por Diego Kochmann – 05 ene 2024

 

Por supuesto que el problema de Karina no era de los más graves, pero tampoco había que ignorar que algo andaba mal con ella. Es que no le gustaba el chocolate, ni siquiera el blanco, el que viene con almendras o en rama. Ninguno. Cada vez que le ofrecían, en lugar de que se le abrieran los ojos como platos y se le hiciera agua a la boca, como a cualquier otro chico, ella giraba la cabeza para uno y otro lado. No había caso, ¡no le interesaba!

 

Como dijimos, no era peligroso, pero al mismo tiempo se trataba de algo que no debía ser. A todos los niños del mundo les encanta el chocolate, hasta chillan, se pelean y hacen berrinches por una mísera tableta.

 

Según varios especialistas, el trastorno de Karina podía estar en sus papilas gustativas. Entonces le rasparon la lengua con un aparato filoso, que hasta hizo llorar a la pobre niña, para tomarle muestras de sus células. Pero, al parecer, eran totalmente normales. ¿Entonces, qué era lo que le pasaba? Los padres, siempre angustiados, la llevaron a infinidad de médicos y le realizaron estudios de todo tipo, algunos muy molestos. Hasta la internaron un par de días para tenerla en observación.

 

Y ahí continuaban los científicos, intentando descubrir el mal de la pequeña, que no comprometía para nada su salud. Sin embargo, había que encontrarle la solución. ¡Karina debía ser una niña como todas las demás!

 

 

por Diego Kochmann – 07 oct 2023

 

Una de dos

No sé si fui un mal cantante o un buen cantante con mala suerte, no dejaba de atormentarse el hombre con esa duda, mientras terminaba de preparar las medialunas antes de ponerlas en el horno.

Ya estaba a punto de jubilarse tras casi toda una vida trabajando en aquella panadería, la que, por supuesto, nunca formó parte de sus sueños de juventud.

 

La historia de siempre

¡Tremendo puntapié encajó el televisor al libro!

–¡Andate de acá, que ya nadie te quiere!

Y el libro se marchó nomás, rengueando, no sin antes advertirle:

–No te confíes tanto, algún día te sucederá lo mismo.

Una carcajada despectiva fue toda la respuesta del aparato.

Solo unos años después, el teléfono celular se acercó al televisor con aires de grandeza y le dio una patada monumental en el trasero.

–¡Andate de acá, que ya nadie te quiere!

Y el televisor se alejó nomás, dolorido, no sin antes prevenirle:

–No te confíes tanto, algún día te sucederá lo mismo.

El celular lanzó una sonora risotada por sus diminutos altavoces.

Y así estuvo sus buenos años, creyéndose el rey de la humanidad. Su soberbia era tal que ni de casualidad advirtió lo que el libro y la tele estaban observando desde allá lejos: la extraña silueta de un artefacto nunca antes visto, se le acercaba con cara de pocos amigos y toda la intención de propinarle el patadón de su vida.

 

A lo Monterroso

Cuando apagó la Playstation, el dragón escupefuego todavía estaba allí. (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, Augusto Monterroso).

 

Memorizol 500

Son buenísimas. Te tomás una todas las noches y…, esteeee… ¿Qué estaba diciendo?

 

 

por Diego Kochmann – 07 ago 2023

 

¡Otra vez sin sonido!

Justo le estaba reprochando a mi marido por el lavarropas que nunca se disponía a arreglar, cuando se dejó de escuchar mi voz. Sabía que no me había quedado afónica: se había cortado el sonido, ¡por tercera vez en la semana!

Obvio que no podía reclamar por teléfono, porque no le hubiese escuchado nada al empleado de la compañía de sonido. Así que salí a la calle a averiguar qué pasaba. Si tenía que esperar a que Jorge moviera un dedo… En fin, apenas me cruzó mi vecina Anita, me hizo señas de que esperara. Volvió enseguida con el celular y me mostró un mensajito: “Estamos reparando un desperfecto en uno de los generadores de la zona, el sonido se reestablecerá mañana a primera hora. Sepa disculpar las molestias. Sonidos Argentinos”.

Saludé con un gesto a Anita y regresé resignada a casa. Lo único bueno de todo esto, si es que hubo algo bueno, fue que no tuve que escuchar los ronquidos de Jorge durante toda la noche.

 

Empresa de seguridad fantasmal

Una noche, mi sobrinito tiró la idea sobre la mesa, ¡y nos encantó! Enseguida pusimos manos a la obra y al poco tiempo nacía FANTASEG. Con orgullo debo decir que fue un éxito desde el comienzo. Es que se combinaban muchos factores, todos a nuestro favor: una ciudad peligrosa, por consiguiente el lógico miedo de aquellos que temían dejar sus hogares solos cuando se iban de vacaciones y, sobre todo, la buena disposición de los fantasmas. Es que a ellos no les interesaba el dinero, ¿para qué les servía en su mundo espectral? Por lo tanto no nos cobraban nada por el servicio de asustar a los ladrones que intentaban ingresar en las viviendas vacías. Lo hacían por puro placer, es que no había nada que los divirtiera más que pegarles flor de susto apenas intentaban meter los pies en las casas ajenas. Y se desarmaban de risa al ver cómo huían despavoridos, para no volver nunca más.

Los que comenzaron a quejarse fueron los vendedores de alarmas, pero bueno, esa es otra historia.

 

¡No! ¡Así noooo!

