por C. Fernández Rombi – 01 feb 2020
Ella y el Bocha hacen una buena pareja. Ella tiene 36 y el Bocha acaba de pasar los 40. Se casaron hace cinco, se quieren y llevan bien. Todavía “no les da” para el techo propio; pero en la casa de la suegra ─la madre de Ella─, una viuda de 61, tan simpática como bien conservada, hay lugar de sobra; incluso para el bebé que ya se anunció meses atrás. A Ella el embarazo no la trata bien: sofocones, miedos y malestares ocupan la mayor parte de su tiempo. A pesar de que, gracias a la licencia por maternidad, lleva un mes de vaga.
Soy un tipo feliz; del “vago sin desino” ─según mi vieja─ que era a los ventilargos… ¡mírame ahora, Loco! Casado, con laburo y a punto de ser padre. Y siempre con plata en el bolsillo. Ella labura, gana bien y mi suegrita con la pensión del finado coronel no nos deja gastar un mango en comida… ¡Rebién! El único problema del embarazo es que Ella le saca el cuerpo al sexo y yo… ¡vivo caliente! (¡Ya sé que hay otras minas, Loco! Pero no me gusta pagar por sexo. Además… teniendo dos magníficas mujeres en la casa es…)
Ese viernes a la tarde, Ella llama al Bocha, su voz alterada y plena de lágrimas acapara la atención del hombre que, despreocupado, veía pasar su última hora laboral de la semana.
─¡Bocha… Bocha… venite rajando al Hospital…! ¡Violaron a mi vieja!
La mujer mayor está recostada en una cama del Hospital. La más joven, con una preñez avanzada, sentada a su lado con la cabeza apoyada en el hombro de la madre. Es evidente que ambas han estado llorando. El Bocha se les acerca, casi en puntas de pie, sin decir palabra, besa ambas frentes con gran cariño. Luego, con frases entrecortadas, ellas le irán contando, la suegra principalmente: “Salía del cajero de la Avenida, cuando llegué a la esquina, sentí un brutal golpe en la cabeza… el tipo me empujó al callejón y me violó no sé por cuanto tiempo… ¡hijo de puta!” Ahora, estalla en llanto. “Se tomó su tiempo… me violó y sodomizó a gusto el hijo de remil putas…” Ella, como un eco, agrega. “Si lo tuviera a tiro le corto la pija y los huevos a pedacitos al cabrón hijo de mala madre”.
Bocha, compungido y solidario no pregunta nada; se limita a pequeños gestos de cariño. Magnífica actitud que repetirá a lo largo de todo el día siguiente, sábado. Logrará que Ella permanezca casi todo el día en la casa descansando. Mientras él se prodiga en el Hospital pendiente de cada gesto o necesidad de la viuda. A lo largo de este día se va enterando de un detalle peculiar del atentado; el investigador policial asignado ya ha expresado su extrañeza del tiempo que el agresor ─estima mínimo 30 minutos─ dedicó toda su energía a la agresión sexual, no llevándose efecto alguno de la víctima. Ni el dinero retirado del cajero, ni el celular, ni las dos alianzas de oro. Nada.
Al final del día, la viuda, ya con la presencia de Ella junto al lecho, manifestará al yerno su agradecimiento por su entrega, contención y dedicación. El Bocha no atina a responder pero se nota su alto grado de emoción. Bocha ha sido toda una sorpresa; nunca me cayó de diez, a lo más un seis, demasiado vago y echado. Pero ahora, en la mala, su solidaridad me ha conmovido… ¡bien por él!
Domingo. Cerca del mediodía, están los tres de regreso en casa; la mujer mayor deberá guardar cama unos días y seguir con la ingesta de antibióticos preventivos que se le han recetado. Ella, por sugestión del Bocha, también se acuesta, está agotada.
─A partir de este momento no se ocupen ni preocupen por nada. Yo me hago cargo del almuerzo y atender a mis chicas enfermitas por lo que resta del día.
El hombre más tierno del mundo ha hablado, su tono y su sonrisa son encantadores. Las dos mujeres irán viendo a lo largo del día, arrobadas, que sus atenciones y mimos no decaen en momento alguno. Al anochecer hay novedades. Se hace presente el oficial de investigaciones a cargo. Ha llegado en un móvil policial, lo acompaña un cabo que entrará a la casa con él. En el vehículo permanece otro agente. Los recibe el Bocha.
─Disculpe la hora señor Fernández… pero han surgido novedades en el caso… ¿Cómo está la Señora?
─Bien Oficial, reponiéndose; mi suegra y mi mujer están recostadas por pedido mío… las he atendido todo el tiempo desde ayer. Dígame qué necesita y yo me ocupo.
