por Nacho D’Aquila - 11 jul 2019
Subí al remís con un “Buenas noches”, pero sólo obtuve un leve gruñido como respuesta. Con el auto en marcha dije que iba a la vuelta de la cancha. Otro gruñido llegó: “¿A qué calle?”. No sonó agresivo, más bien como quien trata de seguir una conversación mientras se fija que no se le queme la omelet en el fuego.
El viaje fue en silencio. Llegando a una esquina, el chofer profirió: “¿Doblamos a la derecha o a la izquierda?”, a lo que contesté “Izquierda. Cruzando Anchorena, media cuadra de mano izquierda”.
-¿Cómo cruzando Anchorena? A la derecha, entonces –dijo el conductor.
-Mmm… no. Anchorena es la segunda a la izquierda.
Luego de un momento de pausa, llegó la confesión. “Uhhh, disculpame”, empezó el chofer, “Tengo la cabeza en cualquier lado. ¿Querés que te diga qué pasa?”, y sin esperar respuesta, continuó, “Hace unas semanas conocí a una mujer, y me dio vuelta la cabeza tanto como yo a ella. Y estoy hecho un pelotudo”.
Con el auto detenido, le di un billete mientras abría la puerta. A cambio, me llevé el vuelto y una confesión inesperada.
por Nacho D’Aquila - 23 may 2019
Estás en el trabajo, en una fiesta, descansando en tu casa o esperando el colectivo. El celular no conoce de protocolos o límites. Suena. Y el reflejo condicionado parece no poder dejarlo sin atender. La mirada y la atención se dirigen al chat y encuentran una foto, un meme, un link o un video. Alguien lo vio, le pareció gracioso, indignante, profundo o de interés general e hizo algo para lo que debería haber un permiso especial: reenviar.
Tendría que haber una variante en las aplicaciones de celulares que nos permita elegir quién nos puede mandar este tipo de cosas y quién no. Porque lo que sucede es que uno pierde tiempo viendo un video que no le arranca ni media sonrisa o leyendo un artículo de un pseudoperiodista pedante –quién sabe si esta misma pieza no fue reenviada- que no tiene más profundidad que una pileta de lona.
La realidad es que mucho del contenido cultural que recibimos viene de directores de contenidos que tienen para reenviar, estándares más bajos que un escabel; o simplemente, distintos a los nuestros. ¿Y si hubiera un precio? ¿Mi amigo me hubiese reenviado ese video de política si le costara, qué sé yo, privarlo de Internet por tres horas? ¿El compañero del equipo de fútbol mandaría ese debate de chimosos acalorados, si eso le costara su titularidad en el equipo? ¿Mi tío me hubiese mandado ese meme si eso le significara perderse las achuras en el próximo asado?
La televisión se vació de contenido. Los diarios se volcaron a servir cada vez más sus propios intereses. Al frente de las compañías discográficas, no parece haber nadie con tino suficiente que diga “edito esto porque es un valor y no por la ganancia”. En este contexto, nuestros directores de contenidos de bolsillo cometen el que pareciera ser el mayor pecado de estos días: nos roban tiempo.
por Nacho D’Aquila - 28 feb 2019
El ímpetu con el que la chica entró en el subte permitía adivinar lo que después ocurrió: un poco desencajada, con la aceleración con la que venía se sentó de prepo en un lugar demasiado chico para ella, por lo que cayó arriba de un desprevenido pasajero. Habrá hecho tal mueca de dolor el muchacho, que la chica rápidamente lo miró y con una genuina expresión de pesar le pidió disculpas.
Lo que hace algunas décadas era orejear el diario, hoy se cambió por espiar el celular. No hay allí una cuestión curiosa ni chusma, sino una forma de matar el aburrimiento.
El muchacho vio que la chica jugaba con los contactos del WhatsApp para luego intuir que no era porque no encontraba un destinatario sino porque no se decidía a escribir. Fue a la agenda, apretó marcar y en el visor del celular apareció el nombre de la persona a quien llamaba: “Garca 2”.
