicos no la hacen, precisamente, muy atractiva para la pantalla; y su decir ante las cámaras, es poco fluido.

 

¡Ay…!  Parece que soy bicho de escritorio y no para la TV.

 

Es consciente de que su propuesta deberá estar acompañada por un honorario más que interesante.  Lo cual considera una inversión a no más de un año.  Sabe que, de tentarla, no va ser por el dinero sino por su aparición en la TV como conductora.  Pero el ofrecimiento deberá transmitir una acomodada posición económica.  El bosquejo del plan de Roberto (los detalles finales los darán las circunstancias), es simple: enamorarla primero, casarse después y, como broche de oro, manejar la fortuna Admerjian y con ello salir de su asfixia financiero-económica.  Por descontado que la base del plan es la tremenda confianza que se tiene a sí mismo como seductor.  A estas alturas de mi life, estoy más que arrepentido de no haber llevado un diario de mis conquistas.  Siempre fui un león ─bah, algo exagero─ con las mujeres…  También un desastre con mis negocios.  Aparte, debo reconocer como buenos los dichos de mi ex: “Vos la gastas más rápido de lo que la ganas”.  ¡Ya fue!  Ahora solo hay que pensar en Marielita.

 

Mariela, en tanto, va por todo.  Sabe de su posición de fuerza por más de un motivo.  Sobre todo, porque un contacto muy importante dentro de la AFIP, le hizo saber de la situación financiera más que delicada de las empresas de Álvarez y de él mismo.  Está poco menos que quebrado.  Si no se aviene a ceder parte de su empresa, está perdido.  Voy a hacerme socia y con las facultades necesarias como para cambiar el rumbo editorial de ese multimedio popular pero menor, periodísticamente hablando.  No va a poder disimular su posición cuando comience a detallarle la información que tengo; tal vez, hasta más precisa de como la conoce él mismo.  Y que no venga a hacerse el galán conmigo.  No lo sabe, pero sería inútil.  Para mí… ¡el amor ya fue!

 

A las 19.45 (exactamente la hora pactada), su secretaria le anuncia por el intercomunicador la llegada de la escritora.  Ella accede luciendo una media sonrisa; se ha vestido en forma casual y apropiada para la hora.  Nada ostentosa, aunque él, rápido como es, nota lo cuidado del maquillaje y el peinado, así como el elevado valor de las dos únicas joyas que exhibe al desgaire.  Luciendo su mejor sonrisa, el hombre se levanta y da la vuelta a su escritorio extendiendo su mano en un apretón firme y caluroso, sin intentar un beso informal.

─Es un placer, esperado desde hace tiempo, Mariela.  Soy tu admirador desde hace años y, aunque hubiese preferido un ambiente menos formal, sos muy bienvenida.  Ponete cómoda… en unos minutos nos sirven un café Robusta que me envían especialmente desde el Ecuador.

 

Ella no abandona su media sonrisa, ha devuelto el apretón de manos con la firmeza de la mujer acostumbrada al trato de igual a igual con hombres en posiciones de poder.  Deja su cartera Corinne sobre uno de los sillones y ocupa el que está enfrente de Roberto.  La cartera está de acuerdo a la calidad de la ropa y la gargantilla y pulsera de oro.

─Yo tenía el mismo interés… así que estamos a mano.  Además, soy lectora habitual de tu semanario de chismes, con el que me mantengo al día de lo que pasa en el ambiente.  Mi estimado, estoy algo apretada de tiempo, así que, si te parece entremos directamente en tema.

 

Con postura relajada, el empresario asiente y le extiende su propuesta.  Básicamente, un espacio de 45’ en horario previo al “prime” en Telefé, dos días a la semana.  Dejando a criterio de la periodista el enfoque y diagramado general, propuesta e invitados y total libertad de criterios.  Comprometiéndose al pago de u$s 5.ooo mensuales por el lapso de un año calendario.  La mujer lee la propuesta y dice en un tono de voz opaco pero muy firme:

─Roberto, tu oferta es más que interesante y generosa pero, yo había pensado en una relación más amplia.  Si te parece que vale la pena la tengo por escrito…

 

 

por Carlos Fernández Rombi – 03 oct 2020

 

A la mujer de mi vida, en cuya forma de “sentir” la política

se inspira el personaje femeníno de este relato

 

Hoy, me aparecen fuertes los recuerdos de tu sonrisa, de tus besos y  tu pasión…  Pasaron muchos años y nunca supe más de vos.  La última noticia te hacía yendo a radicarte a la ciudad de Santiago de Chile.  Proyecto que, alguna vez, habíamos acunado juntos durante el año de nuestro romance.  De nuestro amor.  De nuestra pasión.  Esa furia de posesión del uno por el otro, tan  irrefrenable que nos embargó a los dos y, en apenas un año, también nos devoró a ambos.  Visceral.