El joven oficial policial lo mira asintiendo con una amable sonrisa, y:
─Necesito hablar con su suegra y con usted, prefiero que su esposa esté ausente.
─Bien subo a avisarle… El Bocha gira sobre sus talones enfilando hacia la escalera a un par de metros; asombrado, se da cuenta que ambos policías suben detrás de él.
─¡Sí, adelante por favor! Es la respuesta de la viuda al llamado a su puerta. La más genuina sorpresa se dibuja en su rostro al ver entrar al trío de hombres, dos de civil y uno uniformado.
─Buenas noches señora Lourdes. ¿Cómo se encuentra hoy, mejor? El oficial toma la iniciativa. Pareciera un familiar lejano de visita. No lo es.
─Mucho mejor Oficial… ─contesta la mujer vacilando─ pero, su visita a esta hora de la noche me dejó perpleja… ¿Pasa algo malo?
─Eso es según se mire ─ahora el que vacila es el investigador─, una cámara de vigilancia en la adyacencia del cajero donde fue asaltada, nos ha mostrado sin duda alguna el rostro del violador… al que hemos venido a arrestar ya que está aquí presente… Leonardo Fernández está arrestado por el delito de violación ultrajante sobre la persona de la señora Lourdes Galván de Rocamora. Cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra en la acción judicial pertinente.
Difícil y mucho es describir las expresiones encontradas de suegra y yerno.
por C. Fernández Rombi – 15 ene 2020
Antes de ayer
Mucho silencio. ¿Será muy vulgar decir que este silencio me aturde? ¡Seguro que sí! Pero esa es mi realidad de los últimos años. Antes mi vida era más fácil… Miento sin querer: no era más fácil, era más linda, más agradable y más completa.
Tres años en pareja con mi irremplazable, inolvidable y magnífica Luciana. Un absurdo accidente y la muerte cerró su vida y la mía. Teníamos tanto amor para vivir…
Ayer
Conocí a Leonora. Creo, aunque parezca una antigüedad, que lo nuestro fue amor a primera vista. Alta y hermosa, delicada como una orquídea; imán irresistible para las miradas masculinas. Fui intensamente feliz, olvidando que la felicidad es sólo una circunstancia momentánea.
Finalmente partió. Yo no era su destino y, aunque lo había intuido, dolió. Y seguirá la persistencia de ese dolor sólo tolerable por haber sido anticipado. Fue el mejor año de mi vida. Pero fue y ahora es solamente recuerdo que duele…
Hoy
La vida del hombre que empieza a envejecer y está solo no es de las mejores. Demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para añorar y esa sensación omnipresente de no pertenecer, de estar fuera del mundo real. Lo peor llega con la noche y el regreso a casa. El silencio sólo se corta con la TV, telón sónico que acompaña, aunque no mire nada.
El interrogante funesto que me desvela es presentir que esto es todo, que hasta el final mi vida va a ser esta nada. Desde el inicio de la semana tengo una nueva compañera en la oficina. Madura, agradable, soltera, Rosalía es muy simpática. Congeniamos y la charla (esa carencia permanente) con ella es amena y muy agradable. Quizás…
por C. Fernández Rombi – 13 dic 2019
La reunión con los vecinos estaba programada para este sábado a las 17 hs. Lugar: el salón de la Sociedad de Fomento del barrio. El tema: la inseguridad barrial en aumento. Anfitriones: la Comisaría y el Delegado del Municipio de Lomas de Zamora.
Pasadas las 18 horas (ya algunos se han retirado, decepcionados o aburridos) se hace presente el Sub Delegado Municipal a solicitar un poco de paciencia: “La señora Comisaria y el señor Delegado se han demorado en un acto en el centro de Lomas, llegarán en unos minutos”.
Miro a mi alrededor ya con ganas de rajarme. Somos –calculo- unos veinte vecinos, no más. Y es ese el momento justo en que dos autos se detienen en la puerta de la Sociedad. Hay algunos suspiros de alivio (es evidente que otros ya estaban pensando en el raje igual que yo) ante lo que creímos es el arribo de las autoridades… ¡No! Seis muchachones –un séptimo queda de campana en la entrada-, algunos con armas de fuego y otros, sólo con la cara puesta en modo afano. Luego de hacernos saber que nos están robando, se llevan sin demasiada prolijidad lo que encuentran. Dinero de bolsillo, relojes, celulares y algunas carteras de mujer. Total, no más de 5’.
Los veinte vecinos, estafados y robados por los unos y los otros, coincidimos: ¡la reunión fue un fracaso!
por C. Fernández Rombi – 23 dic 2019
Hace años que me ahogo… desde que murió mamá; agotado de desengaños y soledad. A días de cumplir los 40, hago balance… Poco, muy poco.
