por C. Fernández Rombi – 02 jun 2019

 

 

A las 3 y 57 del inicio del miércoles 12 de setiembre de 2018, comienzo estas líneas.  Que no tengo idea a donde me llevarán.

 

Hace una hora que abandoné el lecho, mis ojos se negaban a seguir cerrados.  Tomé un bocado acompañado de un fernet con soda, leí el Face, el correo y los diarios...

 

Ignoro si el sueño está volviendo.  ¡Ojalá!  Lo necesito, debo levantarme temprano y no tendré tiempo de “hacer cama” en la mañana.

 

He escrito tantas veces, bajo el influjo de este fiel e indeseado compañero.

 

Sobre esta tortura que es el insomnio: he escrito algunos de mis mejores relatos y gracias a este castigo del insomnio, también un  montón de páginas inservibles, en fin...  Seguramente se equilibran unas y otras.

 

En la tarde siguiente, pasadas las tareas de la mañana, me siento a la PC.  A mi común tarea diaria de escribir, leo las pocas líneas fruto del insomnio de la noche anterior.  No encuentro nada para rescatar... “viajan” al papelero.

 

 

por C. Fernández Rombi – 26 may 2019

 

 

Cierta persona de mi conocimiento recibió un SMS, WA o correo ─ya no recuerdo─, firmado por su amada cuyo texto se limitaba a un punto.  Solamente un punto, así: “. Tu amada”.

 

Como supe tener cierta fama de lingüista, ya lejana y no merecida, mi querido amigo recurrió a mis conocimientos para desentrañar el significado del mensaje de su enamorada (condición a la que él respondía con singular entusiasmo).  No supe darle ayuda.  Pero tal hecho me llevó a pensar en el ordenamiento social, más que en el gramatical, de los signos de nuestra lengua.  En el gramatical ya han hecho aportes de fuste, Saussure, Chomsky y otros… ¡Ni pienso enmendarles la plana!

 

Hago públicas mis disquisiciones, con el simple objetivo de que, tal vez, sean de alguna utilidad para alguno de mis lectores. Veamos.

 

La coma

Es, en lo referente a la importancia social, el más sencillo y popular de los signos de puntuación.  Se utiliza para, dentro de una misma oración, aclarar, separar u ordenar dos o más frases o palabras de un texto.

 

El punto y coma

Acá la cosa se hace un poco más seria.  Indica una separación más larga; en especial, si en el párrafo ya hay una, dos o más comas.  Tiene de por sí, un peso social algo más definido.

 

La raya o guión

Es característica esencial del diálogo y va antes del dicho del interviniente.

 

Signos de interrogación

Aclaran, sin duda alguna, que alguien interroga a uno u otros.  Pueden también, manifestar nuestro esencial descreimiento por las estadísticas económicas, de empleo, de escolaridad y otras, expresadas con fervor por los administradores de la cosa pública.

 

Signos de admiración

Para resaltar el carácter admirativo de lo nombrado.  Es muy utilizado por los señores refiriéndose a la anatomía de algunas señoritas o por los políticos para nombrar las cualidades del pueblo (en especial de sus correligionarios), también los utilizan sin remilgos, los sindicalistas (refiriéndose a las bases).

 

Paréntesis

Encierran frases desligadas del párrafo que encierran.  También los usamos cuando no queremos quedar demasiado pegados a lo que referimos.  Ejemplo: “Según el Jefe de Gobierno, el paradigma de la democracia está totalmente reafirmado por la gestión de nuestro  gobierno” (En lo personal, tengo serias dudas).

 

Los dos puntos

Previo a la enumeración de objetos o situaciones, antes de iniciar una pregunta o hacer una cita textual.

 

Los puntos suspensivos

Deja una frase en suspenso (de ahí, ¡caramba!, lo de puntos suspensivos) o se interrumpe lo dicho por ser muy conocido.  Muy común en los refranes populares.

 

El punto y seguido

Separa frases dentro de una misma oración.  En realidad, es una coma con algo más de categoría.

 

El punto y aparte

Indica cambio de párrafo y de renglón, es decir que es per se, de mayor estatus que el anterior.

 

El punto final

Sin la menor de las dudas es, en lo social, el más importante entre los nombrados.  Indica el final de un escrito.  Por lo tanto, el dicente ya no tiene vuelta atrás, su opinión ha quedado registrada (como en los archivos televisivos), no la puede cambiar…  Sin embargo, la historia actual nos demuestra que cualquier autor que se precie, puede, sin mayor esfuerzo, decir que se lo interpretó mal… que lo que dijo o escribió, quería decir exactamente lo opuesto… que la definición que le adjudican es una falsedad ideológica… etc., etc., etc.  Su uso es ineludible para cerrar notas de rompimiento romántico o suicidas.

 

 

por C. Fernández Rombi – 12 may 2019

 

 

Rodolfo espera.  Días atrás cumplió cuarenta y siete, tiene mujer y dos hijos.  Un año antes, su mente liberó una molesta chispa.

