40 años en el desierto

por Salvador D’Aquila

11 may 2017

 

 

Un auge de telenovelas basadas en episodios bíblicos (Moisés y los diez mandamientos, Josué y la Tierra prometida…) instalaron un impensado fenómeno de buen rating. No es de esperar que estos productos ayuden a elevar los aspectos religiosos o espirituales de sus seguidores. Pero entretienen a muchos y logran que de pasada se conozcan y popularicen algunos relatos de la Biblia. Entre ellos, la salida del pueblo hebreo de Egipto.

 

Como está narrado en el libro del Éxodo, Moisés es hijo adoptivo del faraón. Al descubrir su identidad judía y ser testigo de los malos tratos a los que es sometido su pueblo en el país del cual es príncipe, se rebela. Y abandonando una vida de comodidades y placeres, decide liderarlos para sacarlos de la esclavitud, compartiendo sus sufrimientos.  Para eso, debe enfrentar y vencer todo el poderío del que hasta ese momento formaba parte.

 

Lo consigue. Pero ese pueblo antes sometido, puesto a forjarse una vida de hombres libres, que los obligaba a una conciencia distinta para vivir y sobrevivir a peligros e inseguridades, se rebela a su vez contra aquel que los liberó. Querían regresar al lugar donde tenían la certeza de un plato de comida. No fue sencillo convencerlos de continuar en la búsqueda de la Tierra prometida. Y nos cuenta la Biblia que antes de llegar a ella, Moisés guio a su pueblo por el desierto durante 40 años.

 

Supongo que por la popularidad que da el éxito televisivo, a algunos se les habrá ocurrido curiosear dónde estaba ese desierto y cuáles eran sus dimensiones. Y entonces, medio en broma, medio en serio, aparecieron algunas “objeciones” a aquella posibilidad. Como una en Facebook, que muestra un mapa turístico de la zona donde se indica la cantidad de tiempo en la cual se puede recorrer aquella geografía concreta: tantas horas en bicicleta, tantas otras en transporte público. O seis días a pie…

 

¿Cuarenta años para un recorrido que se puede hacer caminando en pocos días? No… seguramente, Dios debió haber estado equivocado cuando inspiró esas líneas a los escritores sagrados. O es una de las tantas falacias que demuestran lo errado que está el hombre de fe.

 

Esta nota no pretende ser una clase acerca de las Sagradas Escrituras y el lector interesado sabrá encontrar las fuentes correctas para conocer más sobre el tema.  Pero digamos que el número 40, que aparece en más de cien ocasiones en la Biblia y en cuestiones clave, como tantos otros, expresa un simbolismo: el de un tiempo de prueba y penitencia en miras a una conversión. En el caso que nos ocupa, el Señor probó al pueblo de Israel en el desierto.

 

Seguramente no habrán sido cuarenta los años que Moisés llevó a su pueblo a fatigar esas tierras. Pero tampoco algunos meses. Cuáles habrán sido las razones, entonces, por las cuales Moisés los obligó a permanecer allí durante años y años, en condiciones que necesariamente fueron muy duras, si en tan poco tiempo se podría haber “llegado” a destino.

 

Como dijimos, gran parte de los integrantes de ese pueblo que había sido esclavo y ahora era libre, al momento de afrontar los peligros de esa nueva vida, pedía volver a su vida anterior. De esclavitud, sí. Pero sin las acechanzas que las nuevas circunstancias le imponían.  No estaban  acostumbrados, no sabían vivir en libertad. Y entonces, tuvieron que pasar generaciones, morir muchos de los que añoraban sus antiguas seguridades, para que una mentalidad distinta creciera y se impusiera con aquellos que fueron naciendo libres. Sin pretender agotar la explicación, sin dudas ese ha sido el motivo principal. Y dejamos librado a la voluntad de conocimiento de quienes esto leen, profundizar en esa historia riquísima, que la pantalla de televisión nos trae lavada y estereotipada.

 

La actualidad de nuestro país me hace pensar en aquel pasaje que vivió el Pueblo elegido. En los  “desiertos” personales y colectivos que debemos franquear. Padecimos hechos que dejaron heridas de por vida en muchos. Hubo contextos que nos crearon malos hábitos y nos hicieron involucionar en muchos aspectos. Y para sanarnos y poder transitar otras realidades, también deberá transcurrir para nuestra sociedad el Tiempo con mayúscula, aquel que ayuda a cicatrizar, pero sobre todo que cambia mentalidades.

 

Tendrán que pasar generaciones en nuestra bendita Argentina para que, así como los hebreos tuvieron que asumir los riesgos de vivir en libertad, nosotros podamos liberarnos de algunas cadenas mentales que nos mantienen dependientes o sin poder reencontrarnos en el perdón con justicia y en la reconciliación sin olvido.

 

A propósito de esto último, la búsqueda de reconciliación que nuestra Iglesia se ha propuesto llevar adelante entre militares, exsubversivos y familiares de unos y otros, no parece poder lograr su cometido. Y personalmente, me sorprende lo extemporáneo de la propuesta, por provenir de quienes conocen tal vez mejor que nadie el alma humana y las experiencias de la Humanidad por milenios.

 

Independientemente de conveniencias, intereses y fanatismos, que muchas veces nuestros dirigentes han exacerbado y manipulado, hay todavía en demasiados de nosotros sentimientos muy a flor de piel. Que además de no aportar racionalidad, no facilitan un acercamiento.

 

Para darnos un reencuentro verdadero, que no se logra ni por decreto ni con voluntarismo, habrá que esperar que llegue el tiempo oportuno. Ese que es producto de una evolución del pensamiento y del sentir. Confiemos en que el recambio de líderes con una visión superadora, llegará. En que cada vez más la actividad política será servicio con honor.

 

Y superando rencores, resentimientos y el recuerdo de humillaciones y violencias, atravesaremos nuestro desierto. Para lo cual, a veces, se tarda más de cuarenta años.