por Loli Báez – 25 jun 2020

 

Transición

Me resulta grato ceder “mi espacio” a

mi colega columnista de Música

Nacho D’Aquila

(Primera parte – based on momentos) 

 

{…}

El domingo fui a visitar a mi viejo a su casa por día del padre, y decidí subir a mi antiguo cuarto; había ido un par de veces, pocas, por el tema de la pandemia que nos agrede.  Creo que en esas anteriores oportunidades no había sido consciente de las cosas que había dejado atrás, o quizás al costado, aún no lo sé; quizás sea porque en el fondo no caigo haber dado uno de mis primeros pasos.

 

Solo pasaron seis meses desde que me despedí de aquella casa y de aquella habitación que me vieron crecer, llorar y morir.  Interminables veces.  Recorrí el cuarto como si nunca lo hubiera visto antes, mejor dicho, lo vi distinto.  Creo que lo más sorprendente es que ya no me vi ahí.  Ni siquiera en sombras.  No como algo malo, sino que me sentí una visitante.  Miré mis antiguos libros en la repisa que construimos con mi viejo el día que decidí acomodarme en el piso de arriba, que por cierto es el más grande de la casa.  Primero empezó siendo mi estudio para crear, y poco a poco se fue convirtiendo en mi mundo.  Veía la repisa con esos cientos de libros que me ayudaron a transportarme a otros lugares cuando necesitaba escapar de todas las mierdas que me tocaron vivir en la vida.  Creo que la lectura me enseñó a creer y aceptar que todo lo que nos pasa tiene un porqué, y que si ponemos empeño todo saldrá como lo deseamos.  Seguí recorriendo la habitación y vi la cama que fue mi refugio por casi cuatro años de depresión.  Creo que todavía tiene la forma de mi cuerpo y de mi peso.

 

Las almohadas ya no estaban, no estaba mi perfume, y tampoco estaba yo.

 

Continué mi camino hacia el baño en suite, aquél que me vio vomitar, reírme en el espejo, y pasar horas debajo de la ducha preguntándome si alguna vez iba a volver a estar bien.  Ya no estaban mis cosas de higiene personal, ya no estaban mis pocos maquillajes, ya no estaba yo, ni el barro que dejaban mis pies de las veces que me escapaba de mi casa para hacer vaya uno a saber qué.

 

Giré hacia la derecha y vi la cómoda de los años cuarenta que heredé de un familiar que me quiso mucho a la distancia.  Abrí los cajones y encontré ropa que no usaba desde dos mil dieciséis, prendas que pensé que jamás iba a volver a usar y hoy me entran y hasta me quedan grandes.  Encontré en el fondo del último cajón un diario de dos por dos, en el que escribía mis sueños.  Sí, sueño mucho, y cosas muy interesantes a veces, pero tengo poca memoria, malísima diría, así que ahí, en esos pocos papeles anotaba lo que pretendía producir en algún momento.  Me reí de las pavadas que tracé, creo que también ser un pavo es una forma de crecer.  Vi una mancha de vino y de sangre en la pared, de una vez que quedé inconsciente después de haber tomado tanto, y la toqué con cariño, sabiendo que ya no soy aquella persona.

 

El techo sigue teniendo catorce maderas separadas en dos, que suman siete por columna; sí, ya me las aprendí de memoria.  Soy de mirar mucho el techo e imaginar, siempre planeando y sobre-analizando.  Me voy dentro de mi mente, a veces por mucho tiempo.  Algo que jamás cambiaré supongo.

 

En el aparador ya no estaba el televisor, pero a su lado estaba la cinta de correr, en la que descargaba horas mientras miraba el recital de Reputation, de la cantante Taylor Swift.  La cinta se rompió, por la vejez, al igual que yo en mi adolescencia alguna vez.  Mi cuarto, seguía siendo mi cuarto, solo que yo ya no estaba ahí.  Encontré también una gigantografía con mi cara que quedó varada allí dando vueltas desde mis catorce, quince años, cuando mi familia decidió por mí festejarme un cumpleaños que yo nunca deseé.  Quizás por eso le tengo tanto desprecio a esa foto.