Desde una pequeña colina se podía apreciar la magnitud del imponente ejército romano. Dispuesto en una formación en V, provocaba admiración y terror al mismo tiempo, sobre todo a las tribus germánicas, sus siguientes víctimas. Y allí estaban, esperando la voz de ataque, miles y miles de soldados, con sus cascos de metal y sus pesados escudos. Algunos llevaban espadas, lanzas y dagas, otros ya tenían sus arcos preparados. Unos cuantos portaban jabalinas y aquel de más allá… ¡¿un rifle de asalto Kalashnikov AK-47?! ¿¿Pero cómo podía ser eso?? El centurión se acercó al soldado.

–Su nombre, legionario.

–Julius Pretus.

–¿Y qué es esa cosa que tiene en la mano?

–No lo sé, la encontré cerca del campamento.

El centurión tomó el arma y comenzó a revisarla con extrañeza: la culata, el cargador, el seguro… Apoyó un ojo en el extremo del cañón.

–No se ve nada adentro. Acérquese legionario, voy a volver a mirar por este hueco y mientras, usted tire de esa palanquita curvada hacia atrás, a ver si llego a ver algo.

 

 

por Diego Kochmann – 09 sep 2023

 

Maestro

Afirmó el escritor: “El principio de un cuento debe ser como una rampa con una cáscara de banana en el medio. Después de semejante porrazo, el lector no va a volver a distraerse hasta el punto final”.

También dijo: “Resulta muy fácil saber cuándo un libro está terminado. Hay que sujetarlo por el lomo y sacudirlo con fuerza. Si no cae ninguna palabra sobre la mesa, significa que ya está listo”.

Continuó el maestro: “Escribir es zambullirse de cabeza en el interior de uno mismo. Todos esos mundos nuevos y maravillosos por descubrir no están afuera, sino dentro de uno. Y hacia allí hay que viajar, llevando dos bolsos por todo equipaje: uno cargado con todas las lecturas y, el otro, con las vivencias propias”.

Y siguió desparramando sabiduría: “Muchas veces me preguntaron cómo se me ocurren las ideas, pero lo cierto es que a mí no se me ocurre nada. Resulta que en mi casa viven unas mariposas prácticamente invisibles, que todo el tiempo revolotean a mi alrededor, cargando una idea en el lomo. Como son casi ciegas, y un poco torpes también, a cada rato se chocan conmigo y se les caen las ideas dentro de mi cabeza”.

La sala quedó sumergida en un silencio absoluto. ¿Sería por asombro? ¿Por admiración? ¿O tal vez por indiferencia y aburrimiento?  Eso nunca lo sabremos.

 

Cautivos

Observando a toda esa gente en la calle, hablando con sus celulares, mandando mensajitos, jugando o comprándose algo, sentí que estos aparatos eran como esas bolas de acero súper pesadas que llevan los presos a cuestas, de las que es imposible desprenderse.

Entonces, con horror, y también con bronca, me di cuenta de que yo estaba en la misma que todos. ¡Pero no! Yo quería ser libre. Con rabia, lo saqué de la mochila y pensé arrojarlo lo más lejos posible. Y ya estaba tomando impulso con el brazo, cuando se me ocurrió que quizás podría llamarme mi mamá, o mi novia, o Delfi, que me tenía que contar cómo le fue con su amigo nuevo. Además estaba esperando un llamado importante de la oficina… Y también teníamos que arreglar con los chicos para salir el sábado, y con los de la facu, para reunirnos para el parcial del jueves… Y me iba a comprar unas zapatillas por Mercado Gasto…

Juro que intenté deshacerme de esa horrible bola de acero, pero no pude. La cadena que la tiene atada a mí es indestructible.

 

Se acumulan los años, ¡y los kilos también!

Se detuvo ante aquella fotografía, flanqueada por un original marco de madera tallada que colgaba en una de las paredes del comedor. Esbozó una sonrisa dado que no recordaba haber sido tan delgado. Pero, claro, habían pasado al menos cuarenta años. Y aunque aquel retrato le traía buenos recuerdos, decidió que era tiempo de reemplazarlo por uno más actual. Buscó una foto de sus últimas vacaciones en la computadora ("la menos desastrosa"), la imprimió en el tamaño adecuado e hizo el cambio.

Tras colocarle el vidrio protector, fue a su habitación a descansar un rato, y estuvo a punto de conciliar el sueño cuando un fuerte ruido lo despabiló. Aturdido, corrió hasta el comedor y se encontró con el cuadro en el piso, boca abajo y, entre los pedacitos de vidrio desparramados por todos lados, yacía moribundo el clavito, todo retorcido de dolor. Lógico. El pobre había sostenido ese nuevo peso todo lo que pudo, ¡hasta que no aguantó más!

 

 

por Diego Kochmann – 05 jun 2023

 

Nunca se me hubiese ocurrido algo así porque, claro, uno nunca se pone a pensar en esas cosas. Y, a decir verdad, es bien lógico esto de lo que acabo de enterarme. El planeta, por más grande que sea, funciona como cualquier otro objeto. Y para moverse, tanto alrededor del Sol como rotando sobre sí mismo, necesita energía.

 

Parece que algunos científicos de la Universidad de Harvard, basándose en la velocidad de su movimiento y otros factores que no entendí muy bien, calcularon que a la Tierra le quedan diecisiete meses de potencia y que después se va a detener. Si esto llega a ocurrir será el fin para todos nosotros, pero por suerte uno de estos científicos (o de otra universidad, creo que leí) descubrió que se le pueden cambiar las pilas al planeta, y ponerles unas nuevas. Encontraron enterrado en un desierto de Australia el pozo donde van las pilas. Eso ya se sabe, ahora tienen que terminar de construir estas dos pilas gigantes, BBB las llaman.

 

Parece loco pero es así, lo acabo de leer en las redes sociales. ¿Por qué tendría que pensar que se trata de una mentira?