por C. Fernández Rombi– 17 ago 2020
A mi querido hermano, Daniel A. Fernández,
quien, sin proponérselo, inspiró este pequeño relato.
Bueno, algún día me tenía que tocar a mí. Te cuento, estaba cortando el pasto del fondo de casa… quizás hacía mucho frío o tal vez, había exagerado con las tortas fritas del desayuno o, tal vez, los setenta no son los cincuenta o, tal vez, la presión arterial, como hace a veces, estaba en las alturas… La cuestión fue que a la mitad del trabajo me agaché hacia la cortadora para acomodar un cable y… ¡fue lo último que recuerdo!
Pasado el mediodía desperté en la Terapia Intensiva del Hospital General de Merlo. A cuenta gotas me fui enterando: había tenido un accidente cerebro vascular (ACV) de los llamados leves (en criollo: de esta me iba a salvar); con parálisis en la pierna y brazo izquierdos. Al día siguiente me pasaban a sala general.
Ya en la habitación común de tres camas, empieza y termina realmente esta historieta. Una de las camas estaba vacía, yo en la del medio y contra la pared más alejada de la puerta, un veterano en sus setenta; pelo más pelo menos, mi edad. Rápidamente me di cuenta cual iba a ser mi mayor problema hasta poder rajar del hospital. El buen hombre sufría de incontinencia verbal. Reconozco que estando internado, es ideal tener un compañero de charlas para no darle tanto trabajo a la pensadora.
Pero este tipo (─Juan Viale, para servir a usted. ─Álvaro Godoy, mucho gusto; y, por favor, dejemos lo de señor, con Juan y Álvaro alcanza y sobra ¿no te parece? ─Bien don Álvaro, como usted diga y quiera don Álvaro… faltaría más, hombre, ya que parece que vamos a compartir unos cuantos días… ¡que joda don Álvaro…! Espero que los dos sanemos rapidito… ¿No le parece bien don Álvaro?) era intolerable para un sujeto tranquilo y callado como yo. Ahí mismo decidí abandonar y que se curtiera mientras yo dejaba mi mente en blanco. No iba a ser fácil, el “Juan Viale, para servir a usted” estaba dispuesto a hablar sin solución de continuidad. A modo de tibia disculpa, te cuento que llevaba dos meses y todavía le faltaba un tiempo (creo que ya figuraba en el inventario del hospital).
Si me preguntás que mal lo afectaba, debiera contestarte que lo ignoro… Pero mí otro yo te contestaría, con seguridad absoluta: escarismo agudo (no lo googlees porque no existe tal enfermedad, creo que la inventó este hombre). Claro, lo entiendo; a mí mismo ya me había aparecido una de esas putas escaras en una nalga, del roce continuado con la sábana y, ¡puta, que joden! El “Juan Viale para servir a usted” tenía dos; y una (que me quería mostrar a todo coste y a lo que siempre me negué), muy profunda y dolorosa.
Sabés mejor que yo que dos tipos internados en camas a las que solo separa una mesita de luz, tienen un montón de temas de charla ocasional: política, fútbol, corrupción, el dólar, la inflación, la humedad, las minas (en nuestro caso, sus recuerdos), la polución, el Covid-19 y hasta la edad de la Legrand. Pero no, para el “Juan Viale para servir a usted” había un tema exclusivo y apasionante: las escaras. Las de él, tema que lo apasionaba y amargaba mucho más que esa enfermedad que lo había internado y que nunca supe cual corno era; y, tangencialmente, como para matizar, la mía incipiente. Veamos un par de ejemplos, que ya, de tanto oírlos, están grabados para siempre en mi memoria:
─¡Buen día, don Álvaro…! ¿Y cómo amaneció hoy el hombre? ¿Remolón eh? No importa hombre, estando acá hay que aprovechar a dormir… ¿Yo…? Bien también, pero hoy la escara más chica me pica a lo loco y la grandota, duele más que nunca… ¡Qué barbaridad…! No hay dudas don Álvaro, los hombres nacimos para sufrir y las escaras son instrumentos del Maligno… ¡Ay, las putitas escaras! Don Álvaro créame, a veces tengo unas ganas de llorar que ni le cuento…
Nunca en la quincena que compartí con este personaje inolvidable y, a pesar de todo, querible… mejor dicho aún, querible y detestable, abrí un ojo antes que él. Cuando finalizaba este parlamento o alguno muy parecido, yo recién podía colocar un “Buen día, Juan”. Que era la piedra de toque válida para que el buen hombre se mandara con:
─A las 6 estuvo la enfermera don Álvaro y nos hizo la curación de escaras a los dos. Claro, usted don Álvaro ni se enteró… la suya es muy pequeña todavía... pero conmigo estuvo una hora completita, viera. La grandota estuvo supurando a lo pavote, viera; y la chiquita, pica como una endemoniada, la gran putita, ¿vio don Álvaro? Le digo, don Álvaro, la grandota es la más jodida… y parece que no quiere arreglarse… vio. Mi hija, la Erminda, va a ir hoy a una ortopedia, parece que consiguió unas almohadillas especiales para evitar el roce que es lo que lastima, ¿vio don Álvaro? Le pedí que me compre una para usted… ¡Hombre, nada que agradecer, don Álvaro…! ¿Somos cumpas de infortunio o no lo somos? Y además, le digo…
E inevitablemente, este era el momento en que empezaba a adormecerme nuevamente.
Bueno, este es el final de mi historieta. Ya estoy en casa y el kinesiólogo dice que en un par de meses voy a quedar como nuevo. Tengo el celular de Juan Viale anotado de su propia mano (olvidé darle el mío). Ya pasaron quince días desde el día en que nos separamos y aún escucho su pedido:
─No deje de llamarme don Álvaro, así charlamos un ratito… Estando acá es lindo hablar con alguien, vio don Álvaro… Le hice números grandes y claritos para que no le cueste… sabemos que la vista a nuestra edad se va poniendo jodida, vio don Álvaro. Y en cuanto a usted don Álvaro, le voy a rezar a Diosito para que se recuperé del todo y vuelva cortar el pastito de su casa… No se olvide de llamarme, don Álvaro… Quedó a la espera…
Lo cierto es que cada día lo recuerdo. Decido llamarlo, no lo hago y no puedo dejar de sentirme un miserable sin perdón… pero, el tema me supera.
Notas innecesarias del autor:
1. Las escaras (o úlceras de la piel por presión) son áreas de piel y tejidos dañados provocadas por una presión continua, por lo general, de una cama o silla de ruedas.
2. Al lector que haya sido capaz de leer los dichos del paciente Juan Viale sin bostezar un mínimo de dos veces, le digo: ¡Sos un tipo muy especial!



