por ND’ - 16 enero 2020

 

La Supercopa de España era un trofeo que se disputaban…

…el campeón de la Liga y el de la Copa del Rey para así obtener un “supercampeón” español.  La deportividad indicaba que si un mismo equipo obtenía los dos títulos, automáticamente se adjudicaba el tercero.  Así fue hasta 1995.  Ese fue el año en el que los dueños del negocio se dieron cuenta de que perdían un partido si eso sucedía.  Quizá fue por su amor al fútbol y a no perder un minuto del deporte más lindo que cambiaron las reglas.  Quizá fue sólo por dinero.  A partir de 1996, si un equipo ganaba la Liga y la Copa, disputaría la Supercopa contra el subcampeón de la Copa del Rey.

 

En el comienzo de 2020 sucedió lo insólito: si un partido da dividendos, imaginémonos tres, habrán pensado los dueños del negocio.  Y entonces decidieron armar la Supercopa con cuatro equipos, dos de la Liga y dos de la Copa del Rey.  Como el Barcelona repetía plaza, había que elegir uno más.  ¿La deportividad ante todo?  ¿Elegimos la Copa del Rey, que es el torneo que nuclea más equipos?  Podría haber sido una buena opción, pero hubiese quedado afuera el Real Madrid, el equipo con más marketing del mundo.  No convenía, y menos para los nuevos anfitriones.  Sí, la Supercopa de España se mudaría a Arabia Saudita.  Algo similar a cuando la Copa Libertadores de América se jugó en Europa.  Un papelón.

 

Era romántico pensar que el Supercampeón de España podía ser un equipo que no haya ganado nada pero que haya competido hasta el final.  Como para combatir aquello de que “del segundo no se acuerda nadie”.  Pero es muy difícil hacer lecturas sobre un juego cuando, siempre, lo que prima es el negocio.

 

 

 por ND’ - 27 noviembre 2019

 

Se juega el minuto cuarenta y dos del segundo tiempo…

...de la final de la Copa Libertadores.  River demuestra, una vez más, que es un animal de competición.  Ha hecho un partido muy bueno, sobre todo en el primer tiempo.  Le ha clausurado los caminos a Flamengo, ese cuco por su cantidad de hinchas y por los millones invertidos para ganar una Libertadores después de décadas.  River consiguió el gol a fuerza de ímpetu y presencia, teniendo en claro cuáles son sus caminos.  Flamengo ve cómo se le escurre una oportunidad histórica.  Ese fue el partido de los equipos, y no otro.  River se posiciona en campo rival porque es la forma que sabe para conseguir la victoria, la manera que lo llevó a estar donde está.  Flamengo no encuentra respuestas colectivas, nada que lo ayude a soñar con el empate.

 

Van cuarenta y dos del segundo, y River circula la pelota, se defiende muy lejos de su arco.  Dada la rotación continua, Palacios recibe por la izquierda y descarga en Pratto, que tiene la cancha de frente, tiempo y espacio.  Tiene descarga a la derecha con Montiel, pero decide tenerla.  Tiene cinco compañeros por delante y nueve rivales.  Quedan dos minutos para que se cumpla el tiempo de juego.  Para ir a los hechos, Pratto decide o ejecuta mal: intenta un pase interno que no es preciso y es interceptado; el rebote le vuelve a quedar a él, que decide tenerla a arriesgar un pase o un pelotazo; entre dos rivales, le sacan la pelota.  A partir de ahí se genera una primera instancia de contraataque en la que son cinco jugadores de Flamengo y cuatro de River.  Cuando recibe Bruno Henriquez en posición de puntero izquierdo ya son cinco contra cinco, con dos marcas sobre él.  Después de que realiza el primer enganche, el conteo da cinco jugadores de Flamengo (los mismos cinco que iniciaron) y siete de River.  River intenta la presión que lo caracteriza: la foto muestra al habilidoso de Flamengo con cuatro jugadores de River encima.  Realiza un pase al vacío que Pinola no llega a interceptar, De Arrascaeta tira un pase al medio y Gabriel empuja al arco vacío.

 

¿Qué hubiese pasado si Pratto acertaba el pase interno, si tiraba un pelotazo largo que se perdiera por la línea de fondo, si se la pasaba a Montiel?  ¿Qué hubiera pasado si en la segunda presión le cometían falta, si Bruno Henriquez la perdía al enganchar o si su pase se iba apenas largo?  Las respuestas a estas preguntas dependen de quién las responde.  Yo pienso que acá radica la esencia misma del fútbol: planteos concienzudos, preparación de los jugadores, decisiones en fracciones de segundo, algo de circunstancia o fortuna y un resultado consecuencia de todo eso.  En qué porcentajes, también depende de quién lo analice.  Estará quien se rija sólo por el resultado, quien diga que el planteo en esos minutos finales fue equivocado, quien atribuya mucho a la fortuna.

