por ND’ - 04 dic 2018
Dispuesto a hacer zapping por cuatro canales en una nueva fecha de Champions League, llego al canal por donde transmiten a la Juve. Los jugadores están prolijamente formados, mientras suena el himno de la Champions (sí, la competencia tiene un himno). El paneo de la cámara llega hasta Cristiano Ronaldo, que está inquieto como siempre. Se lo ve distendido, probablemente con ganas de que empiece el partido. Tan relajado está que se deja llevar y canta un poco la letra del himno. Con lo primero que asocio este hecho es con la cantidad de horas de aire televisivo y columnas enteras dedicadas a analizar a Messi y su decisión de no cantar el Himno argentino.
Me alejo un poco. Pienso. Con personalidades distintas, uno de ellos se maravilla con la maquinaria del fútbol, le divierte cada aspecto del negocio y todo lo estimula para ser el mejor atleta posible. El otro sólo piensa en el juego, tiene un pequeño gesto rebelde contra los que lo criticaban por no cantar el himno y ahora no lo hace adrede, pero quizás en un primer momento no reparó en eso, o su silencio fue una postura respetuosa o sentida, o un intento por no emocionarse antes de jugar, o vaya uno a saber qué.
No importa. Me alejo un poco más. Pienso. ¿A quién carajo le importa que uno cante y que el otro no? ¿Tiene eso que ver con el juego, que es lo principal acá? ¿A quién le sirve hablar de eso? La única respuesta posible es a los que viven de hablar de lo que hacen los demás. Porque en una oficina la charla duraría treinta segundos: “¿Viste que Messi no cantó el himno?”, “¿Y?”, “Nada, eso, está tan concentrado que ni el himno canta”. O, por el otro wing, “Es tan apático que ni el himno canta”. Y ya. Nunca más se habla del tema. Porque no es relevante ni pasible de hacer muchas lecturas sobre eso (no inteligentes, al menos).
Creo que ni la persona más inteligente puede hablar in eternum sin decir, en algún momento, alguna tontería. Es cuestión de tiempo. Canales enteros de deportes, que casi no hablan de deporte. Es cuestión de tiempo para que digan, primero una tontería; luego, un exceso; y después, algo peligrosamente estúpido.
Es mejor callar y que piensen que sos un tonto, a hablar y confirmarlo, dice la frase. En este caso, cuatrocientas palabras son más que suficientes para llegar a mi límite.
por ND’ - 07 nov 2018
Debe haber pocas cosas que se sientan más antinaturales que jugar un partido de fútbol de primera división a puertas cerradas. Cada grito dentro del campo, cada pelotazo, cada silbatazo del juez viene acompañado por un eco cuanto menos incómodo. Y luego, por un silencio ensordecedor.
Viendo el partido entre Central y Newells me pregunto cuál es el sentido. Dos equipos con poco que ofrecer futbolísticamente, jugando un partido para los ojos de nadie. ¿Tiene algún sentido? ¿Nos olvidamos de qué era el fútbol para nosotros? ¿Sigue siendo lo mismo?
El gol de taco de Herrera, con otro marco, hubiese tenido carácter de épico. Hoy no le puede hacer sombra a la palomita de Poy porque nadie lo vio, porque pareció un gol en un entrenamiento.
¿La única dinámica que vale es la de tener cosas con las que gastar a los demás y que los otros no tengan cosas con las que cargarlo a uno? ¿A nadie le interesa más el fútbol?
La cancha vacía de Arsenal en el clásico rosarino es una muestra cabal de la incompetencia de las autoridades políticas, del fútbol y del marco nacional. No pueden organizar un partido. No se quieren hacer cargo. En circunstancias normales, no poder hacer tu trabajo te obligaría a dar un paso al costado. Acá, pasa desapercibido.
Para rematar el chiste, a la semana el Presidente de la Nación dice que quiere público visitante en uno de los partidos más importantes de la historia del fútbol argentino. Como si tan sólo fuese una cuestión de deseo. Como si haber llegado hasta acá hubiese sido una casualidad. Como si no hubiese temas más acuciantes de los cuáles hacerse cargo.