 

Empezó en el asado que le hice al Fede cuando cumplió los dieciocho.  Hasta ese momento nunca había cuestionado mi masculinidad.  Ese maldito día, me sorprendí a mí mismo con la vista fija…  Clavada en Julián, uno de sus amigos de la secundaria.  Atleta con cara de galán.  Tan distinto al Fede que todavía parece un chico.  Esa noche me costó conciliar el sueño…  El suave e intermitente ronquido de Nilda no ayudaba.  El recuerdo vívido del muchacho semidesnudo, tampoco.

 

El hombre, analiza la vida amorosa en su matrimonio.  La relación de amistad y compañerismo… bien.  El sexo… casi inexistente.  Ni ella ni él tienen gran interés.

 

Hasta el día de esa visión perturbadora de Julián en la piscina, me masturbaba con las porno de Internet.  A partir de ese momento me volqué a las páginas gay.  Odiándome.

 

Espera.  Un año de esa historia y Rodolfo ha decidido concretarla.  El lugar de la cita, este bar con reservados del Paseo Colón.  En el box más escondido del lugar en penumbras.  El sujeto de su iniciación, un joven taxi boy contactado en la Red.  Charlan, el otro lo mira en forma sugerente, pone su mano sobre la suya, luego la llevará hacia su entrepierna…

 

¡La tiene dura!  No puedo evitar la excitación… estoy a mil.

 

Apenas terminada la negociación, el muchacho expone su virilidad.  Lo toma de la nuca y lleva su cabeza hacia abajo…  El excitado hombre maduro, experimenta una sutil sensación de rechazo, pero ya su boca entra en contacto con el miembro arrogante del servidor.

 

Un hombre de rostro desencajado sale violentamente del bar.  Llega hasta el cordón de la vereda y… ¡vomita entre espasmos!

 

 

por C. Fernández Rombi – 20 may 2019

 

 

A las seis de la tarde, los chiquilines descansan de la pelota.  Sentados o tirados en la vereda.  Alguno, con la espalda apoyada en la pared, otro, echado sobre el piso…  Todos, despatarrados.  Cada uno en su postura más cómoda.

 

Uno de ellos, de expresión soñadora, expresa un deseo:

-Me gustaría ser un pajarito.

 

No haya el menor eco.  Sin embargo, de a poco, uno tras otro empiezan a silbar.  Son canciones pequeñas y distintas…  Hasta que, sin habérselo propuesto, llegarán a concretar un sonido homogéneo.  Que culminará en una sonatina simple y agradable.

 

Cuando la melodía se generaliza… comienzan a levantar vuelo sobre las casas bajas del barrio humilde.  Vuelan con deleite y amplias sonrisas.

 

Al rato, uno de ellos cae y se estrella en el pavimento.  Así, uno tras otro, irán desertando del vuelo y, sin excepción, cayendo.

 

El último en precipitarse, es aquel que había manifestado su deseo primordial.  Alcanzará a modelar en el último instante un pensamiento formal:

-A la final, este sueño de ser pajarito no sirvió ni pa’ mierda.

 

 

por C. Fernández Rombi – 05 may 2019

 

Soy el hombre más poderoso del planeta.

 

En este primer año de mi segundo mandato, ya no caben dudas de que soy uno de los cinco presidentes más importantes de la historia de este bendito país.  He dejado muy atrás la patética imagen de Bush.  Los logros económicos y sociales de mi administración se cuentan por doquier.  Mi mandato termina en tres años y ya no podré ser reelecto, pero… ¿qué duda cabe?, seguiré siendo el árbitro del destino nacional y en el 2005 volveré a la Casa Blanca.  La vida me sonríe.  El mundo se inclina a mis pies.

 

¡Qué madeja maldita!  Un momento de distracción y estoy envuelto en un escándalo nacional… ¡por una puta becaria!

 

El mundo se me vino encima.  Ya no soy creíble.  Ahora tenemos un presidente de piel oscura y, a modo de gran idea, la designa a Hillary, Secretario de Estado; mi ostracismo es total…  Soy “el esposo mujeriego de”.

 

El tiempo pasa y el hombre, ya maduro, que fuera uno de los presidentes más jóvenes del imperio, no puede olvidar su pasada grandeza.  Extraña los titulares de los diarios, la consulta de sus pares, la obsecuencia, en fin…  El Poder.

 

Su mente, incansablemente, busca sin solución cómo volver.  ¡Me corresponde!

 

Sus analistas son categóricos: “es imposible”.  En ocasiones, desvaría.

 

20 de enero del 2013: Barak Obama, vuelve a asumir la presidencia. Entre las personalidades políticas invitadas ocupa un lugar de preponderancia su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, que está acompañada de su esposo.  En el momento del saludo presidencial, Obama exhibe una expresión cálida y amistosa, ambos se saludan cordialmente.  Luego le toca el apretón de manos protocolar con el esposo.

 

Obama, extiende su mano.  Clinton, extiende su mano armada y dispara.  El volteo del arma en su brazo le produce una alegría inmensa.

 

¡Ahora sí!  Nuevamente… ¡soy el hombre más importante del mundo!