por C. Fernández Rombi – 06 mar 2020
Alcira se afana en el gimnasio de Palermo; ni las gotas de transpiración, ni el atuendo deportivo y menos aún, la vincha lila que sujeta sin mucho éxito su cabello, desmerecen su condición de mujer atractiva. Ya entrada en la madurez, pero indudablemente atractiva. Además, no puede disimular ese aire de altivez que la proclama una triunfadora. El ojo atento de su personal trainer, que la observa con atención, denota esa aprobación tan deseada por ella que, de tanto en tanto, el joven refuerza con algún consejo profesional. Hasta hace un par de años, cuando cumplía los cuarenta, trabajaba como secretaria privada del CEO de Cervecerías Quilmes: fue el momento en el cual decidió que era el tiempo de pasarla bien. Sus dos hijos están crecidos y su esposo Julián, contador, ganaba más que ella como gerente de una internacional… ¿Por qué no?
Juliá es un hombre al filo de los cincuenta, bien plantado y considerado en la empresa en la que trabaja hace años. Se alegró cuando su mujer decidió retirarse y quedarse en casa, él gana bastante más de lo necesario para vivir bien en un hermoso semipiso de 160 m2 y con dos cocheras, ubicado en la mejor zona de Palermo. ¡Oh, Dios es bueno conmigo! A pesar de haber sido provocado más de una vez por algunas de las tantas empleadas administrativas de su empresa, nunca cedió. Está enamorado de su Alcira y respeta a sus hijos. Pero, dicen los que saben, esa etapa de la vida produce cambios en la de un hombre; y así fue: desde hace un par de meses “sale” con una hermosa veinteañera, sin mucho en la cabeza y bastante en el físico. Sus salidas furtivas, nunca más de una vez a la semana, y las consiguientes excusas en el hogar lo hacen sentirse en falta. No lo disfruta realmente. Tengo que cortar con esta pavada; si se entera Alcira…
No tendría tiempo. Esa mañana de lunes, mientras se ducha, la dulce esposa revisa su celular. Vaya, vaya, conque pisaste el palito querido. ¡Vamos a tener mucho que hablar!
El hombre está pasando las de Caín desde hace justo una semana. Alcira “mortalmente” ofendida no le dirige la palabra y lo ignora totalmente. Por supuesto, él ha cortado esa relación de inmediato y ha pedido perdón en todos los tonos posibles, con resultado nulo. Recién en el octavo día, ella responde sus dichos con algún monosílabo; y al noveno, agrega algunas medias frases. Finalmente, con ese admirable y exclusivo imaginativo propio de la mujer, Julián se entera que una forma como para iniciar, quizás, las tratativas del perdón ─no del olvido, por supuesto─ podría ser cambiar el auto de Alcira, que ya tiene cinco años, por un 0 km; y, también, un viaje por Europa.
Ese pobre pecador lleno de arrepentimiento accede ─contentísimo─ a todo. El auto nuevo ya está en la cochera y mañana partirán desde el Aeropuerto de Ezeiza rumbo a Madrid, puerta de Europa. Los chicos quedan a cargo de los abuelos. Cumplida una hora de vuelo, les sirven aperitivos y unas apetitosas tartaletas; luego de los cuales, ambos miembros de la recompuesta pareja, inclinan sus asientos y entrecierran los ojos plácidamente.
¡De buena me salvé! Qué forma estúpida de poner en juego mi pareja y mi familia. En esta no caigo más; me podría bailotear desnuda frente a los ojos la mismísima Kim Kardhasian que yo miraría para otro lado… ¡Nunca más!
¡Apasionada y mucho la despedida que me brindó Ronaldo! En los dos años que lleva mi nueva vida, es mi tercer personal trainer… ¡Cada uno supera al anterior! Bien, ahora un mes de descanso y a disfrutar del Viejo Mundo con mi dulce maridito.