Todavía resuena el “vos no pudiste solucionar el tema de los trapitos”, o la declaración del presidente de Boca diciendo que en su club no hay problema de barras. En ese contexto, para pedir jugar con visitantes, habría que pintarse la cara de amarillo. Así, por lo menos, quizá podemos sacarle un beneficio a toda esta fantochada y venderlo como un capítulo de los Simpsons que no llegó a salir al aire.
por ND’ - 12 oct 2018
Tenía doce años cuando paré ese pase cruzado con el borde interno del botín derecho. Eran mis primeros partidos en “cancha grande” (de once). No entendía mucho de estrategia, no sabía que se podía pensar durante un partido. Así que, así como paré la pelota, la tiré para adelante y empecé a correr. Con el sólo arranque dejé al primer marcador que se me vino encima fuera de combate, no sin antes recibir una patada en la pierna izquierda que no llegué a sacar. A los pocos metros me encuentro con otro rival que marca de frente y no se perfila, así que redoblo la apuesta y se la tiro por un lado y la voy a buscar por el otro. Ahí, el souvenir es deliberado: un topetazo con el hombro derecho en el medio de mi pecho, que me hace tambalear y girar sobre mi eje. Si intento mantener mi postura inicial voy a caerme, por lo que aprovecho el envión y completo el giro como un bailarín para poder seguir corriendo. De afuera se escucha “¡eeesaaa!” y algunos aplausos mientras sigo. Me siento Caniggia. Me siento bueno de verdad. Siento que es la jugada de mi vida. Hasta que finalmente siento un dolor tremendo en el tobillo. Desde el piso, cuando abro los ojos, veo cómo la pelota se pierde por un costado y escucho un silbatazo. Hago un esfuerzo por pararme rápido y me muerdo el labio para no gritar. Pero más que gritar, tengo ganas de llorar. El dolor es fuerte. Así como me paré intento caminar, pero al apoyar el tobillo izquierdo el dolor se multiplica. Decido quedarme parado un segundo antes de intentar caminar de vuelta. El rival recibe la amarilla y me mira. “¿Estás bien?”, me pregunta y suena sincero. “Sí, no tengo nada”, le contesto. Mentira, ya lo sé. Creo que él también, pero ante la duda me pongo a trotar despacito hacia el área. Debo estar caminando como si tuviera una pata de palo porque el árbitro me pregunta “¿estás bien, pola?”. “Sí, sí, no tengo nada”. Y ahí, yendo al área en una gamba, me sentí el Cani de verdad.
Ahora tengo treinta y uno y me da vergüenza ajena ver las piruetas que hacen los jugadores cuando reciben (o no) una infracción. Caras de dolor excruciante que se borran al instante que el jugador rival es amonestado. Saltos mortales que de seguro duelen más que la patada recibida. Brisas leves que tumban a jugadores hiperentrenados de ochenta kilos de puro músculo. Si ven que la farsa no produce el efecto alcahueteril deseado, se paran a toda velocidad para protestar como un nene caprichoso al que no se le permite repetir porción de postre. Si en cambio consiguen la penalización para el rival, lo miran socarronamente o, en el mejor de los casos, con un sesgo de autoindulgencia en la mirada, como diciendo “es mi laburo, qué voy a hacer”. Son descarados y no les da vergüenza. Y lo terrible de la cuestión es que si no lo hicieran, sus propios hinchas se lo reclamarían. “¿Cómo no exageró un poco, si el otro estaba amonestado?”, “¡Se tendría que haber tirado y daban penal!”.
Hace muchos años que esto es así. En algún momento entre que yo fui chico y el presente, el paradigma cambió. Antes no había que mostrar dolor, era algo más en lo que superar al rival. Ahora hay que “sacar ventaja” (eufemismo para no decir “hacer trampa”), porque si no, sos un gil. Y esto es ley para todos. En cualquier lugar del mapa. Es así para todos, menos para uno. Al que le interese, búsquelo: hay un solo jugador que si puede continuar la jugada, la continúa; que no exagera cuando le pegan; y que casi nunca pide penalización para el rival.
Es espantoso, pero así está el fútbol hoy. Y es avalado por casi todos. Antes, adentro de una cancha, había otros valores. Ahora, como si fuese otro capítulo de la mejor serie argentina, cada partido de fútbol podría titularse “Los Simuladores”.
por ND’ - 31 oct 2018
Gremio es un equipo serio.
Campeón de América edición 2017, Campeón de la Recopa Sudamericana 2018, semifinalista de la actual Libertadores. Es un equipo que tiene un guión y lo respeta. Es la competitividad en su máxima expresión. No da pelota por perdida y juega hasta el último minuto.