 

Cada tanto voy a Las Violetas de Medrano y Rivadavia, donde nos conocimos una tarde de enero…  ¿Recordás?  Yo había entrado por una cerveza helada y el alivio del aire acondicionado del lugar.  En la calle, los humanos y los bichos nos achicharrábamos con 37° a la sombra.  En los primeros momentos, no te noté.  Eran cuatro veteranas de buen empilche y hablando como cotorras santafecinas las que se hacían notar.

 

Más que distraído, ya balón de cerveza en mano, giré mi vista en panorámica por la  elegancia del salón de Las Violetas y te vi.  Una joven atracción pura.  Mujer  bella y esplendorosa.  Pensé: qué hermosa muchacha… ¿quién pudiera?  Para colmo, estabas bien acompañada.  Muy consciente de que podía pasar por un maleducado de aquellos, seguí con mi vista clavada en vos.  Hasta que, inevitablemente, lo notaste.  Justo en el momento en el cual tu acompañante se incorporó, beso tu mejilla y se marchó.

 

Casi en simultáneo y muy consciente de que arriesgaba un papelón, me allegué a tu mesa:

─¡Hola, soy Carlos y acabo de enamorarme a lo loco de vos!

Tu silencio sorprendido, que no ocultaba esa sonrisa, tu fiel compañera, no me dejó otro camino que continuar.

─Sé que en este momento estás pensando que soy o un tarado o el rey de los lanceros.  Creeme, ni una cosa ni la otra.  Simplemente, hacía mucho tiempo que no me enamoraba de este manera… si es que alguna vez me ocurrió.

Tu silencio se estiraba.

─Vas a tener que invitarme a sentar o echarme a los gritos… creo que la mitad del salón nos está observando.

Sonrió apenas, con sencillez y con su voz profunda dijo:

─Tenés razón, somos el destino de todas las miradas, por favor toma asiento.

 

Quince días después, te venías a vivir a mi departamento de soltero en  Palermo.  Parecíamos, según el dicho preferido de mi mejor amigo, el Chiqui D’Aquila, “infectados por un mismo virus potente e indestructible”.  Y él, también se quejaba: “Che puto, por esa mina te quedaste sin tiempo para los amigos… ya vas a caer llorando al café”.  No lo sabía, pero resultaría profético.  Tenía otro dicho para mí, desde que habías aparecido en mi vida, Leonora: “Che puto, es demasiado mina para vos, te queda grande”.  También, sin recorte alguno, buenazo como es, me expresaba su sana envidia, “me la comería enterita a la Leonora esa… ¡Ay, mamita”.  Parecida a la de los demás amigos comunes, salvo que la de ellos no era muy sana que digamos.

 

Yo estaba en mis 33.  En mi Pyme éramos, contando a mi hermano, ladero de fierro, doce personas en crecimiento sostenido en la venta y distribución de servicios agrotécnicos.  Leonora acababa de cumplir los 28.  Estaba haciendo un master de turismo internacional.  Su papá tenía una compañía de turismo en Chile y otra en EEUU y quería que su hija se pusiera al frente de la sucursal chilena.  No teníamos dudas ninguno de los dos.  Habíamos encontrado cada uno en el otro, la mitad que lo complementaba.  Reconocíamos sin vueltas, que jamás habíamos amado de esta manera.  De ahí a plantearse que nuestra pareja era de por vida, no había un solo centímetro.  Un año inolvidable e irrepetible.  Nos atraíamos como el enfermo a la salud, como el hambriento a la comida, como el sediento al agua fresca, o como los polos más opuestos imaginables.

