La sombra de Pérez
por C. Fernández Rombi
16 jul 2017
El hombre de cuarenta años lleva veinte, la mitad de su vida, trabajando en la misma constructora. Está desencantado e inmerso en el inicio de una crisis de depresión. La empresa ha contratado hace un par de meses nueva secretaria, una hermosa pelirroja, más hermosa del común y muy joven.
Tan joven que duele el sólo pensarlo.
Rápidamente se produjo una chispa de atracción entre el hombre maduro y ella, Marysol. Veinte días después, ya tienen una aventura. Él, poco acostumbrado a las aventuras románticas está encantado. Rejuvenecido, ni sombra de depresión. Entiende con claridad que “esto” no puede ir más allá de algo circunstancial: por un lado, es casado; y por el otro, no tiene un solo tema de conversación. No puede evitar cierto grado de fastidio todo el tiempo que Marysol pasa en el celular enviando y recibiendo cientos, ¡miles… millones! de mensajitos, sea lo que fuere lo que estén haciendo.
"Es crispante… pero que hermosa es en la cama; sobre las sábanas, su cabellera es una llamarada de luz rojiza; su mirada, pura luz. Pareciera conocer todo sobre el amor desde el mismo inicio de los tiempos… como algo que trae desde la cuna, que le pertenece y no admite discusión. ¡Estoy loco por ella! Aun sabiendo que no va a durar, que no puede permanecer… Me pasaría horas mirándola… Hay momentos, cuando no me observa, que me asaltan ganas de llorar ante tanta belleza. Muchos años que no me sentía tan bien, parezco un adolescente. Por favor que dure, no sé cuánto pero que dure."
Jueves por la tarde en Buenos Aires, la temperatura es agradable y una fina llovizna no deja de caer.
Marysol se reintegró a la empresa esa mañana, un resfriado rebelde la tuvo en cama unos días. Ambos cruzaron una cálida sonrisa al toparse en el pasillo y un par de frases convencionales. Entre dientes, él desliza su mensaje: “¿Nos vemos esta noche?” Marysol, vacila un instante, todavía no se siente bien.
"El viejo me está suplicando con la mirada, me da un poco de pena y bue…" -Bueno, está bien. Contestará en voz baja.
A veces, eso que llamamos destino, sea para las grandes cosas o las trivialidades juega sus cartas más allá de la decisión humana. Sobre las tres de la tarde ambos coinciden en las oficinas del Instituto Argentino del Cemento Portland. Su encuentro se produce en uno de los amplios pasillos frente a un ventanal que da a Paseo Colón. La vista es espléndida, sobre los viejos árboles de la Avenida reverbera tenue un pálido sol que le hace de marco a la suave lluvia que sigue. Ambos parecen sorprenderse alegremente. Marysol logra disimular un pequeño sobresalto o disgusto…
"Me lo encuentro hasta en la sopa… ¿me estará siguiendo?"
Él la toma de la muñeca, se siente exultar y trata de disimular al decir:
-El destino nos reúne Marita… ¡qué alegría! ¿Qué te trae al Instituto?
-Me mandó el viejo Pérez para retirar unas facturas de los últimos ensayos de probetas de hormigón armado que mandamos… ¿Y vos?
-Tengo que reunirme con el pesado del gerente comercial, justamente por las dichosas probetas… los últimos ensayos no nos dan bien. Y para colmo lo voy a tener que esperar como una hora, parece que tiene una reunión en Ingeniería…
- Paciencia Julio, yo terminé y ya me vuelvo a la empresa.
El hombre no la suelta, pareciera buscar algo qué decir, sin saber él mismo de que se trata; finalmente se decide:
- Maryta, mirá que hermosa tarde… y si la pasamos juntos… yo después te busco una excusa para Pérez…
- ¡No! Nada que ver. Hoy me cagó a pedos y me dijo que soy muy nuevita para estar faltando. Julio, me está pagando muy bien y no quiero perder este laburo. Perdoname… pero me costó mucho conseguir trabajo. Disculpame, pero no.
Claro que se nota la frustración y el desencanto del hombre, que cediendo dirá:
-Bueno amor no te hagas problemas… entonces nos vemos a la noche como convinimos…
La muchacha vacila unos pocos segundos, luego asumirá una decisión.
