por Nacho D’Aquila - 11 jul 2019

 

Subí al remís con un “Buenas noches”, pero sólo obtuve un leve gruñido como respuesta.  Con el auto en marcha dije que iba a la vuelta de la cancha.  Otro gruñido llegó: “¿A qué calle?”.  No sonó agresivo, más bien como quien trata de seguir una conversación mientras se fija que no se le queme la omelet en el fuego.

 

El viaje fue en silencio.  Llegando a una esquina, el chofer profirió: “¿Doblamos a la derecha o a la izquierda?”, a lo que contesté “Izquierda.  Cruzando Anchorena, media cuadra de mano izquierda”.

-¿Cómo cruzando Anchorena?  A la derecha, entonces –dijo el conductor.

-Mmm… no.  Anchorena es la segunda a la izquierda.

 

Luego de un momento de pausa, llegó la confesión.  “Uhhh, disculpame”, empezó el chofer, “Tengo la cabeza en cualquier lado.  ¿Querés que te diga qué pasa?”, y sin esperar respuesta, continuó, “Hace unas semanas conocí a una mujer, y me dio vuelta la cabeza tanto como yo a ella.  Y estoy hecho un pelotudo”.

 

Con el auto detenido, le di un billete mientras abría la puerta.  A cambio, me llevé el vuelto y una confesión inesperada.