 

El problema es que éramos polos de voltaje excesivo.  Así es que no era raro que en ocasiones hubiera un verdadero festival de chispas.  ¿Sonrisa encantadora?  ¡Sí!  ¿Carácter fuerte, que le dicen?  ¡También!  Con dos temas básicos en disputa permanente: la política y el feminismo.  Ambos, en posiciones tan firmes como disímiles.  Aunque en la segunda, el feminismo, yo podía hacer un esfuerzo y sobrellevar el tema sin hacer cortocircuitos.  No me considero para nada un “machista” y estoy de acuerdo con el empoderamiento femenino y todos los reclamos conexos en cuanto a respeto total por el otro, igualdad de  ingresos y oportunidades.  Chocábamos sólo cuando asumías ese fanatismo que era lo único que no te podía soportar.  Te habías embarcado en un feminismo a ultranza y te ponías como loca cuando yo (y otros también) lo llamaba feminazismo, y eso era ni más ni menos lo que es.  Sin hacer referencia, ni siquiera tangencial a tu defensa a ultranza del llamado idioma inclusivo(Amigos, el todes me revuelve la panza).

 

Pero la piedra de toque de nuestra relación, la madre de todas nuestras  peleas, era la puta política argentina:

─Carlos, me parece inconcebible que, inteligente como sos, no puedas entender que Néstor y Cristina son tan fundacionales para la Argentina como el mismo San Martín…  Tal vez, más importantes aún.  Antes de Perón, Néstor y Cristina este país no existía, la dignidad del trabajador menos aún y vivíamos en estado de esclavitud.

─Mi  querida, no voy  discutir al General, sí al matrimonio nefasto que le dieron un nuevo sentido a la palabra gobernar, traduciéndolo en corrupción generalizada.  Que en un puñado de años le quitaron todo sentido a la palabra trabajo al cambiarla por asistencialismo, piquetismo y camporismo.   Y que, además,  fomentan el clientelismo para sus punteros políticos a fin de ganar elecciones…

─¡Callate, callate, hablás como un facho macrista, un gorila de mierda!

 

Cuando llegábamos a este punto, yo ya sabía que Leo no iba a retroceder.  Era inútil que le explicara hasta el cansancio que yo de macrista, nada.  Que pensaba que la administración del ingeniero (y su “equipo ministerial de lujo”) había sido funesta; y tanto, que se vio obligada a entregar nuevamente el gobierno a la “siniestra señora”.  Pero para el cerrado criterio en estos dos temas de Leonor, estar contra el kirchnerismo era, automáticamente, ser un gorila macrista.  En fin, creo que no vale la pena sumar detalles.  (¿Peleas de este tipo?, todas las semanas).  Trataba de evitarlas, sabedor de que no nos iban a llevar a buen puerto.  Pero su fanatismo me sobrepasaba, haciéndome abandonar mis buenos propósitos.

 

Estábamos a un mes de nuestro primer aniversario, seguíamos amándonos en una forma desusada para estos tiempos. Más bien, éramos como los amantes del romanticismo de Rubén o Flaubert y Rosalía de Castro.  Y hacíamos planes para el futuro; ella con su agencia de turismo en Chile, y yo y mi Pyme, abriendo un nuevo mercado en el país trasandino.  El mundo, la vida y el amor nos sonreían a pleno.

 

Para ese sábado “inolvidable”, había reservado mesa en Paladar Buenos Aires, a las 22.  Un par de horas antes nos estamos “poniendo lindos” para la ocasión.  Decís de pronto:

─Estuvo brillante Alberto en la conferencia de prensa de hoy, al decir que con el nuevo cepo al dólar se van a recuperar divisas para el Banco Central y…

Sé que no debo contestar.  Justo hoy leía en un posteo de Fb que perder un amigo o a alguien querido por sus opiniones políticas, es un acto criminal y… ¡estoy de acuerdo!

─A ver si les tapa la boca a esos gorilas vendepatria y delirantes…

No debo, no.

─Mi amor, no te enojes pero en seis meses de “gobierno albertista” no pegaron una.  Vamos de malas a peores.  Aumentan la pobreza, la inseguridad, la inflación y, para colmo, cientos de empresas hacen fila para irse del país… y los jóvenes van a ir detrás.