-No Julio, mejor hoy no. Todavía no me siento bien y no quiero una recaída. Combinamos para cualquier otro día.
“…cualquier otro día. ¡Esto no va más! Me pasé de cargoso y es mi culpa. No sé qué decir, no me puedo arrodillar ante esta mocosa… aunque sea mi locura…”
Marysol, con delicadeza libera su muñeca y con una sonrisa se despide:
-Chau, nos vemos en la empresa.
“Ni un puto beso, simplemente se dio vuelta y se fue… ¡me lo gané!”
El ingeniero Julio Santana no se queda a esperar al Señor Gerente, tampoco volverá a su empleo. Abandona el edificio y entra en el primer bar que encuentra. Se sienta frente a la ventana, pide un café y se dedica a mirar detenidamente, como si fuera la actividad más importante de su vida, la fina lluvia que cae sobre el boulevard del Paseo Colón.
La jaula
por C. Fernández Rombi
06 jul 2017
La casa, en las afueras de Chilecito, es una ruina. El hombre, también. Cargado de años y frustraciones ha vuelto a su única posesión en este mundo; esta casa que construyera su abuelo hace noventa años. Nadie la habita hace tiempo; primero murió la madre, después el padre y él, con apenas ocho años, fue llevado por la tía a vivir a las afueras de La Rioja.
Recién entonces, a sus ocho años, empezaría la primaria que no le duraría más de un par de años. Enseguida, a la muerte de la tía ─sin saber cómo─, aparecería en una villa miseria del oeste del Gran Buenos Aires. En la que ha vivido hasta ahora; cuando ya al filo de los ochenta ha vuelto a la casa de su niñez. Algunos años de pedigüeño, otros de ciruja y finalmente, cartonero. Ha transitado una vida que no le parece suya propia, sino de otro.
“Un montonazo de años… ¡carajo!”
De igual manera, ignora cómo Ramona Estévez empezó a andar a su lado en el carrito; y luego se fue a vivir con él a sus veinte chapas durante años. Apenas recuerda a su mujer borrada hace tiempo o a sus dos hijas que también desaparecieron de su vida hace años.
“Jamás les puse la mano encima a la Ramona o a las chicas… Pero se quejaban de mi falta de ternura y que no las tuteara. Mientras mis niñas fueron bebés, me gustaba besarles las mejillas morenitas; pero apenas empezaron a hablar… fue inútil; ya no pude ni hablar con ellas y menos acariciarlas ¡Sólo Cristo sabe dónde se andan!”
La mirada cansada recorre su casa natal sin emoción alguna. Tres piezas con piso de tierra apisonada y pequeños ventanucos, una enorme cocina sin mesada y en falsa escuadra; el baño afuera y el patio trasero. Tan amplio como sucio, cubierto de malezas y yuyos que ocultan, sólo a medias, la jaula de los pájaros.
La jaula, apoyada como siempre y de cualquier manera contra el muro medianero. Los pájaros, cree, eran la debilidad del abuelo.
“Me parece que cuando el abuelo murió, los pajaritos se fueron con él.”
La jaula (I)
La jaula ─grande, aunque no llegaba a ser un jaulón─ la había hecho, al igual que la casa, el abuelo al que no conoció y que, según la versión de la vieja, era fanático de los pajaritos. Él nunca vio un solo pájaro en esa jaula; vencida y ladeada contra el muro del patio. También el patio estaba vencido, también la casa, también la vieja, también el padre, también el mismo chico que él fuera.
Él preferiría que la jaula no se vea… Aunque entre los yuyos se dejan adivinar los alambres curvados que ayer fueran negros y hoy son óxido y no más, que dan forma a la parte superior de su techo. La jaula es ominosa presencia para este viejo que ayer era un niño.
Despatarrado en un incómodo sillón de hierro, el viejo recuerda su pasado, aún más viejo. Sin darse cuenta, trata de arreglar el edredón estropeado que separa el cuerpo del metal. No cae en la cuenta que son los mismos movimientos mecánicos que hacía setenta años atrás su padre; con la misma motivación, buscar algo más de comodidad…
Aunque padre y el sillón eran un conjunto, un equipo indestructible. Padre no se sentaba en el sillón, se fundía en él.