 

Ya hacia el final del recorrido, no me reconocí ahí, y me gustó.

 

En el estante donde yacían los libros esperando ser tocados, encontré mi buda y dos velas que prendía a veces intentando hacerme la profunda y desligarme de lo material que abunda, porque en el fondo de mi corazón lo material es tóxico.  Estoy segura de que Buda nunca me escuchó, seguro tiene cosas más importantes de las cuales preocuparse como, por ejemplo, darle toneladas de dinero a Elizabeth Gilbert con Comer, Rezar y Amar.  No lo sé.  Me sentí rara dejando el cuarto, creo que ya eran como las cuatro de la tarde y había apenas un atisbo de luz que entraba por las rendijas de los dos ventanales que no abrí por muchos años.  Al volver a mi nueva casa y ver mi nuevo espacio, supe que mis decisiones habían sido las correctas.  Quizás no correctas, o perfectas, sino que atinadas.  Necesitaba volver a ser yo. Y aquí estoy.

{…}

 

Continuará...

 

 

por Nacho D’Aquila – 19 may 2020

 

Luchó todo lo que pudo, pero la situación ya estaba definida.  Lo había postergado en varias oportunidades, a veces con un saludable ingenio.  Pero el desenlace era inequívoco y fue inevitable.

 

“Tengo que salir, no me queda otra”.  Sacó un pantalón del placar y se lo puso, no sin cierta dificultad.  Tenía olor a humedad y naftalina, si eso era posible.  Luego las zapatillas y una remera.  Por hábito, fue a verse al espejo del baño.  No había mucho que hacer con lo que le devolvía el reflejo.  A decir verdad, no había demasiado que quisiera hacer tampoco.  Sin siquiera peinarse, agarró las llaves de la puerta del departamento: tenían tierra.  Bajó las escaleras.  Si hubiesen sido de madera, el rechinar hubiera tenido sentido, pero eran de mármol; el rechinar eran sus rodillas.

 

El aire del mediodía se sentía bien, para variar.  “Quizá no hay sido del todo una mala idea”.

 

La mitad del buen humor que tenía se le fue cuando pisó en falso una baldosa sobresalida.  Si no hubiese sido por sus buenos reflejos, estaría en el suelo.  El resto del buen humor desapareció cuando vio gente en la puerta del lugar a donde iba.  Se puso en la cola, sin mucha paciencia para esperar.  Sin reparo cerca, el sol le daba pleno en su frente.

 

Ni sus rodillas, ni las baldosas, ni la fila, ni el sol.  El fastidio fue total cuando se dio cuenta de que había un factor superior a todo: gente por todos lados.  Gente a los gritos.  Que pasa cerca sin modales.  Que se encima.

 

“Carajo, que me había acostumbrado a mi vida de bunker” pensó, mientras daba el paso cansino y obediente, medio metro más cerca de la puerta.

 

 

por Nacho D’Aquila - 02 feb 2020

 

La pareja de ancianos estaba decidida a no alterar su rutina.  Desayunaron liviano y cerca de las nueve y media de la mañana emprendieron la caminata de todos los días.  Dolores fuertes de rodilla, lluvia persistente y algunas otras causas más ameritaban suspensión.  Pero la vara estaba puesta bastante alta.  Sólo así se mantiene una tradición de más de veinte años.

 

Cierto es que los treinta y cinco grados de sensación térmica que arreciaban esa mañana bien podrían haber justificado la suspensión.  Pero la voluntad pudo más, por lo que se armaron con un par de botellitas con agua cada uno y salieron al paseo.

 

Ya en la calle, el esfuerzo se hizo sentir.  Viendo a veinte metros el puesto de diarios, decidieron parar para ver las tapas de las revistas y, por qué no, recuperar un poco el aire.  Se distraerían unos minutos y luego emprenderían la vuelta.  Un saludo amable y sin demasiada confianza fue suficiente para que el diariero iniciara una conversación.  Viendo que al viejo le llamó la atención un fascículo acerca de vinos que traía una botella de regalo, le preguntó si era amante de esa bebida.  El viejo contestó un escueto “me gusta”, pero no hizo desistir al diariero, que lo invitó a llevar la revista.  “Es interesante, y el vino es bueno.  Yo sé del tema porque me gusta mucho”.

