por Darío Domínguez – 12 jul 2020
Hace tiempo, me tocó ingresar por primera vez a un aula a dar clases de Música. Allí me estaba esperando, con excesivo entusiasmo, un numeroso grupo de niños para comenzar la hora de Educación Artística. Con muy pocos recursos didácticos me adentré en la aventura de intentar dar mis primeras clases de Música en una Escuela. Después de saludar de forma coordinada con un “buenos días profesor”, sacaron sus flautas dulces con un orgullo y una ilusión imposible de disimular. El problema era que yo no tenía idea de cómo se tocaba, ni mucho menos de cómo se enseñaba a tocar ese instrumento. Para ganar tiempo, se me ocurrió intuitivamente la estrategia de formar pequeños grupos, secundado por un niño que dominase la técnica y pudiera enseñársela a los demás… El experimento tuvo resultados sorprendentes y se ganó el reconocimiento de directivos y supervisores. Pero lo más curioso es que, sin saberlo, había resucitado lo que alguna vez fue conocido con el nombre de método mutuo.
En los albores de la modernidad, los sistemas educativos fueron de algún modo una de las herramientas que se desplegaron para construir y consolidar Estados nacionales. En ese contexto, se pusieron a consideración dos métodos de enseñanza bien diferenciados: el método simultáneo y el método mutuo. El método simultáneo, vigente hasta el día de hoy, parte básicamente de una secuenciación de contenidos que se deben aprender al mismo tiempo bajo la guía del maestro, quien además es el representante de la autoridad central (de ahí la importancia que tiene en el sistema educativo actual la disciplina y el orden). Este método, impulsado por los Hermanos de La Salle, garantizaba la ejecución de programas de estudio con contenidos bien definidos hacia el plano moral, religioso e intelectual. El aprendizaje era un hecho individual, que ocurría de uno a todos, de manera simultánea, en grupos organizados por la edad de sus miembros.
Casi al mismo tiempo, los pastores Bell y Lancaster, desarrollaron lo que sería conocido como el método mutuo, bajo la necesidad de aprovechar al máximo los escasos recursos disponibles y transferir la mayor cantidad posible de saberes a una población que se expandía con rapidez en sectores vulnerables de las grandes ciudades. El método mutuo consistía básicamente en agrupar a los niños por niveles de aprendizaje y, en cada caso, según las áreas del conocimiento. Toda la actividad estaba detalladamente regulada y programada de antemano por el docente y era llevada a cabo por un grupo de monitores (estudiantes avanzados en algún área específica). De este modo, cada uno ascendía o descendía de rango, según el desempeño; por lo cual, cada conocimiento o habilidad adquirida lo convertía al alumno en un potencial multiplicador.
A esta altura, cabe preguntarnos por qué el método mutuo no prosperó como práctica habitual para la enseñanza y el aprendizaje. Hay quienes afirman que aquello se debe a que, en términos políticos, esta manera de concebir y estructurar la educación podría ser un inconveniente, ya que de algún modo otorgaba un lugar preponderante al individuo, al mérito y alentaba en la práctica a la organización colectiva, hecho que en el contexto histórico no terminaba de armonizar ni con las pretensiones del centralismo del poder estatal, ni con los mandatos morales de la Iglesia.
Pero volviendo a la anécdota inicial, todavía recuerdo las caras de esos niños, especialmente a la hora de dar esos “miniconciertos” de flauta para el curso. Casi sin querer, se había generado una dinámica donde era habitual compartir las emociones. Desde la ansiedad, la preocupación o la alegría… cada logro era celebrado como una conquista de cada grupo de trabajo, casi siempre con aplausos y la increíble sensación de corresponsabilidad respecto de lo que le sucede al otro.
El método mutuo, alguna vez proscrito por la historia, se había hecho presente en esa aula, casi de forma inconsciente. En aquel tiempo, fue la solución espontánea a un problema, pero ahora puedo decir que se trata de un modo específico de concebir la enseñanza. Al momento que promueve la integración, rescata el principio antropológico de la unicidad, donde cada uno se nos presenta como un ser único e irrepetible; y por ende, con distintos tiempos y posibilidades de futuro.