Su niñez fue hace mucho tiempo… Tiempo que le sirvió para pensar cada vez menos en el pasado y en ellas. La vieja y la jaula…. y, ¿por qué no?, también en su padre.
"La jaula hija de puta… y la vieja y Padre… ¡hijos de puta!"
Sin embargo, no experimenta odio; pero son recuerdos insobornables. Siempre presentes.
La vieja
La vieja siempre fue “la vieja”. Nunca su mamá. Todos la llamaban de esa forma sin otro aditamento. Salvo, claro, su padre; para él era “la vieja loca”, sobre todo cuando la fajaba ─a diario─. Cuando hablaba con él y se refería a la vieja, solía decir “pendejo mugre andá a decirle a tu abuela que te limpié un poco”. Pero no era su abuela.
“Nunca supe porque se había casado con una mujer tan mayor que él… O sí. Para dominarla, obligarla a trabajar meta lava que lava todo el santo día y para maltratarla cada vez que volvía chupado… A mí tampoco jamás me llamo hijo o Pedro, yo era el pendejo de mierda o el maldito mocoso bueno para nada. Por eso no se preocupó en mandarme a la escuela. “Si yo nunca fui y soy todo un hombre”. Padre nunca trabajó; se pasaba el día sentado en este mismo sillón tomando un amargo tras otro. La vieja estaba con ojo atento a cambiarle yerba y agua cada hora sin fallar… si no, ¡quilombo seguro! Al caer la noche desaparecía hasta la madrugada, nunca supe adónde iba. Siempre volvía borracho y fajaba a la vieja… Que recibía todo sin una queja ni un suspiro. Solamente sus lágrimas largas e interminables y su quejido, apenas insinuado, apenas murmullo.”
La recuerda así, de esa manera, como un murmullo perdido en el tiempo. Sólo tenía con él alguna ternura cuando padre no estaba…y eso era difícil. Padre era, en el día, una presencia inmutable; sentado en este mismo sillón sin decir una palabra salvo fuera ladrar alguna orden. No recuerda que una sola vez lo haya llamado por su nombre.
Y tampoco lo recuerda bien, -en realidad casi nada recuerda bien─ cuando tenía cinco o seis, una noche de golpiza en vez de enterrar su cabeza en la almohada como de costumbre se asomó para mirar. El hombre, con la mirada vacía y sin expresar odio de naturaleza alguna, golpeaba a la vieja sistemáticamente. Como una obligación que no podía soslayar… Hasta que vio al pequeño espiando desde el vano de la cocina.
─¿Qué carajo mirás pendejo de mierda? ¡Mañana te arreglo a vos!
La jaula (II)
“No pegué un ojo el resto de la noche, me la pasé temblando. Padre nunca me había pegado… ¿y ahora qué? A la mañana, la vieja me sirvió el mate cocido y la galleta de costumbre, no dijo una palabra ni mencionó lo sucedido, sólo me acarició un hombro al pasar. Empecé a recobrar la tranquilidad; Padre se había olvidado. A las diez ya se había instalado en el sillón con el mate y yo jugaba con unas piedritas en el rincón más alejado del patio sin hacer un solo ruidito…
─¡Pendejo, a la jaula!
Duro como un poste no supe cómo reaccionar. Enseguida entendería.
─¡Te metés en la jaula o te mato…! ¡Ahora pendejo!
Como rayo me fui a la jaula y, con esfuerzo, me metí en ella. Suerte que era flaco como lombriz. Ahí me pasé el día entero. Al atardecer, cuando padre roncaba en el sillón, la vieja me dio comida y agua. Así el día entero. Y así seguiría día tras día; cuando Padre se apostaba en el sillón al rato pegaba el grito:
─¡Pendejo a la jaula!