 

¡Boludo grande…!  Sabía que no debía contestar.  La discusión, más y más virulenta, se me hacía más insoportable que de costumbre.  Me mordía por contestar, pero sabía que de hacerlo, lo iba a hacer de la peor forma posible…  De pronto, no aguanté más:

─¡Pero no me jodas más!  Me parece increíble que una mujer preparada, sea tan ignorante e irrazonable…  ¡Me tenés las pelotas por el piso!  ¡Sos un montón de ignorancia en una sola persona…!  ¡Leo, estoy  harto de tu ceguera política… ya basta!

 

Mis dichos habían terminado en alaridos destemplados y supe en el acto que había metido la pata hasta la cintura. Por el contenido y por la forma.  El silencio se hizo tan denso que me era desconocido.  Por el rabillo del ojo, vi la expresión congelada, la mirada de sus ojos sin expresión, yerta, muerta, la mandíbula endurecida de Leonor y tuve miedo.  Mucho.  Mi miedo deviene en pánico cuando veo que se comienza a desmaquillar lenta pero inexorablemente. Desesperado por “arreglar” comienzo a disculparme, decirle cosas dulces, halagarla.  Inútil, le hablo a la pared. Sentado en un sillón y abandonado todo intento de hacer las paces, me limito a observar como Leonora, conservando ese acting de frialdad absoluta y con movimientos precisos, sin ampulosidad alguna, se apresta a acostarse.  Es la hora en la que debimos arribar a la cena de festejo de nuestro amor.

 

Desolado, voy a  la heladera, me preparo un emparedado y un whisky machazo.  En el balcón trato de ser optimista, pero tengo la funesta impresión de que algo se ha roto.  Mi raciocinio me dice que es imposible que una relación de la intensidad de la nuestra se rompa por una discusión sobre la penosa política argentina.  Pero, es lo que me temo.  A las dos de la madrugada, después del tercer whisky doble, me decido a ir a la cama.  Como lo temía, Leonor está ocupando el centro de la misma.  Resignado, me tiro en un sillón.  Despierto casi a las diez de la matina, meándome y con una resaca fenomenal.  Luego de desahogar la vejiga y mojarme en forma abundante la cara, voy hacia el cuarto a ver “cómo amaneció el día”.  El lecho está vacío y, parece, que la casa ídem.  El silencio asusta y no veo ninguna de las pertenecías de mi mujer.  Una nota en la mesa de luz me espera.  Sin ganas, voy hacia ella:

 

Carlos: Te he querido con todo el corazón, pero lo nuestro se acabó.  De ninguna manera me veo compartiendo mi vida con alguien que piensa como toda esa gente que tanto daño le ha hecho y hace a las clases populares de la Argentina. Cuando puedas, juntá el resto de mis cosas y envialas a casa de mi mamá.  Si algo me quisiste, te imploro que no hagas el menor esfuerzo en ponerte en contacto conmigo.  Que seas feliz.}

 

Y así terminó el gran amor de mi vida.

 

La sigo extrañando y mantengo la misma incredulidad en lo referente a que una forma de pensar en política se le haga intolerable a la otra que, enamorada, decide apartarte de su vida para siempre.  No es de personas pensantes.

 

Lloré, lloro y lloraré.

 

 

por Carlos Fernández Rombi – 09 oct 2020

 

Homo homini lupus (El hombre es el lobo del hombre)

Thomas Hobbes

 

¿Para qué forzar la imaginación?

La vida real nos brinda hechos difíciles de imaginar.

Historia de la vida real.  El nombre ha sido cambiado.

 

Noah Maess tiene la piel oscura, propia de los afrodescendientes.  De buena presencia e inteligencia por sobre el promedio, había ingresado en una prestigiosa Universidad de Amberes.  A sus veinte años, lleno de proyectos ambiciosos y con las habilidades que se necesitan para su concreción, creía de importancia capital no ser visto como “un negro más”.  Se le ocurriría lo que pensó era la solución.

 

No tengo dudas de la importancia de ser admitido en la Fraternidad Reuzegom, que es el hogar natural de los hijos de las élites blancas de la ciudad.  Con mi buen promedio en los estudios y siendo miembro de la fraternidad, podré ser uno más.  Sin importar el color de mi piel…  ¡Seguro…!  Además, no soy “tan negro”.