De la familia, Rafael, mi hermano idiota, y yo. El Rafa no es un idiota en el sentido peyorativo que usamos para designar a los pesados habituales (en el Face encontrás mil por día). Sufre en forma congénita deidiocia o idiotismo: a sus treinta, su mente no supera el nivel de un niño de tres años…
¡Ay, mi pobre Rafa! El médico dijo: “No vivirá más allá de los veinte, con suerte”. Ya va para los treinta y uno... Sólo tuvimos padre hasta sus tres; la existencia del idiota le hizo de “disparador”: juntó sus cosas y se fue silbando bajito… Nunca volvió.
Siempre lo quise al Rafa, pero era mamá la que se ocupaba de él. Ella murió en el 2015 y, desde entonces, me toca a mí. No es fácil, coarta toda mi vida de relación. Es muy afectivo y me anda atrás todo el tiempo, lo cual es magnífico para un solitario como yo; pero cuando traigo amigos o proyectos de novia a casa… ¡hace lo mismo! Manosea y besuquea ─de puro afectuoso─ y se alejan. El babearse, claro, no ayuda.
A la mitad de mi vida conocí a Marina. Nos “flechamos” el día que comenzó a trabajar en la empresa en la que llevo años. Ella era la bocanada de aire fresco que yo pedía desde añares. Lo primero que le conté (con reservas) fue la existencia y situación del Rafa.
─Alejo -dijo emocionada-, esa desgracia que me contás te enaltece y me enamora más. Mis ojos también se humedecieron.
Al mes del inicio de la relación, vino a cenar a casa y se dispararon mis alarmas interiores. El inicio estuvo bien; Marina, solícita con el Rafa; pero hacia el final, se la notaba con ganas de piantar. ¡No es fácil “bancarlo” al Rafa! Fuera de casa el noviazgo iba sobre rieles. Era un hecho que el único hogar que podíamos formar era en mi casa ─mía y del Rafa─, ella vivía con la parentela. Minga de comprar algo nuevo.
Lo intento de nuevo: “¿Marina, no querés venir a almorzar a casa este domingo y pasamos la tarde juntos?” Me arrepiento en el acto, su expresión dice: “No voy a cohabitar con Rafael”. Bien, el tema está planteado: con Rafael nuestra convivencia es un imposible. Parece que mi única solución es matar al idiota. Un año pasamos en este idilio de destino incierto; todo bien y más, pero, “de eso no se habla”. Rafael cumplió treinta y dos, le compré una tortita con sus velitas (festejamos solos como de costumbre). Él, tan alegre como en todos sus cumples (aunque nunca supe si entiende bien qué festejamos).
Días después, se descompone, llamo al Same y en una hora estaba internado. Pasé la noche con él, en la mañana se apagó con un pequeño suspiro. Lloré una larga hora… Luego, más tranquilo, comencé ─sin desearlo, ni pensarlo─ a sumirme en una alegría inexplicable, desaforada. Tal y como no había tenido en la vida. Tomando conciencia de que, finalmente, iba a poder casarme con mi Marina. Luego me fui apaciguando, caí en la cuenta de lo cruel e insano de mi alegría. Terminé a pleno vómito… asqueado de mí mismo.
En la empresa me dieron la semana. (¡Bravo, no me sirvió de nada!) Marina quiso consolarme (por teléfono, ya que me negué a verla). Me habla una y otra vez con dulzura infinita: “mi amor, la vida esa así… yo perdí a papá hace dos años y sigo… es lo que hacemos todos los humanos…” y “fa fa fa y papapa y más fa fa”.
Decidimos tomarnos un tiempo para que yo pudiera racionalizar mi pérdida. Para no verla a diario, pedí traslado a las oficinas de la sucursal. Cada sábado en la noche -sin excepción- me llama y charlamos (su charla y mis monosílabos) media hora. Cada quince días me escribe un cariñoso mail contándome de sus cosas y, de paso, reiterar el papapa y el fafafa. (Marina es una mujer enamorada “de aquellas”).
Anoche –sábado- no recibí su habitual llamado. Sí, un correo; en cuidados términos, expresa su idea acerca de que exagero mi duelo; reitera su amor incondicional, haciendo la salvedad de que no puede esperar “para siempre”. La hago corta: esperará mí llamada hasta la última hora de mañana, a partir del lunes se considerará mujer libre.
Amanezco en malas condiciones, dolor de cabeza y la boca pastosa. Ella no me entiende, piensa que llevo un año de duelo por la muerte de mi hermano. ¡Nada que ver! Es un año de odiarme y despreciarme por esa orgía de alegría delirante que me acometió tras la muerte de mi Rafa. Y que nunca confesé. (¡Ay hermano, cómo te extraño!)