Nota del autor:
La historia bíblica nos cuenta que tras matar a su hermano menor Abel, Caín fue condenado a vagar durante toda su vida por la tierra con una marca en la frente, sin poder hablar con nadie. Entonces, traslaticiamente, “pasar las de Caín” significa pasarlo muy mal, como este personaje. En otros lugares de América, para indicar las vueltas que se dan para concretar algo, se usa la expresión “pasar las verdes y las maduras” o “pasar las duras y las maduras”, con el sentido de “verse alguien en una situación difícil o apurada” (María del Rosario Ramallo)
por C. Fernández Rombi – 29 feb 2020
¡Por fin se me dio!
Llevamos dos años de lucha enconada y silenciosa; la mayor parte de ese tiempo llevé las de perder. Arancibia tiene mejor currículo y les cae mejor a los directores. Incluso, tiene mejor imagen: el muy maldito es alto, elegante y dueño de una oratoria apropiada para un Gerente de Relaciones Internaciones de una naviera como la nuestra. En cambio yo soy de baja estatura, poco elegante aunque me esfuerzo; y para colmo, con ese ligero e inevitable tartamudeo que me asalta al hablar en público.
No hay dudas de que en esa competencia mis chances eran reducidas, casi nulas; pero a veces, el destino interviene en ayuda de los más desfavorecidos. A sólo quince días del deseable nombramiento, llegaría a mis manos la carta de triunfo, el ancho de espadas.
Por pura casualidad, el secreto mejor guardado (tal vez, el único) de mi rival llegaría a mi conocimiento en el mejor momento: ¡Arancibia es gay! ¡Sí, el muy maldito se la come! ¡Está frito! A mí, personalmente me da lo mismo y la homofobia me parece una tontería sin asidero. Pero, mi empresa tiene un claro tinte católico… y eso va a jugar a mi favor.
Hacía más de veinticinco años que no iba por El Tigre con mi mujer, desde que éramos novios. Venía jorobando hace rato con pasar un día en el recreo El Galeón de Oro, donde tuvimos sexo por primera vez; y como tenía varios pecadillos que hacerme perdonar, le dije que sí. Un domingo esplendoroso a media mañana, tomamos la lancha que, río arriba, nos llevaría al recreo (¡y a mí gloria personal!).
Nos instalamos en una linda habitación y después de unos mimos (casi olvidados) bajamos al amplio comedor (almuerzo y merienda incluidos en el precio de la habitación). Olvidado por un momento de mi tema acuciante, hago un paneo sobre la buena cantidad de comensales… ¡Y lo veo…! ¡A él, a Arancibia! En una mesa apartada haciéndose mimos con un muchacho bastante más joven que nosotros. Mi corazón se dispara a mil y mi mente se le acopla. De inmediato, le explico la situación a mi gordita y la envío como soldado de avanzada y a su celular como arma infalible. “Tómales unas cuantas fotos, lo más comprometedoras posible”.
Ni terminamos el almuerzo y nos encerramos en la habitación hasta que pasara la primera lancha de vuelta. De ninguna manera quería ser visto por mi víctima. Esa misma noche, desde la laptop de mi ella, les mandamos las fotos reveladoras a tres los capos de la empresa. ¡Quiero vale cuatro!
Hoy miércoles me tiré el placar encima, es el gran día. Los capos se reúnen a primera hora para designar al nuevo Gerente. A eso de las once, se nos citará a los jefes de áreas para imponernos de lo resuelto; y media hora después, aparecerá en cartelera el nuevo rutilante nombre (¡el mío, papá!). Pasan las once largamente… En el momento justo en que algunos ya se retiran hacia el comedor para el almuerzo ligero que brinda la Naviera, una de las secretarias se acerca comunicado en mano a la cartelera.
A la mayoría no le interesa, a mí sí. Me abalanzo y leo:
Comunicado de Presidencia de la Naviera Cristianía:
“Por razones de orden interno,
hemos decidido dejar de momento vacante el puesto de
Gerente de Relaciones Internacionales.