 

Si Pratto hubiese mandado la pelota a la tribuna, ¿qué perdedor hubiese sido mejor, ese ficticio Flamengo sin respuestas o este River de la realidad que estuvo tan cerca y quedó tan lejos?  ¿Quién consiguió bajar más el porcentaje de azar y de resolución individual en este juego de equipo, River o Flamengo?

 

Me centro en la jugada del empate porque es el punto de inflexión, pero acaso la del segundo gol del Flamengo es una exacerbación de los mismos planteos: con el partido empatado, Flamengo decide un pelotazo largo, divide la pelota para un solo delantero contra un zaguero experimentado en el juego aéreo y otro que sobra.  Flamengo decide mal, en la previa.  El resultado lo acompaña: Pinola se equivoca dos veces, Martinez Quarta no tiene fortuna, Gabriel no se equivoca, hace bien su trabajo y lo acompaña la suerte.

 

Todo lo que River construyó como equipo y Flamengo no supo resolver como equipo, lo contrarrestaron las individualidades de unos y otros.  Y de eso también se trata el fútbol.

 

 

por ND’ - 30 septiembre 2019

 

Es cada vez más difícil interpretar…

…qué sienten las hinchadas del fútbol argentino con respecto a la relación que hay (y necesariamente, más allá de las eventualidades, la hay) entre el resultado y la forma de jugar de su equipo.  Lo que otrora era un estereotipo bien marcado, ahora parece subsistir de a ratos, dependiendo de la locura que esté viviendo cada equipo en ese momento.

 

Vamos a hacer un juego.  Antes –sólo mencionaremos características buenas, para no ofender a nadie- se decía que Newells tenía el juego asociado y Central la garra.  Que Racing entregaba todo con una siempre incluida dosis de padecimiento y que Independiente jugaba con su paladar negro sin concesiones.  Que River tenía la escuela del “jogo bonito” en todo el campo y que Boca era “huevo, huevo, huevo”.  Y así, podríamos seguir.  Repetimos, estos eran dichos populares y podemos dar infinidad de ejemplos en los que no se cumplían ni por asomo.

 

Pero hoy la situación es más compleja: los hinchas tienen esos impulsos de identidad, como si fuese un sello hereditario del que no pueden huir, y a la vez van creando nuevos paradigmas, en un contexto que a veces los enloquece, por lo cambiante e impredecible.  Racing, con sus últimos dos campeonatos locales, parece haber aceptado que se puede ser el mejor equipo con presencia y fútbol, pero sobre todo, sin sufrir.  Pero aún hoy les cuesta erradicar el “si no sufrimos, no somos nosotros”.  ¿Es eso lo que quieren?  ¿Sufrir siempre?  Los hinchas más jóvenes tienen claro que no, que pueden ser los mejores sin esa cuota de padecimiento.  Por eso, cuando el equipo entra en un bajón pos campeonato conseguido, lo que le piden a Coudet es que vuelva a aparecer el fútbol del campeón, no el resultado agónico a cambio de un infarto de noventa minutos.

 

Lo de Independiente también es para psicólogo: Holan le devolvió al equipo su identidad histórica bajo el slogan de “compromiso, actitud, intensidad”, con jugadores de buen pie y juego ofensivo.  Y lo coronó con un campeonato en el Maracaná.  Pero ahora, el nuevo técnico parece confundir con sus mensajes en las conferencias de prensa y dentro del campo de juego.  Entonces el hincha reprueba a un equipo que jugó pésimo con Estudiantes y perdió, y a un equipo que jugó pésimo con Defensa y ganó.  Lo insólito es que Independiente hace el mejor partido en la era Becaccece contra Talleres y se pone dos a cero arriba y el hincha festeja.  Pero le empatan en una ráfaga de diez minutos y reprueba, no al desempeño de esos diez minutos, sino a la poca consistencia que ve en los últimos tres meses.  Gana sobre la hora y no sabe qué hacer, si dejar en claro su postura o festejar un triunfo necesitado.

 

El panorama de los de la Ribera y los de Núñez es más fácil.  River vive una luna de miel que parece no terminar, en la que coinciden equipos que hacen sentir al hincha orgulloso por su juego y haber conseguido algunos de los resultados más importantes de su historia.  Del otro lado está Boca, que tiene una sola obsesión: ganarle a River en un torneo internacional y conseguir la Libertadores.  Entonces, pareciera que el resto es accesorio.  No importa ser bicampeón del fútbol local con Guillermo o si el equipo juega a la retranca o con cuatro delanteros.  No importa nada.  Sólo ganar, y no todos los partidos, sino un partido específicamente.

 

Alfaro dice “qué finito que es el fútbol para que por dos partidos te digan si lo que hiciste es bueno o es malo”.  Lo dice en tono de crítica y pareciera tener toda la razón.  Pero él mismo “justifica” algunas decisiones diciendo que Boca es un plazo fijo que hay que renovar a cada rato, esperando a lo realmente importante.

