por Nacho D’Aquila - 23 may 2019

 

 

Estás en el trabajo, en una fiesta, descansando en tu casa o esperando el colectivo.  El celular no conoce de protocolos o límites.  Suena.  Y el reflejo condicionado parece no poder dejarlo sin atender.  La mirada y la atención se dirigen al chat y encuentran una foto, un meme, un link o un video.  Alguien lo vio, le pareció gracioso, indignante, profundo o de interés general e hizo algo para lo que debería haber un permiso especial: reenviar.

 

Tendría que haber una variante en las aplicaciones de celulares que nos permita elegir quién nos puede mandar este tipo de cosas y quién no.  Porque lo que sucede es que uno pierde tiempo viendo un video que no le arranca ni media sonrisa o leyendo un artículo de un pseudoperiodista pedante –quién sabe si esta misma pieza no fue reenviada- que no tiene más profundidad que una pileta de lona.

 

La realidad es que mucho del contenido cultural que recibimos viene de directores de contenidos que tienen para reenviar, estándares más bajos que un escabel; o simplemente, distintos a los nuestros.  ¿Y si hubiera un precio?  ¿Mi amigo me hubiese reenviado ese video de política si le costara, qué sé yo, privarlo de Internet por tres horas?  ¿El compañero del equipo de fútbol mandaría ese debate de chimosos acalorados, si eso le costara su titularidad en el equipo?  ¿Mi tío me hubiese mandado ese meme si eso le significara perderse las achuras en el próximo asado? 

 

La televisión se vació de contenido.  Los diarios se volcaron a servir cada vez más sus propios intereses.  Al frente de las compañías discográficas, no parece haber nadie con tino suficiente que diga “edito esto porque es un valor y no por la ganancia”.  En este contexto, nuestros directores de contenidos de bolsillo cometen el que pareciera ser el mayor pecado de estos días: nos roban tiempo.