Larga, lentas, son las horas de este domingo maldito, en el que un hombre lucha entre su íntima amargura y la única oportunidad de felicidad que ha tenido. Ellas se suceden las unas a las otras, sin compasión alguna por este Alejandro Tombassi encerrado en un dilema que pareciera más su propia creación que la misma realidad.
Cae la noche sobre Buenos Aires, toma su celular. Como siempre, el primer nombre que resalta en “contactos”, es: MARINA - AMOR… Ya sin más dudas, oprime: ELIMINAR.
por C. Fernández Rombi – 07 dic 2019
Es un hombre común, educado y solidario; ha completado la educación media y desde ahí, a su trabajo rutinario de empleado en una empresa naviera. Tiene un buen concepto y goza de las simpatías de compañeros y jefes. Casado y con dos pequeños.
Está obsesionado con la inseguridad. Este ha sido “su año” en este aspecto (instalado en la vida argentina): le robaron el celular en el tren; y la billetera, el reloj y el celular (otro) en la calle dos motochorros, que además le dieron un par de golpes fuertes. Desde ese momento se le instaló la idea fija de algún tipo de venganza; algo que se ha potenciado en forma exponencial desde el asalto hace unos meses a la casa de sus padres. Estos, que viven a no más de treinta cuadras del hijo, fueron sorprendidos durante el sueño; los tres delincuentes saltaron la reja del jardín y se introdujeron por una ventana de la planta alta. No es tanto lo que le robaron como la forma cruel en que uno de ellos le pegó repetidamente a su mamá de 75 años. Estuvo internada casi un mes y salió con una marcada cojera ya sin remedio. ¡Hijos de puta!
Por primera vez en su vida ha comprado un arma. Nunca ha disparado; su único y ultra rápido entrenamiento, las instrucciones del vendedor de la armería Casale. Una pistola de ocho tiros con la que sueña, casi cada noche, sorprender a algún intruso en su jardín y “fusilarlo”. Él mismo es consciente de que la suya no es una obsesión normal; por eso mismo no la comparte ni con su misma esposa. Cada sábado por la mañana (Elena trabaja en ese horario) él aprovecha para su ceremonial; limpiar y engrasar cuidadosamente su pistola. Así estará lista en el momento en que sea necesaria.
Esa noche, alrededor de las dos de la mañana, Raúl va al baño a oscuras para mear no necesito luz. Ya volviendo al lecho, escucha el ruido. No tengo dudas, es el de un tronco seco de la parra cuando se lo quiebra. Rápido y alerta, deja las chinelas de lado, en un segundo toma su pistola de la cómoda y baja los ocho escalones hasta el rellano de la escalera que da a la planta baja. La pequeña ventana, apenas tragaluz, le permite divisar a los tres delincuentes que se mueven en su jardín bajo la luz de la luna… ¡Quizás son los hijos de puta que fajaron a mi vieja!
Dispara dos veces sin vacilar. El estruendo provocará el caos. Los gritos de Elena y el llanto de los chicos se superponen. Se encienden las luces del dormitorio y él, el autor de esta trama inusual, ha perdido por unos segundos la convicción, alelado. Reaccionará apretando los dientes y vaciando el cargador del arma hacia los intrusos de su jardín. Luego, deja caer la pistola y queda yerto en el descanso de la escalera. Momento en el cual su esposa cae sobre él y entre convulsiones le grita, a pesar de tener sus cabezas juntas: “¡Querido, querido llamé al 911…! ¡Raúl, Raúl ya vienen…!”
Los que llegan en ese momento son los críos llorosos y aterrados que se echan sobre los papás; el cuadro, en la penumbra, es realmente insólito. Y se mantendrá hasta la llegada del móvil policial, precedida por el desagradable sonido de su sirena. El grupo empieza a desmembrarse recién cuando llaman a la puerta y resuena una voz:
─¡Es la Policía, abra señor, abra! ¡Deje el arma en el piso y abra! ¡Tranquilo, la situación está controlada… abra!
En el momento en que la Policía accede al living, ya totalmente iluminado, ese remedo de familia en ropa de dormir mira a los de uniforme como si fuesen la Segunda Venida. La sargento a cargo del operativo los ha hecho sentar y tomar sendos vasos de agua, mientras con segura voz los va serenando. “Tranquilos, tranquilos, ya pasó todo, está todo bien… tranquilos y respiren despacio”.
Por fin, Raúl se decide y pregunta con un tono de voz baja y a un rango de lo tembloroso, que contrasta con el orgullo desafiante de su mirada:
─¡Gracias a todos agentes, gracias…! Dígame señora… ¿a cuántos maté?
─Por lo que pudimos constatar son tres: una camisa blanca, una de cuadros y un jean… No hay heridos, señor.



