Aprendizaje, enseñanza, ciencia y desarrollo
por Osvaldo Pimpignano
24 mar 2017

Desde los orígenes de los tiempos, el hombre vive un aprendizaje constante. Primero alimentándose de vegetales y animales que no lo mataban. Si la hierba no era venenosa lo alimentaba, si el animal no resultaba un gran depredador, lo depredaba y se lo comía.
Durante miles de años fue así, prueba y error, en ocasiones fatales. Luego dominó la piedra, la madera y el fuego, su habitat le resultó escaso y emigró y se hizo nómade en busca de mejores oportunidades. Inventó la rueda, domesticó animales, cultivó vegetales y se hizo sedentario. Confeccionó herramientas de piedra y metales. El sedentarismo dio lugar a los asentamientos que se convirtieron en ciudades que cada día tenían más necesidades y el hombre se esforzó en resolverlas. Los conocimientos se fueron transmitiendo por generaciones, el hombre aprendió y enseñó creando la conciencia social. Pero algunos de ellos, como determinados procedimientos o la posesión de algunos bienes, fueron exclusivos de quienes los crearon, llegando a constituirse en su patrimonio, una suerte de secreto de Estado; y su difusión, fuera del ámbito de posesión, podía penarse con la muerte. Solo tres ejemplos. Los países árabes penaban a quien intentara exportar semillas datileras y tanto en la China y el Japón antiguo ocurría lo mismo con el gusano de seda. También los chinos atesoraron durante siglos la fórmula para producir cerámicas muchos más útiles que las realizadas solamente de arcilla común. La porcelana es una forma específica de material cerámico originado en China. Tiene un brillo suave y es parcialmente traslúcida. Una arcilla específica llamada caolín se usa en su fabricación combinada con otros materiales. La porcelana es la arcilla más fuerte y versátil, se conoce en China desde hace milenios, pero sólo se ha producido en occidente en los últimos dos siglos.

Pasaron más de 200.000 años para que la población llegara desde cero a mil millones, pero fueron suficientes los últimos 200 años para que alcanzáramos los siete mil millones. Esto motivó que los líderes de cada sociedad fueran convirtiéndose en mecenas de las artes, ciencia elemental y los oficios. También crearon las primeras y muy básicas universidades. En algunos casos los ejércitos, tanto “civilizados como bárbaros”, reclutaban a los artistas, científicos y artesanos de las tierras conquistadas para que trabajaran en sus reinos.
Ya en la época contemporánea la suma del adelanto tecnológico y las ciencias puras o aplicadas permitieron un salto cualitativo en el arte, la investigación en todos los campos. André-Marie Ampère (1775-1836) confeccionó una tabla con quinientas doce ciencias. La ciencia (del latín scientĭa: ‘conocimiento’) es un sistema ordenado de conocimientos estructurados. Los conocimientos científicos se obtienen mediante observaciones y experimentaciones en ámbitos específicos o generales. A partir de estos se generan preguntas y razonamientos, se construyen hipótesis, se deducen principios y se elaboran leyes generales y sistemas organizados por medio de un método científico. Hasta el Renacimiento todo el saber que no fuera técnico o artístico se situaba en el ámbito de la filosofía. El conocimiento de la naturaleza era sobre la totalidad: una ciencia universal. Nadie puede dudar que el capital más valioso de una Nación es una población instruida.
El 2 de mayo de 1995, el diario norteamericano The Washington Post publicó una solicitada firmada por una lista de presidentes de algunas de las compañías más grandes de los Estados Unidos, tales como Eastman Kodak, United Airlines, Lockheed Martin, Motorola, IBM, Texas Instruments, General Electric, Chrysler y Dupont, entre otras. Lo que preocupaba a esos gigantes de la economía mundial era la posibilidad de recortes en la inversión federal destinada a la ciencia. "Imagine la vida sin vacunas contra la polio y sin marcapasos cardíacos -escribían-. O sin computadoras digitales. O sin sistemas municipales de purificación de aguas. O sin predicciones meteorológicas satelitales. O sin terapias avanzadas para el cáncer. (...) Estos y miles de otros avances tecnológicos (...) hicieron más competitiva nuestra economía, crearon millones de empleos y sustentaron nuestro estándar de vida". La solicitada era extensa, pero la frase más sugerente estaba al final: "A medida que nos aproximamos al fin de siglo, debemos reconocer que nos enfrentamos al momento de la verdad".