Recién a la noche cuando se marchaba, la vieja venía y me ayudaba a salir de la jaula, luego me frotaba todo el cuerpo porque los calambres me hacían llorar y le daba una limpiada para eliminar los restos de mis necesidades… por fin, me daba de comer. Y así, y así, y así… dos, tres, cien años. Una mañana desperté asombrado, no se oía el habitual ajetreo de la vieja en la cocina y ya Padre estaba en el sillón del patio… Como desconcertado e inquieto por la ausencia del mate. Ahí, llegó el alarido:
─¡Vieja loca, el mate!
Desesperado fui a despertar a la vieja. No se despertaba… estaba fría y seca como si fuera a dormir hasta el fin de los días. Como un atontao salí al patio y mire a Padre; sin poder decir una palabra, creo que mis ojos estaban abiertos como platos…
─¿Qué carajo te pasa pendejo mugre?
No pude contestar, pero no insistió. Él empezaba a maliciar lo que yo no entendía. Se fue directo al cuarto… Al rato lo oí exclamar entre dientes, como hablando consigo mismo y desprovisto de su natural autoridad.
─La gran puta… se me murió la vieja.
Desde ese día no volví a la jaula… tampoco Padre fue el mismo. Reemplazó el mate por la damajuana, cuando no aguantaba el hambre me mandaba a comprar pan, pan, pan, pan y nada más. Él vivía a pan y vino, y yo, a pan y agua; no duró mucho. Tal vez un mes, o dos, o tres, no sé. Yo no tenía sentido del paso del tiempo. Pero a la jaula… ¡ya nunca más! Hasta que, una mañana cuando me levanté, lo vi tirado en el patio, el sillón caído y la damajuana también. Tardé horas en acercarme y empezar a hablarle despacito, pero ya intuía que le había pasado lo mismo que a la vieja. Me fui al vecino más cercano, a unos doscientos metros, me quedé mirando al hombre sin hablar una palabra. Él entendió, me dio la mano y fuimos hasta casa. Apenas se acercó a padre, se santiguó, y siempre tomados de la mano me llevó a la comisaría.
¡Fue lindo! Los policías me mimaban; con ellos comí mi primer caramelo y mi primer chocolatín; a la noche, dormía en casa de alguno de ellos, con sus chicos. ¡Fue lindo!
Diez días más tarde apareció la tía Clara, hermana de la vieja y tan vieja como ella y me llevó a La Rioja. A un humilde rancho de las afueras, que, en comparación con mi casa… ¡era un lujo! Me hizo empezar la escuela… nomás un par de años y luego se me murió. Solo en el mundo, un tiempo más tarde llegué a Buenos Aires, no tengo idea de cómo ni por qué. Ahora, después de un montón de años y tan solo como estaba a los doce años vuelvo a mi casa. El barrio ha cambiado, mi vieja casa ahora está rodeada de muchas otras… amontonadas sin demasiado orden ni criterio.
Va para un rato que nada me interesa ni poco ni mucho… ¡joderse que estoy viejo y choto!”
La tarde va muriendo lentamente y su recuerdo primordial, la jaula, como siempre lo trastorna un poco. La jaula.
El hombre adopta sin pensarlo la antigua posición del padre en el viejo sillón de hierro, vencido y ladeado. Sólo soporta a su ocupante porque este es poco más que un costal de huesos, un viejo flaco de intensidad. Su mirada perdida enfoca la vastedad del sucio patio y, primordialmente, lo poco que se ve de la jaula.
Espera ─inconsciente─ que los yuyos terminen de ocultarla. No se le ocurre desbaratarla. Sólo espera. Y los años pasan inmutables. El hombre viejo aún sigue ahí, esperando.
La jaula ya casi no se ve, pero sigue ahí. Como si no quisiera morir.
El hombre que fuera niño, también.
La duda
por C. Fernández Rombi
16 jun 2017
Ya entrando a los cuarenta, Julio Ardanaz, “Chiche” para sus amigos, se ha planteado una pregunta que, de inicios, le pareció sencilla de responder. Pasan los días y cae en la cuenta de que no puede o no sabe contestarla: ¿soy un tipo feliz?
La duda, antes nunca planteada, surgió a raíz del final de una película que viera la semana anterior en la cual la protagonista se hacía esa pregunta… y, finalmente, no la contestaba. Esa misma noche, ya por acostarse, se la contestó refiriéndose a sí mismo: ¡claro que sí!