Se inician gestiones para la contratación de un idóneo
del área internacional”
por C. Fernández Rombi – 17 feb 2020
Lector: los dos cuentos que siguen no tienen título; y ambos tienen una característica común: hasta el cuarto párrafo son absolutamente iguales. Luego…
Esperaba confiado el fin del día…
Es decir, el momento de su descanso físico y anímico. Había sido -y continuaba siendo- un día agotador. El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro. Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes. Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir. Mañana es mi franco… ¡aleluya! Pero…
Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención. Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo. Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado. Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.
-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado. Insiste
-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?
Ahora sí, la muchacha lo escucha. Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:
─¡Chabón, dame el celu, la guita y valores! Si no mi amiguito (el pequeño revólver parece de juguete) te hará dos agujeros en el pecho… ¡Dale que no estoy jodiendo!
El chofer de ambulancias no se resistirá y entrega todo lo que tiene. Luego, y arrastrando los pies, recorre los cinco o seis metros hasta su puerta. Una vez adentro de su casa, se desviste y deja caer en el lecho. Ni siquiera ha encendido la luz.
(…)
Esperaba confiado el fin del día… (II)
Es decir, el momento de su descanso físico y anímico. Había sido -y continuaba siendo- un día agotador. El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro. Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes. Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir. Mañana es mi franco… ¡aleluya! Pero…
Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención. Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo. Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado. Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.
-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado. Insiste
-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?
Ahora sí, la muchacha lo escucha. Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:
-¡Gracias señor… me acaban de pegar y violar! ¡Estoy desesperada! El chofer de ambulancias no vacila: saca el celular y llama al servicio para el cual trabaja. En siete minutos acude una unidad con dos de sus compañeros, les relata la situación y con él a bordo la trasladan al Hospital Fernández. Rafael ya ha olvidado su proyecto de descanso y relax. Él no es paramédico y se abstiene de fisgonear el cuerpo de la muchacha, pero el enfermero que viaja con ellos sí lo ha hecho.
-Flaco, ¡suerte para la piba que llegaste vos! Está muy golpeada -vacila y se anima a agregar- y creo que algo más también.
-¿Qué querés decir?
-Me parece que estamos frente a un embarazo avanzado. En fin, ya lo dirá el tordo de turno.
El informe médico lo confirmará. La multiplicidad de golpes lastimaron a la madre pero, con evidente cuidado, preservaron al feto.
Rita Mendizábal, tiene 19 años y es tan bonita como huérfana. Rafael Carlosas, su inesperado salvador, ha devenido en permanente protector. Cada día, antes de tomar servicio y a la noche, ya retirado del mismo, es un asiduo visitante que la llena de pequeña atenciones. Pero es evidente que lo que motiva el contento de la chica, dentro de lo triste de su situación, es su compañía. Se le ilumina la mirada cada vez que el hombre, a un par de pasos de los cuarenta, se le acerca y besa en la frente. Pasados quince días, la chica se ha recuperado y está a dos días de ser dada de alta médica. La criatura ya ha nacido, fuerte y sana. ¡Dios que bonita y joven es!
De a poco y sin que el hombre la interrogue, ella le ha ido contando su vida. Nacida en Catamarca, al fallecer la madre se vino con una tía a vivir a una villa del Bajo Flores. A sus diecisiete conoció a un hombre maduro y elegante que la sedujo de inmediato. Él le prometió una vida distinta, con una casita propia, un buen vivir y hasta un perrito. Lo que el hombre omitió fue contarle que la iba a prostituir y que era ese su modo de vida; se jactaba de las ocho pupilas de su harén. Sin embargo, Rita, además de ser la más joven, es muy especial. Mientras le explico sus nuevas funciones de puta de la calle, continúa mirándome con un amor y un candor que parecen no recibir balas. En fin… tendré que darle un trato algo mejor. Sin exagerar.