 

Sería bueno que el hincha tenga en claro qué quiere y lo reclame.  Que confíe en sus conocimientos de fútbol y en su sentir.  Que sostenga aquello de “en las buenas y en las malas” con actos y no desde el cantito.  De lo contrario, el fútbol pasará a ser como la quiniela: en un determinado horario, se cantarán los resultados finales por sorteo.  Y los hinchas se cargarán y serán felices o tristes, prescindiendo de aquello que es (¿era?) el motivo de todo: el juego.

 

 

por ND’ - 04 noviembre 2019

 

Es muy difícil hablar en serio

…sobre el fútbol argentino.  Es casi imposible centrarse en los elementos del juego, en la calidad de los jugadores, en las estrategias de los técnicos, en la mala preparación de los árbitros o en cualquier otra cosa, cuando la realidad, cruda e insoslayable, se presenta a cada paso: el negocio ha quedado en manos de profesionales impotentes, delincuentes temibles, oportunistas inescrupulosos y rehenes sin escapatoria.  Es casi desgastante.

 

La barra brava de San Lorenzo se presenta en una práctica.  Hay una sola lectura de este hecho.  Un jugador sale a declarar y dice que fue algo similar a un “banderazo”.  Misma situación sucede en Rosario Central.  Otro jugador declara que fue “en un buenos términos, sólo con palabras de aliento”.  ¿Qué deberían decir? ¿Qué se espera que hagan? ¿Lo que no hacen dirigentes, fiscales o jueces?

 

En el fútbol argentino la barra brava es una asociación ilícita que utiliza la vidriera proporcionada por un club de fútbol –cualquiera, acá no hay preferencia de colores- para demostrar poder y así poder acceder a todo tipo de negocios.  ¿Por qué nadie acciona contra esto?  Porque los que deberían, en general, están involucrados.  O tienen jefes que lo están.

 

¿Cómo podemos hablar de un marcador de punta que llega a posición de ataque y saca un centro espantoso sin considerar el hecho de que en la semana un delincuente le mostró una foto de su hijo yendo al colegio?  Es inaudito.  La única forma que encontramos hinchas, periodistas o trabajadores del fútbol es haciéndonos los tontos.  Si no, no hay manera.

 

Hoy me resulta imposible hablar de los milagros que Maradona no puede realizar, de cuando un técnico saca a un jugador que recién había ingresado, de las impericias constantes de Echenique o Pitana, o de cualquier otra cosa relacionada con el juego.  Simplemente hoy no tengo las ganas o la convicción suficiente para hacerme el tonto.

 

 

por ND’ - 06 septiembre 2019

 

Después de mucho tiempo…

 

…volvió.  Es cierto, no sabemos si definitivamente, porque por los porotos quizá cambia un poco la cosa.  Pero la esencia no se puede cambiar tanto, ¿no?  Entonces podríamos decir que ayer, en el amistoso entre la Argentina y Chile, volvió el potrero a la Selección argentina.

 

En primera instancia, lo que se vio fue un grupo de jugadores jóvenes.  Podemos entonces resaltar algunas virtudes asociadas con esta condición: ímpetu y desfachatez, por ejemplo.  La Argentina viene de un proceso largo, por lo que las últimas imágenes del equipo reflejaban más prestancia, oficio y experiencia.

 

Hay un indicador que cualquier fútbolero puede reconocer: el benemérito caño.  No los conté, pero en el partido hubo, por lo menos, tres o cuatro.  Dybala, De Paul, Lo Celso y Paredes son jugadores de técnica refinada, a la que le suman atrevimiento y decisión.  Y ayer se terminaron de animar, desparramando juego a un toque, caños y pelota debajo de la suela, para pisarla y distraer, pero también encarar y conseguir una ventaja.  El primer tiempo tuvo mucho de eso.  Después, el ritmo bajó.

 

Si hacemos el desglose, Martínez parece adueñarse del puesto de centrodelantero, con una potencia que no da descanso.  Paredes se amigó un poco más con la posición de cinco, sumándole a su excelente primer pase y pelotazo largo, el don de la ubicación para poder anticipar.  Dybala continuó su levantada y demostró que puede ser de valía si se lo usa de lo que juega y no de “suplente de”.  De Paul es el emblema de esta renovación, con coraje, fútbol y determinación.  Y Martínez Cuarta, el crack de presente y futuro que estábamos esperando para la zaga central.

 

Lo dicho: fue un amistoso.  Pero a diferencia de otros, sirvió.  Primero, para proyectar un nuevo equipo con seriedad; después se verá cómo se acoplan los Messi y los Agüero.  Segundo, para demostrar que hay con qué afrontar lo que viene.  Y tercero, y principal, para disfrutar de buenos caños y gambetas.