Gremio te puede maravillar por el convencimiento y quizás por la eficacia, si ese tipo de cosas te gustan. Es un equipo al que te va a costar mucho ganarle, sobre todo en instancias decisivas y más todavía de local. Y logró algo que es muy difícil en Sudamérica en los tiempos que corren: mantener el nivel en años consecutivos, aun cediendo jugadores a los poderosos europeos.
Gremio hace tiempo de local y de visitante, ese punto gris camino a la trampa que sólo es posible si lo permite la autoridad del partido. Es un equipo áspero y nada vistoso. El elogio que más se puede escuchar sobre este equipo es "¡cómo compite!", "¡no da nada por perdido!", "¡qué equipo chivo!". Es un equipo al que el espectador neutral difícilmente tenga ganas de ver porque su mayor talento, que es la defensa coordinada, no es lo más atractivo del fútbol.
Gremio es un equipo serio. Lo que habría que preguntarse es si tanta seriedad es bienvenida en lo que, en definitiva y esencialmente, todavía sigue siendo un juego.
por ND’ - 26 sep 2018
Hay veces en que los hechos son tan potentes que no necesitan opiniones al margen ni explicaciones de ningún tipo. Con sólo contar cómo fueron las cosas en orden y secuencia a modo de crónica, alcanza. Esto voy a tratar de hacer ahora.
Transcurre la final del US Open 2018 entre Serena Williams y Naomi Osaka. Una es, para muchos, la mejor jugadora de la historia. Se enfrenta a alguien que, al menos metafóricamente, tiene su póster en el cuarto. Tiene veinte años. Y ya ganó el primer set 6-2.
Durante el segundo game del segundo set, el umpire Carlos Ramos advierte a Serena por coaching, es decir, porque su entrenador desde la platea le dio indicaciones (práctica habitual en otros deportes, prohibida –pero no por eso menos habitual- en el tenis). Serena, ofuscada, se acerca a Ramos y le dice “¿Pensás que porque me levantó los pulgares me está diciendo que me vaya a la red? No tenemos ningún código secreto, yo sé que no sabés eso y entiendo que podrías interpretarlo como coaching pero te digo que no lo es. Yo no hago trampa para ganar. Prefiero perder. Sabelo.” Al finalizar el game, ya en el banco, Serena repite lo que dijo, a lo que el árbitro le responde que sabe que no es una tramposa.
Con el segundo set 3-1 en favor de Serena y con el saque en su poder se enfrenta a un break point. Antes de sacar se la ve contrariada. El partido no está siendo nada fácil. Saca, pierde el punto, el game y el quiebre que tanto le había costado conseguir. Sobrepasada, tira la raqueta al piso con la fuerza suficiente para romperla. El umpire da a Williams otro warning (advertencia) por este hecho. Esta violación de código, sumada a la advertencia por coaching le representa a Serena la pérdida de un punto, algo extremadamente inusual, sobre todo en una final de torneo. Así las cosas, el game siguiente Osaka arranca sirviendo 15-0. Cuando Serena se da cuenta de lo que sucedió –por posicionarse en el lado incorrecto de la cancha para recibir-, la situación escala.
“Esto es increíble. Siempre que juego aquí tengo problemas. ¿Por qué? Romper la raqueta es sólo una advertencia”. A lo que el árbitro le explica que se suma a la de coaching, por eso su fallo. Y Serena explota: repite una y otra vez que no recibió indicaciones. Y va más allá: le ordena a Ramos que haga un anuncio diciendo que no recibió indicaciones. Y un poco más: le exige una disculpa. “¡Nunca hice trampa en mi vida! ¡Tengo una hija y represento lo que está bien para ella, nunca hice trampa! ¡Me debés una disculpa!”. Serena grita, gesticula. Se siente agraviada, está al borde de las lágrimas. Se dirige a la línea de fondo para recibir. El árbitro sostiene el fallo, no podría ser de otra manera dado que procedimentalmente es correcto.