A los pocos meses de “hacer la calle” para su hombre, vuelven en el auto del proxeneta que la ha retirado por hoy de su parada habitual. Él, inmerso en sus pensamientos, no le presta mucha atención cuando una Rita con expresión compungida ─que no llega a ocultar su íntimo regocijo─, le dice:
-Juan, mi querido Juan… debo decirte algo… ¡Ay, Juan mi querido, estoy preñada…! ¡Estoy preñada!
El hombre estalla hecho furia, insultándola de arriba abajo y como rúbrica, un par de sopapos de sus pesadas manos.
-¡Puta, puta… no te dije mil veces que usaras forro…! ¿Te lo dije puta o no?
-¡Es tuyo Juan, es tuyo… te lo juro… vos sos el único con el que no me cuidé.
El hombre le cree. Y si bien experimenta cierta emoción ya que sería su primer hijo, piensa que su pupila merece un correctivo. La hace bajar del automóvil y de los pelos la lleva hasta la vereda; es un sitio oscuro, ya que la luz de la columna del alumbrado público no alumbra. Le pega sin pasión, pero severamente, se cuida de que sus golpes no afecten a la criatura por nacer. Mi hijo.
Ahí mismo la dejaría y minutos después será el encuentro con el buen samaritano, Rafael. Entre Rita y Rafael se ha desarrollado una cálida onda amistosa. Que está a punto de ponerse a prueba. En el momento del alta médica, la pequeña no sabe y no tiene a dónde ir. Piensa que de presentarse a la casa que comparte con sus siete compañeras, Juan la dejará trabajar pero le quitará el querido hijo. ¡Y eso, nunca!
Finalmente, Rafael le propone que se mude con él.
─No sólo van a estar cómodos vos y tu hijo, sino que yo no te pido nada a cambio. No te quiero engañar, soy un hombre maduro y solo que, ahora, se acostumbró a tu compañía y la del crio; y me encantaría a la larga formar una familia entre los tres. Eso se verá si se da o no. De momento, salís del apremio de tu situación y podés dedicarte a la crianza de Ricardito.
La vida continua: seis meses más tarde, Rafael y Rita comparten lecho y conforman un embrión de familia feliz.
Noche de viernes. Rafael vuelve sobre las veintiuna a su hogar. Cansado y feliz. Sabe que un remanso de paz y pequeñas alegrías lo han de acompañar todo el fin de semana. No, el cuadro es desolador. Sin que él mismo se dé cuenta, gruesos lagrimones ruedan por su rostro. El pequeño departamento está semidestrozado. Tirada en el piso, totalmente desmadejada y con los ojos abiertos en espanto, el cadáver de su amada Rita da grima. El nene no está.
por C. Fernández Rombi – 24 feb 2020
A mi querida esposa.
Cualquier similitud con sucesos de la vida real
es pura y mera coincidencia.
Esta pequeña historia doméstica se inició hace cincuenta años. Lo del odio, es posterior.
Nos conocimos con Marga en una fiesta de “15”; ella era condiscípula de la agasajada y yo, uno más de los muchachos “grandes” invitados: tenía diecinueve. Comenzamos a salir y tres años después nos casábamos para toda la vida (como era en esa época). Nada de qué quejarse, nada para arrepentirse. Como profesional independiente me ha ido bien. Además de tres hermosos hijos, pudimos tener la casa propia (viejo sueño incumplido de nuestros viejos). Viajamos bastante: Europa, Oriente, EE UU; y nuestro país, casi todo.
Voy a tratar de poner en palabras lo del odio. No me resulta fácil ya que es una historia (¿historieta?) que lleva años y nunca terminé de entender. Es más, a pesar de que hay momentos, a veces semanas enteras, en las que pienso que es todo fruto de mi imaginación y que el referido odio de Marga hacia mí es, reitero, fruto exclusivo de imaginación… ¡de pronto reaparece!
Puede ser en el momento más banal, por ejemplo, viendo la TV durante la cena ante el comentario más tonto de mi parte o simplemente un chiste pueril, y aparece en su mirada el fulgor del odio. Tan intenso como breve. Es el momento de aclarar que nos llevamos bien; hasta diría, muy bien, si nos comparamos con otras parejas con rodaje similar. Estoy hablando de medio siglo de relación. (¡Que los parió!)