 

Luego de un “No, gracias”, los viejitos retomaron la caminata.  El caballero, con una risa leve, repitió en voz baja “yo sé porque me gusta”.  La señora, elegante y sin una gota de transpiración, lo miró con cariño y agregó “Si con eso alcanzara…”.

 

 

por Nacho D’Aquila – 30 mar 2020

 

Siendo cinéfilo como era, siempre quiso estar en una película.  Sus preferidas eran los policiales, en las que imaginaba ser el detective privado que devela el crimen con brillantes deducciones.  Aunque también debía admitir que más de una vez se vio como el personaje principal de una comedia romántica, con las dosis justas de épica y empalago.

 

Lo que nunca había pensado -menos aún con su claustrofobia y ligera tendencia a la hipocondría- era estar en alguna de esas de encierro, de reclusión obligatoria como ahora le tocaba.

 

Después de estar diez días confinado en su departamento, decidió salir.  Ten cuidado con lo que deseas, pensó.  Ya en la calle, hizo dos cuadras hasta llegar a la avenida.  Nunca la vio de esa manera, desolada y sin ánimo.  Parecía una imagen tomada de Soy Leyenda.  Ni siquiera en un feriado o durante un partido del Mundial había visto algo parecido.  Esto era distinto.  A la calle le faltaba el alma.  Al ver el boliche de Angelito, se sintió como Charlton Heston en el medio de la playa, viendo los restos de la Estatua de la Libertad.

 

Volvió a su casa, hizo de todo un poco y nada lo entretuvo demasiado.  Después de tantos días, se sentía como en un loop, como cuando un niño juega a repetir mucho una palabra hasta que pierde el sentido.  Esa noche durmió molesto.

 

Cuando despertó al día siguiente (siempre era el día siguiente, siempre era el día de ayer), salió de su habitación y vio el pequeño living, con los mismos colores.  Por fin entendió el verdadero devastador drama que era aquella película con la que tanto se rió.  Se sintió en el día de la marmota (Groundhog day, 1993) pero no pudo esbozar ni siquiera una sonrisa.

 

 

por Nacho D’Aquila - 31 oct 2019

 

El plan de la pareja para el sábado a la noche era quedarse en casa y ver una película.  Quizá por la diferencia de edad entre ellos, para él era algo divertido y para ella casi un desperdicio de un momento del calendario destinado para otra cosa.  “No se puede salir de joda todos los sábados, y además estoy molida”, pensó y aceptó sin mucha convicción.

 

Después de cenar una picada modesta, se metieron en la cama.  Él enumeraba opciones que aparecían en la pantalla del televisor y ella las descartaba una a una.  “¡Qué difícil que es!”, dijo ella y él sonrió un poco.  Recordó las veces que, cuando el plan era una película, tenía que salir de su casa y caminar las nueve cuadras que lo separaban del videoclub.  Estando allí, elegir una película por la foto, el título y el resumen que tenía la contratapa, sin posibilidad de sacar el celular para ver el trailer.  Si de casualidad llegaba con alguna recomendación y preguntaba en el mostrador, le podían contestar “está alquilada, pero me la tienen que traer hoy”, y ahí la duda era esperarla un rato a ver si la devolvían o arriesgarse a que el que tenga en su poder la cinta se juegue a pagar un recargo por devolverla tarde.

 

Al final, eligieron un thriller en el que la hija del protagonista desaparecía y él héroe hacía todo para encontrarla.  Si una peli era un plan tranquilo para el sábado a la noche, por lo menos que haya explosiones y tiros.  La película fue de comienzo lento, por lo que, cuando se acabó el helado ella sugirió “¿Si adelantamos hasta la parte que desaparece la piba?”.

 

En dos universos paralelos, como cuando tenés una escena a pantalla partida, mientras él, después de esperar un par de horas en el videoclub para alquilar la película que le habían recomendado, emprende el retorno a casa y la noche recién empieza, ella termina de tomar el helado, gira para el otro lado y se deja caer en el sueño, sabiendo que puede conocer el final en cualquier otro momento y lugar, con sólo apretar un botón.