Para los argentinos, el momento de la verdad ya llegó. A la fecha de la presente nos encontramos con la desfinanciación de la escuela pública bajo el argumento de no elevar la inflación. De que servirá una inflación baja si los ”beneficiarios” masivamente estarán descalificados para aspirar a trabajos de calidad y en consecuencia estarán destinados a la marginalidad. El recurso principal para generar desarrollo sostenible y crecimiento en un país es la investigación científica, un medio que extrae el valor del conocimiento para aplicarlo dentro de distintos sectores y esto comienza desde la tierna infancia para llegar a la universidad y los más calificados al CONICET.
El pasado 10 de enero del corriente año, fue publicada por Nature, una de las dos revistas científicas más prestigiosas e influyentes de todo el mundo, una nota donde en una de sus partes decía que “El malestar que se vivió en el país llegó a las tapa de diarios de todo el mundo cuando miles de investigadores, estudiantes de posgrado y posdoctorados ocuparon el Ministerio de Ciencia durante cinco días. Esa protesta terminó con concesiones paliativas de las autoridades, la oferta de 500 becas de posdoctorado a aquellos a los que se debería haber garantizado posiciones de investigador junior, pero los problemas son mucho más profundos. La ley de presupuesto nacional impulsada por el gobierno y aprobada por el Congreso para 2017 recortó en un 30 por ciento los fondos para la ciencia y la tecnología en valores constantes, sin considerar ni la devaluación ni la inflación”.
Estos ajustes tienen como consecuencia inmediata revertir una década de sólida inversión y progreso en la ciencia argentina. Bajo anteriores gobiernos, más de 1300 jóvenes investigadores regresaron al país y fueron puestos en órbita dos satélites de comunicación hechos en el país. También se creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y se construyeron 150.000 metros cuadrados destinados a institutos de investigación, para albergar el creciente número de investigadores, estudiantes de postgrado, posdoctorados y técnicos que trabajan para el Instituto Balseiro o el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicet), la institución que nave insignia del área.
En el Siglo XVI una delegación científica de la Academia de Ciencias de París llegó a Ecuador, a fin de medir un arco de meridiano terrestre y asimismo efectuar otras investigaciones científicas. Estuvo encabezada por el astrónomo y físico Carlos María de La Condamine y lo acompañaban otros astrónomos, botánicos, médicos, cirujanos, ingenieros, dibujantes, ayudantes, etc. También lo acompañaban dos marinos españoles quienes debían realizar investigaciones discretas sobre la vida de la colonia. Traigo este ejemplo porque los trabajos de investigación de esta delegación duraron, diez años. Esto da una idea de lo precaria que todavía era la ciencia en el Siglo XVI.
En la actualidad, de manera similar a lo ocurrido durante prácticamente todo el siglo XIX y con pocas excepciones en el XX, los ataques de un pobre Gobierno (que según lo expresado en la campaña electoral, considera más importante la creación de jardines de infantes que Universidades Nacionales) hacia organismos como el Conicet y los crecientes problemas presupuestarios en los ámbitos educativos constituyen una clara muestra del desdén y desprecio por el desarrollo autónomo.
Mientras aquí se invierten 27 dólares en ciencia y tecnología por año y por habitante, en países como los Estados Unidos o Alemania esa cifra alcanza a 643 y 611 dólares, respectivamente. Es decir que, por su historia clínica, la ciencia argentina es un caso para terapia intensiva. Algunos síntomas: en 2000, registramos en los Estados Unidos apenas 63 patentes; los coreanos, 3400. Exportamos con bajo valor agregado (350 dólares la tonelada) e importamos tecnología llave en mano (a 1300 dólares la tonelada). En 2001, exportamos 735 dólares per cápita; Irlanda, 21.238.
Muchos de los centros argentinos de investigación están compitiendo internacionalmente gracias a que logran obtener financiamiento extranjero, pero esta dependencia dista mucho de lo ideal. "La estrechez presupuestaria se ha agudizado”, afirma el matemático Pablo Jacovkis, decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Los grupos más prestigiosos tienen o conseguirán subsidios extranjeros, lo que está muy bien, pero un país no puede depender casi exclusivamente de la financiación externa: terminan haciendo casi exclusivamente investigaciones que sirven al financiante, que no necesariamente son las más importantes para el país.
Está disponible el satélite Saocom y esperando turno de lanzamiento previsto para octubre del 2017 desde la base Vandenberg, en California. Este satélite generará, por primera vez en la historia, información tridimensional de zonas de bosques boreales y ecuatoriales, e iniciarán una generación nueva de aplicaciones. Además estará acompañado por otro satélite de origen europeo llamado Compagni (compañero).
Al escuchar lo que la Tierra “contesta” a ese pulso del Saocom, “por primera vez en la historia, habrá información tomográfica (tomosíntesis digital tridimensional) de zonas de bosques boreales, ecuatoriales y una generación nueva de aplicaciones”, afirmó el Gerente de Proyectos de la Conae, Fernando Hisas.
El conocimiento es un bien social y se construye entre todos. Esperemos no encontrarnos frente a un Estado que volverá a mandar a los científicos a lavar los platos…