A veces, sin poder evitarlo, me pongo a cavilar cuándo empezó esta historia. El recuerdo más lejano me lleva al festejo de nuestras bodas de plata. Con los viejos, nuestros tres hijos y un puñado de amigos. Mucha alegría y muchas esperanzas, todavía éramos muy jóvenes. Esa noche, en el momento del brindis, creo que fue la primera vez; por lo menos, la primera en que yo lo experimenté conscientemente. ¡Un destello fugaz de odio en su mirada! Un instante, casi una nada.
Es decir que esta historia, que nunca compartí con nadie ni pienso hacerlo, por razones que, supongo, os parecerán más que obvias, está a punto de cumplir los veinticinco años.
En nuestras bodas de oro, como lo hicimos en las de plata, hacemos un pequeño festejo; un puñadito de amigos, los hijos, ahora también los nietos que en las de plata no existían y nosotros dos; claro, algo más viejitos. Todo lindo, buen humor y las gastadas bromas sobre lo que ya no podemos hacer. También, por descontado, el recuerdo de aquellos que partieron de nuestra vidas.
Marga, como de costumbre, amable y solícita con todos y tierna conmigo. En el momento de alzar las copas por nuestros cincuenta años, brindamos entre todos; el último brindis lo hago con ella e intercambiamos un dulce beso en la boca. En el justo momento en que separamos nuestros labios, reaparece... ¡ese destello fugaz de odio en su mirada! Tan breve que, tal vez, no exista; aunque, esta vez lo percibí más cruel y salvaje que nunca.
Ya en nuestra cama, Marga respira profundamente y con la boca entreabierta, signo habitual de que duerme con su placidez acostumbrada. Una hora más tarde sigo sin poder conciliar el sueño.
Tengo miedo…
por C. Fernández Rombi – 10 feb 2020
La amplia y destartalada casa familiar está situada a pocos metros de una de las tantas villas miserias del conurbano, en Lanús. La construyó su abuelo allá por 1920 sin el menor conocimiento del diseño arquitectónico: cuatro cuartos amplios y altos, cocina grande y comedor chico. Como prescindió de los pasillos, cada estancia tiene mínimo tres puertas. Sin embargo, sirvió como hogar de tres generaciones. Jaime nació en ella hace 78 años. Ahora, lo está asfixiando; hasta el año anterior lo acompañaban la madre y el hermano menor; partieron ambos en el breve lapso de tres meses. Años y soledad no hacen buenas migas. Para nada.
Sin amigos vivos, su único pasatiempo es ir una vez por semana (con su jubilación más es imposible) a “tirar” unos cientos de pesos en las ruletas del Bingo Lomas. Su único sueño, poder vender la casona y comprarse un mono ambiente el Mar del Plata. Lo más cerca posible del Bingo de la Avenida Independencia.
¡Ese es el único casino en el que soy ganador!
Esa ingenua y engañosa máxima es el gran motivador de su sueño de mudarse a La Feliz. En su subconsciente sabe que es muy difícil, casi un imposible. Estamos en el año 2020, el peor de toda la historia inmobiliaria de un país castigado por sus dirigencias políticas de distintos signos en el último medio siglo. Además, el pobrísimo estado de mantenimiento y la ubicación de su casa no ayudan para nada.
Esta noche, como la mayoría, mordisquea un pan flauta y un poco de fiambre; un vaso de tinto completa la cena. Luego, saca de un cajón del ropero la pequeña ruleta de plástico, la cajita con fichas y el rollo de tela engomada que en uno de sus lados tiene el espectáculo más atractivo del mundo: el paño verde de la ruleta. Todo listo, se ubica en su banquito de madera al frente la mesa. Alternativamente, irá cumpliendo su doble función, croupier y único jugador. Las puteadas continuas, se cortarán cada tanto por un grito de júbilo...
¡Vamos todavía, carajo!