Con impaciencia, esperó el tono pero no pudo comunicarse. Con el mismo ímpetu con el que había entrado al vagón, mientras el subte superaba los 100 decibeles atravesando la oscuridad, buscó a Garca 2 en la conversación del chat. Con unas letras, mayúsculas al extremo, escribió: Y MIGUELITO? Y LA CUOTA???
por Nacho D’Aquila - 24 abr 2019
La cena había estado deliciosa aunque podría decir que el último medio plato estuvo demás. Todos en la fiesta parecían tomarlo con normalidad, pero para él la cantidad de comida ingerida era un despropósito. Se dejó llevar y lo estaba pagando. Se movía incómodo en la silla, se condenaba por la falta de autocontrol y había empezado a transpirar.
Un toquecito en el hombro lo sacó de lo que eran insultos proferidos para sus adentros.
-“¿Helado?”, dijo una voz amable acercando una copa.
Él miró a la persona que ofrecía el postre con cara de negación y a la copa con cara de deseo. Habitual consumidor de cuartos, eventual de potes de medio kilo y poseedor de un record que preferiría olvidar de un kilo en veinte minutos, finalmente dijo:
-“Bueno, el helado es digestivo”.
por Nacho D’Aquila - 19 ene 2019
El cuarto era pequeño, pero estaba ordenado de manera funcional a sus fines. Al lado del placard, una biblioteca con archivos. A su derecha una báscula y más allá un escritorio con una computadora y una impresora. En la pared de enfrente una camilla, a su lado un ecógrafo. Un tacho de basura y no mucho más.
Con el ecografista de pie y el chico que escribía los informes en la computadora, el cuarto empezaba a parecer algo congestionado. Cuando el médico se asomó a la puerta y gritó “¡Leiva!”, directamente comenzó a parecerse a la Varese en enero: entró la chica dueña del apellido y titular de la receta, otra dueña del apellido encargada de un niño y el niño en cuestión en brazos de su tía; y por último, el padre de la futura estrella de la pantalla de doce pulgadas en blanco y negro.
Lo primero que oyó el doctor fue una pregunta que se repite más que ninguna en cada turno: “¿puedo filmar?”. La respuesta, siempre afirmativa, sonó a rutina.
Lo que hubiese seguido sería una escena actuada miles de veces: el doctor, con paciencia y dedicación explicaría a la embarazada cada paso de la ecografía (“esa es la cabeza del bebé”, “está cruzado de piernas y no me deja ver si es nena o nene”, “salió cabezón como el papá”); la tía repetiría al nene las mismas palabras del médico pero sobreactuadas con histrionismo para lograr captar la atención del ahora hermano mayor y evitar que se ponga fastidioso; y el padre, contemplaría con una sonrisa.
Promediando la consulta, el nene ya estará en el piso llevándose el tacho de basura por delante o pisoteando a su padre, el padre mirará por la pantalla del celular lo que está ocurriendo a menos de un metro, y la tía editará con mucho oficio y poco gusto la foto que acaba de sacar. El doctor dirá en voz alta los aspectos técnicos de la ecografía para que el chico sentado en el escritorio complete el informe. Y la madre mirará perpleja. Que tengan felicidades y hasta la próxima ecografía.
Esa es la escena por lo general. Pero no esta vez. El doctor grita “¡Leiva!” y entran las hermanas Leiva, el esposo de la embarazada y su hijo. “¿podemos filmar, doctor?”, “sí, no hay problema”. La tía y el esposo sacan sendos celulares y se preparan para darle rec en cuanto empiece la ecografía. El doctor pone el gel al transductor y el taquígrafo las manos sobre el teclado. Como un mago dispuesto a abrir el show, el médico dice “vamos a ver…” y aparece como por arte de magia la primera imagen y el sonido de los latidos. Pero no sería un gran show sin el giro sorpresivo del espectáculo: con el estruendo sordo de los aparatos apagándose, la luz se corta. Oscuridad total. Murmullo en la sala de espera. El esposo intenta prender la linterna del celular mientras la tía dice entre risas “le voy a contar a mamá, no lo va a poder creer”. El doctor putea internamente mientras se excusa para ir a averiguar qué pasó. El taquígrafo se pasa las manos por la cara, temiendo que la luz vuelva en breve y sólo haya extendido su jornada laboral.
Ahí, entre la oscuridad repentina y el poco espacio, el niño se las ingenia para llegar hasta la madre acostada en la camilla y tomarla de la mano. De alguna manera se las arregló para ver sus lágrimas de felicidad y no se quiso perder el momento.