Con el partido 3-3, Osaka quiebra nuevamente. Está en control desde el juego y sobre todo desde lo mental. Serena está peleando otra batalla: sigue hablando con el árbitro, le dice que le explicó lo que sucedió y que él difame su personalidad es incorrecto. Insiste con el pedido de disculpas. “Vos nunca jamás vas a pisar una cancha en la que yo esté mientras vivas”, lo amenaza. “Vos sos un mentiroso”. El árbitro respira, está nervioso. Serena sigue: “¿Cuándo vas a decir que lo lamentás? Decilo, decí que lo sentís. Si no lo vas a hacer, entonces no hables. No me hables”, ordena. “¿Cómo te atrevés a insinuar que estaba haciendo trampa?” Y arremete con lo que será definitivo en la discusión: “Me robaste un punto, también sos un ladrón”. Mientras Serena camina hacia su lado de la cancha, escucha por los parlantes la voz de Ramos: “Violación de código, abuso verbal, penalización con un game, Williams”. Lo oye, pero no lo escucha. No quiere saber nada más de él. Lo mira mientras espera recibir el servicio de Osaka. Pero eso no va a suceder porque ha perdido el game por la penalización. Las dos mujeres se acercan al umpire porque ninguna está muy segura de lo que pasó. Cuando este explica lo sucedido, Serena ríe de nervios, con ironía. Osaka se aleja, no quiere perder concentración pero se la ve incómoda. Serena pregunta a Ramos si la está cargando, si es porque lo llamó ladrón, que él antes la llamó tramposa. Y llama al réferi del partido, autoridad superior al umpire. Mientras un caballero se acerca al umpire para saber qué pasó, una señora habla con Serena. Y mujer frente a mujer, Serena llora. De impotencia, de rabia. “Me conocés”, le suplica, “Conocés mi personalidad. No hago trampa.” Y lanza una frase que clarifica aún más lo dramático de la situación: “No es justo. Esto me pasó demasiadas veces. No es justo.” El réferi explica que lo llamó ladrón. Y ella contesta rápida como no pudo estar esta noche en la cancha: “¿Sabés cuántos hombres hacen eso y cosas peores? Hay muchos hombres que hacen cosas peores y porque son hombres no les sucede nada. Esto no es justo.” Justicia es la palabra clave. Se siente víctima de un hecho injusto. Y llora. Y pide justicia. Y sigue jugando al fleje como en sus mejores partidos: “Sé las reglas. Sé que no podés cambiar el fallo. Sólo digo que está mal. Y me ha pasado en este torneo cada año que juego. Y es injusto.”
Vuelta al partido, Serena sirve 3-5 para mantenerse con vida. El público grita encendido, porque no entiende demasiado qué pasó, pero a la vez sabe lo que está en juego. Osaka trata de mantener la calma, este imprevisto no la puede separar de algo que anhela con pasión. Ella también tiene su propia historia sobre los hombros. Serena gana el game, mira a la referí en el costado y le dice “No es justo”. Llora, casi como si le hablara a una madre. Se dirige a su banco con lágrimas en los ojos. Se sienta, se tapa la cara con la toalla. Y llora. Tiene la mirada en el vacío. Le cuesta respirar. Está ahí sentada, con todo su talento a cuestas, con toda su impotencia. Con todo lo negro de su piel, con toda su femeneidad, con toda su garra, con su hija en el pecho. Con todas las batallas dadas y todos los logros conseguidos, mira al vacío. Quizá piensa en todas las batallas que todavía al día de hoy tiene que dar.
Osaka sirve y gana el game, el set y el partido. Es campeona del US Open. Va hasta la red a encontrarse con la que hasta hace un momento era su rival, pero ya no, ahora se abraza con su heroína, con su ídola. Y heroína como es, Serena la recibe con una sonrisa y con un abrazo cálido la felicita. Osaka saluda al umpire y también llora. Jugó como una campeona y ahora está feliz.
Mientras se arma el escenario para la premiación, una periodista se acerca a Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena Williams. “Soy honesto, le estaba dando indicaciones. No creo que me estuviera mirando, por eso estaba convencida del error, pero le estaba dando indicaciones. Todos los entrenadores en todos los partidos lo hacen, debemos cambiar esta reglamentación hipócrita. El entrenador de Osaka estaba dando indicaciones en todos los puntos también. El umpire de esta noche estuvo en semifinales con Nadal y su entrenador da indicaciones todo el partido y nunca lo penalizó. No lo entiendo. Nunca en mi vida me penalizaron por coaching. Y creo que penalizar a un tenista por romper una raqueta es absurdo. Deberían poder expresar sus sentimientos.”
La premiación se desarrolló sin la presencia del umpire, cosa inusual. Serena luego sería sancionada con una multa de diecisiete mil dólares. En la conferencia de prensa, hablará maravillas de su rival, reconocerá la derrota y dirá que tiene mucho por aprender de Osaka. Pero también mostrará que no sólo es una campeona en la cancha. Que puede ver el panorama general de las cosas y tomar una posición ante eso y defenderla. Aunque eso le cueste perder algo más que un game.


