por Darío Domínguez – 12 jun 2020

 

¿Alguno de ustedes aceptaría sacarse una muela con los métodos y herramientas del siglo XVII?  Si la respuesta es un llano y rotundo no, entonces, ¿por qué envían a sus hijos al colegio?  Leí en algún lugar que si alguien despertase después de haber estado en coma por varias décadas, el lugar más seguro para esa persona -por lo habitual, por lo conocido, por lo poco expuesto al cambio-, sería sin dudas una escuela.

 

Este tiempo de confinamiento nos obligó a conocer más de cerca algunos de los mecanismos y prácticas habituales de la Institución escolar, y no porque hemos entrado en ella, sino porque la Escuela vino a nosotros, con sus usos y costumbres más comunes.  A la vez, quedó expuesta la crisis que atraviesa la educación formal gestionada por los Estados, con la misma dificultad con que suelen administrar otros ámbitos de sus respectivas incumbencias.  En este período quedó a la vista la dificultad que tiene el sistema educativo para garantizar aquello que promete: enseñar para que otros aprendan.  Y al margen de los desafíos técnicos que supone la educación virtual, otras de las cosas que evidenció es el hecho de que la Escuela, en su esencia, no es capaz de motivar a los chicos a emprender la aventura del conocimiento con alegría, curiosidad y relativa autonomía.  La vetusta institución no puede deshacerse del reflejo que buscar convertir a nuestros niños en una especie de hormiguitas obreras que acumulan y reproducen –casi siempre de manera superficial– aquellos contenidos que fueron prescriptos por los estados nacionales hace más de dos siglos y que para muchos colegas siguen teniendo un status de sacralidad injustificada.

 

Pero el problema real es que los dogmas con que se construyó la Educación moderna fueron pensados y establecidos en el siglo XVII y en respuesta para los desafíos y necesidades de una sociedad que ya no existe.  Por eso, resultó tan importante enseñarles a los chicos a cumplir horarios, repetir rutinas, obedecer a un superior, y tantas otras cosas que aún perduran…  Se sabe que los Estados-Nación diseñaron con la Escuela un dispositivo ideal para formar ciudadanos dispuestos a dar la vida por la Patria, convivir en la ciudad y entregarse a la dinámica del mundo productivo.  Que las escuelas se parezcan tanto a los liceos militares, las fábricas, los hospitales y las cárceles, no parece ser una simple coincidencia del destino.

 

Si miramos a nuestro alrededor, es evidente que la misma realidad nos interpela; y tal vez, a pensar algunas cosas de forma diferente… Dicen que el rey está desnudo y pocos se animan a declamarlo.  Cuando termine el confinamiento quizás debamos reformular muchas cosas que hacen a nuestro estilo de vida, como algunos dogmas o mandatos que parecían incuestionables.  Entre ellos, tal vez, la idea de que nuestros hijos deben ir, sí o sí, ir a la Escuela.  O bien la idea de que en ella se encuentra la única opción para el desarrollo de las competencias que necesitan forjar para construir su futuro.

 

Es cierto que hay mucho para pensar, pero tal vez podríamos comenzar por preguntarnos ¿qué queremos para el presente y futuro de nuestros hijos?  Y ahí mismo es posible que la mejor respuesta no se encuentre con facilidad en lo que actualmente ofrecen nuestras escuelas.