por Nacho D’Aquila – 19 may 2020
Luchó todo lo que pudo, pero la situación ya estaba definida. Lo había postergado en varias oportunidades, a veces con un saludable ingenio. Pero el desenlace era inequívoco y fue inevitable.
“Tengo que salir, no me queda otra”. Sacó un pantalón del placar y se lo puso, no sin cierta dificultad. Tenía olor a humedad y naftalina, si eso era posible. Luego las zapatillas y una remera. Por hábito, fue a verse al espejo del baño. No había mucho que hacer con lo que le devolvía el reflejo. A decir verdad, no había demasiado que quisiera hacer tampoco. Sin siquiera peinarse, agarró las llaves de la puerta del departamento: tenían tierra. Bajó las escaleras. Si hubiesen sido de madera, el rechinar hubiera tenido sentido, pero eran de mármol; el rechinar eran sus rodillas.
El aire del mediodía se sentía bien, para variar. “Quizá no hay sido del todo una mala idea”.
La mitad del buen humor que tenía se le fue cuando pisó en falso una baldosa sobresalida. Si no hubiese sido por sus buenos reflejos, estaría en el suelo. El resto del buen humor desapareció cuando vio gente en la puerta del lugar a donde iba. Se puso en la cola, sin mucha paciencia para esperar. Sin reparo cerca, el sol le daba pleno en su frente.
Ni sus rodillas, ni las baldosas, ni la fila, ni el sol. El fastidio fue total cuando se dio cuenta de que había un factor superior a todo: gente por todos lados. Gente a los gritos. Que pasa cerca sin modales. Que se encima.
“Carajo, que me había acostumbrado a mi vida de bunker” pensó, mientras daba el paso cansino y obediente, medio metro más cerca de la puerta.


