por C. Fernández Rombi – 29 feb 2020

 

¡Por fin se me dio!

 

Llevamos dos años de lucha enconada y silenciosa; la mayor parte de ese tiempo llevé las de perder.  Arancibia tiene mejor currículo y les cae mejor a los directores.  Incluso, tiene mejor imagen: el muy maldito es alto, elegante y dueño de una oratoria apropiada para un Gerente de Relaciones Internaciones de una naviera como la nuestra.  En cambio yo soy de baja estatura, poco elegante aunque me esfuerzo; y para colmo, con ese ligero e inevitable tartamudeo que me asalta al hablar en público.

 

No hay dudas de que en esa competencia mis chances eran reducidas, casi nulas; pero a veces, el destino interviene en ayuda de los más desfavorecidos.  A sólo quince días del deseable nombramiento, llegaría a mis manos la carta de triunfo, el ancho de espadas.

 

Por pura casualidad, el secreto mejor guardado (tal vez, el único) de mi rival llegaría a mi conocimiento en el mejor momento: ¡Arancibia es gay!  ¡Sí, el muy maldito se la come!  ¡Está frito!  A mí, personalmente me da lo mismo y la homofobia me parece una tontería sin asidero.  Pero, mi empresa tiene un claro tinte católico… y eso va a jugar a mi favor.

 

Hacía más de veinticinco años que no iba por El Tigre con mi mujer, desde que éramos novios.  Venía jorobando hace rato con pasar un día en el recreo El Galeón de Oro, donde tuvimos sexo por primera vez; y como tenía varios pecadillos que hacerme perdonar, le dije que sí.  Un domingo esplendoroso a media mañana, tomamos la lancha que, río arriba, nos llevaría al recreo (¡y a mí gloria personal!).

 

Nos instalamos en una linda habitación y después de unos mimos (casi olvidados) bajamos al amplio comedor (almuerzo y merienda incluidos en el precio de la habitación).  Olvidado por un momento de mi tema acuciante, hago un paneo sobre la buena cantidad de comensales…  ¡Y lo veo…!  ¡A él, a Arancibia!  En una mesa apartada haciéndose mimos con un muchacho bastante más joven que nosotros.  Mi corazón se dispara a mil y mi mente se le acopla.  De inmediato, le explico la situación a mi gordita y la envío como soldado de avanzada y a su celular como arma infalible.  “Tómales unas cuantas fotos, lo más comprometedoras posible”.

 

Ni terminamos el almuerzo y nos encerramos en la habitación hasta que pasara la primera lancha de vuelta.  De ninguna manera quería ser visto por mi víctima.  Esa misma noche, desde la laptop de mi ella, les mandamos las fotos reveladoras a tres los capos de la empresa.  ¡Quiero vale cuatro!

 

Hoy miércoles me tiré el placar encima, es el gran día.  Los capos se reúnen a primera hora para designar al nuevo Gerente.  A eso de las once, se nos citará a los jefes de áreas para imponernos de lo resuelto; y media hora después, aparecerá en cartelera el nuevo rutilante nombre (¡el mío, papá!).  Pasan las once largamente…  En el momento justo en que algunos ya se retiran hacia el comedor para el almuerzo ligero que brinda la Naviera, una de las secretarias se acerca comunicado en mano a la cartelera.

 

A la mayoría no le interesa, a mí sí.  Me abalanzo y leo:

 

Comunicado de Presidencia de la Naviera Cristianía:

“Por razones de orden interno,

hemos decidido dejar de momento vacante el puesto de

Gerente de Relaciones Internacionales.

Se inician gestiones para la contratación de un idóneo

 

 

del área internacional”