En la mañana siguiente, en su trabajo de los últimos diez años, las oficinas de una gran fábrica de cocinas y termo tanques, reaparece el tema en su mente.
“Si me lo planteo tan seguido, es evidente que no estoy tan seguro. Veamos.”
“Vivo solo, nunca me casé. Mi casa de Flores, heredada de los viejos, es linda y cómoda. Tengo, hace un año, una amigovia que no va pasar de ahí. Igual que sus antecesoras, cada cual está en la suya, nos vemos un par de días a la semana y todo bien. No hace falta más. El rubro amigos, bueno son los mismos cuatro que vienen de la primaria… claro que al flaco Juan Manuel ya no se lo puede contar; se mudó a un country en Moreno y ya sólo nos vemos cuando nos reunimos a cenar para el día del Amigo. Mi relación con compañeros del laburo, no pasa de ahí. Gano bien, como bien, mi salud es buena, un par de días a la semana me voy al bingo, otro par al Gym y… ¿nada más?”
“Parece que no. Los amigos están casados y tienen sus hijos y sus problemas, así que nos vemos cada tanto; con la flaca, alguna ida al cine o alguna encamada aceptable en mi casa… A veces se queda hasta el día siguiente. Sobre todo las noches de viernes… pero a la mañana siguiente no me siento cómodo con ella en casa. Me parece que ella tampoco. ¡Bien, bien…! De una bendita vez… ¿soy o no soy feliz?”
Ya pasaron tres meses desde la primera vez que el, ahora maldito, interrogante comenzara a acosarlo; varias veces cada día y, a veces, en las noches también. En los momentos más inesperados, hablando con un compañero, con un cliente o con un amigo, oye resonar en su mente la pregunta que, al no encontrarle respuesta ni positiva ni negativa, en definitiva no le sirve para nada. Es (o ha sido) un hombre inteligente y razonable, motivo por el cual esta situación empieza a preocuparle seriamente. Hasta ─siendo incrédulo del tema─ comienza a considerar la consulta con un psiquiatra.
“Pero… ¿qué le voy a decir? ‘Doctor, vine a verlo porque me atormenta la idea de no saber si soy feliz.’ ¡El hijo de puta me interna en el acto!”
Finalmente, decide relajarse. Pide un par de días en el trabajo y un jueves por la mañana toma la Autovía 2 en dirección a Mar del Plata. Un hermoso día primaveral y el buen andar de su Palio del año anterior, lo van poniendo de buen humor. Hace la consabida parada en Atalaya y se agasaja con sus medialunas especiales; ya en La Feliz, se ubica en un buen hotel del centro.
“Cosa de no depender demasiado del auto. En esta ubicación tengo restaurantes, confiterías y el Casino bien a mano. A pesar de no ser jugador, esta noche o la de mañana… unos tiritos me hago.”
Chiche Ardanaz está contento con su viaje improvisado. Se llevó el traje de baño y, a pesar de ser los primeros días de diciembre, se dio el gusto de “hacer un poco de mar” en la tarde del viernes. Esa noche se va a comer mariscos al Puerto y luego, directo al Casino. Ganó unos pesos y, como es sabido, no perder en la Casa de Piedra… ¡es ganar!
Imprevistamente, en la mañana del sábado decide regresar. Piensa que no necesita más. Su habitual obsesión de los últimos tiempos parece diluida. Así que, decide ahorrar un día de hospedaje y viajar más tranquilo, por ser sábado, por la “2”. Aunque había decidido desayunar como a la ida en Atalaya, la pasa de largo. Sin saber el motivo tiene cierta urgencia de llegar a casa. Ya está cerca; ha pasado el peaje de Samborombón, respira hondo y hace planes para la noche del sábado.
“Llego al bulo, me doy un duchazo, apoliyo un poco y la llamo a la flaca para invitarla a cenar y a un buen encuentro de sexo sin problemas…”
Es este el último momento de claridad mental del Chiche Ardanaz.
De pronto, sus hombros se tensan, su mirada se desenfoca y aprieta el acelerador hasta el fondo. El automóvil responde, da un salto hacia adelante y la aguja del velocímetro trepa al máximo; vehículo y conductor, uno tan ciego como el otro, marchan a un final que parece inevitable.