 

Sé muy bien que lo peor va a ser enfrentarme a las “novatadas” a las que someten a los nuevos aspirantes a miembros.  Las putas novatadas son reconocidas por su crueldad y en mi caso, por mi color de piel, seguramente serán aún peores.  Pero una vez superado el mal trago, “seré uno más” (y de los mejores).  ¡Vale la pena Noah!  Lo consulté con mis padres.  Mamá trató de hacerme desistir (tiene miedo de que lastimen al nene).  En cambio, Papá, pensó que a pesar del mal trago inevitable, me abriría un horizonte lleno de oportunidades.  ¡Allá vamos!

 

No fue nada fácil. De movida los miembros directivos de la Fraternidad no me querían aceptar.  Finalmente (luego de rogar y rebajarme), me pusieron una condición previa a la novatada: hacer la limpieza vestido de mucama luego de una de sus “fiestitas”.  No sólo fue un abuso y un asco; tres de los miembros vestidos como los nefastos grandes maestros del Ku Klux Klan me vociferaban canciones nazis en alemán de claro tono racista.  Quedé bastante asqueado y sin ganas pero, “ya estaba ahí”.

─Lo peor ya pasó -me dijo, palmeándome el hombro, uno de los chicos-.  Mañana a la noche, vos y dos candidatos más tendrán su novatada y luego serás uno de los nuestros.  No te preocupes, la cosa va a ser livianita.

 

Noah Maess fue obligado, junto con los otros dos novatos, a beber alcohol en exceso, tomar aceite de pescado hasta vomitar, tragar peces dorados vivos y permanecer de pie en el interior en una zanja llena de hielo.  Noah murió debido a una falla orgánica múltiple.  Su muerte fue considerada como un trágico accidente, simple ejemplo de una novatada que salió mal.

 

Homo homini lupus.

 

 

por Carlos Fernández Rombi – 27 sep 2020

 

Pasaron treinta años desde que empezaron a vivir y a celebrar su amistad.  Voy, a manera de relator desinteresado, tratar de caracterizarlos emocionalmente.  Previamente, quiero aclarar que se trata de cuatro buenos tipos… ¿me explico?  En eso, no se sacan ventajas.  Allá voy, empiezo por edades, del mayor al benjamín.

 

Carlos o Carlitos

Es el intelectual del grupo y, para colmo, escritor, lo cual no quita que sea el más mal hablado y “pesado” a la hora de las bromas.  Bastante “creído” aunque trate de disimularlo.  Pero cierto es que los años no pasan en vano, y han limado “un poco” esa soberbia natural.

 

Eduardo o el Edu

Buenazo, pachorriento, siempre con una frase atinada para disculpar los exabruptos de los otros.  Humor estable y pacífico.  Siempre listo para poner la sonrisa que disimula una discusión de momento ente los otros.  A la hora de comer: el number one.  (Carlos lo llama, en la mesa, el pulpo cruel).

 

Jorge o Georgie: buen humor permanente, peligroso con las féminas.  Campo en el que en el pasado, acumuló algunas historias que vamos a disimular piadosamente… -y a envidiar, también-.  Suele andar con una canción de Juan Luis Guerra en los labios.  Siempre listo para un favor o una frase de consuelo a tiempo.  Sonrisa fácil y contagiosa.

 

Salvador o el Chiqui

Fachero y soberbio (también trata de disimularlo, a veces).  Es el atleta del grupo y, tal vez, el de mayor trato social. Una capacidad única para “meterse” en cualquier ambiente y manejarse con total soltura.  De tímido, cero.  El único “no dominado por su mujer” (está soltero, aunque dobla en hijos a los anteriores).

 

Así, el cuadro está completo.  Cada 20 de julio (Día Internacional del Amigo) los supo encontrar a lo largo de estos treinta años, sin un fallo, rodeando una mesa bien servida.  Este Día del Amigo fue la triste excepción.  El 2020, con su Covid-19 y su cuarentena, dijeron no.

 

Y todo pasó por los “saludos celulares”.  Este cronista espera y les desea que en el 2021 retomen su linda costumbre.  ¡Así sea!