Tal vez haya preguntas que los hombres no debieran plantearse, tal vez.
La gritería
por C. Fernández Rombi
16 jun 2017
“¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!” (Nicaragua, 7 de diciembre.)
De cómo en la noche de la Gritería, celebrando a la Purísima en víspera del Día de la Inmaculada Concepción, entre fuegos de artificios, cánticos y dulces, se muere el celebrador Tomasito Bollanita,en el día más alegre de su vida.
Tomasito, por tradición originada en su abuela y seguida por su joven madre, se suma a los celebradores al cumplir los diez años. Han pasado seis lustros de su primera gritería y continúa viviendo, desde la segunda mitad de cada año en adelante, en función de la gritería y del fervor y alegría que depara.
Colabora en la erección del altar familiar a la Inmaculada que se vestirá de gala el 7 de diciembre. También en la confección de la gorra que se entregará a todos los celebradores que respondan jubilosos a la pregunta: ¿Quién causa tanta alegría?
A su vez, él mismo, cuando decaiga un poco la afluencia de gritadores a su humilde casa, irá buscando las calles más céntricas visitando cientos de altares, desde los más lujosos a los menos y, con todas sus fuerzas, gritará, cada vez que sea interrogado: “¡La Concepción de María!”.
Y recibirá su propia gorra con dulces, cajitas de fósforos, encendedores o regalitos similares que, en realidad, son lo de menos. Lo importante es el espíritu festivo de la mayoría del pueblo nicaragüense, sin distinción de clases sociales, que se desata cada 7 de diciembre desde Chirandega hasta Puerto Cabezas y desde Ocotal hasta Bluefields.
Tomasito vive la gritería de este año con más alegría que nunca. Su mujer ha confirmado que luego de años de frustración va a ser padre.
“¡Papá a los cuarenta y que se alegren los compadres!”. Junto a otros gritadores, ayuda con los fuegos artificiales desde la azotea de una mansión de Managua, sólo segundos para el 8 de diciembre.
Afanoso, revisa el castillo pirotécnico montado en el alero superior de la casona. Pierde pie y cae, son nueve metros hasta el embaldosado. No hay tiempo de pergeñar pensamiento alguno, sin embargo, esboza una idea. “Voy hacia la Inmaculada y mi hijo”.
Tomasito muere con una sonrisa en el rostro.
Incierto
por C. Fernández Rombi
06 jun 2017
¡Esta es la noche!
Es ya mucho tiempo de esperar sin resultados, de sueños frustrados con esta mujer primordial. ¿Será hoy, María? ¡Debe serlo!
Los signos han sido claros y no permiten confusión. Sus palabras también… ¡Será hoy! Ya no soy un muchacho y pareciera que rejuvenezco. María ocupa toda mi capacidad de soñar y de amar. He vuelto a vibrar como un adolescente ante su primera cita de amor.
Igual entrega, la misma desesperación.
No he conocido mujer que siquiera se le parezca, que tan solo la roce en somera comparación… ¡Soy hombre afortunado!
Y al final, luego de tantos desvaríos, tanta persecución, y -¿por qué no?- acoso sin desmayo… ha dicho: ¡sí!
El sol se burla de mí. Pareciera que nunca va a iniciar su curva al poniente; que la noche no ha de llegar jamás. Sé que vuelvo a desvariar… ¿Y qué? ¡Vale la pena esperar!
Voy matando el tiempo: imagino una y otra vez… sus ojos, oscuros e inquietantes; su media sonrisa que me descoloca y trastorna; el sonido profundo de su voz, que sugiere profundidades de abismo; el roce de sus manos, siempre esquivo, siempre electrizante…
Cae la noche (¡por fin!) en la ciudad.
Voy hacia ella. Respiro profundo y más, buscando algo del propio control. Llegó a la puerta y mis nudillos, suave, tocan la oscura madera.
-¡Hola, mi amor!
-Hola, Ana ─mi voz, opaca y desmayada, agrega una trivialidad─ ¿Todo bien?
La puerta se cierra detrás del hombre desalentado.



